Estrellita M. Fuentes Nava
Lecciones desde la Revolución
Viernes 24 de Noviembre de 2017
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El desfile deportivo militar con el que recordamos el aniversario de la Revolución Mexicana tuvo su origen en el año de 1930 (con un antecedente en 1928 de una carrera de relevos), y en 1936 el Senado aprobó dotarle de un carácter deportivo que representara “la voluntad pacifista y conciliadora de todos los mexicanos”. Otro dato es que en sus primeros años a este desfile del 20 de noviembre no asistían los presidentes de la República, ya que ello sucedió hasta 1941 con Manuel Ávila Camacho. En 1950 se presenció por vez primera el sobrevuelo de naves militares y fue en 1975 cuando se inició con la entrega del Premio Nacional del Deporte.

En este 2017, así como en la Ciudad de México, en Morelia y en muchos otros puntos de la República se replicó este desfile; sin embargo, pareciera que en esta época se está diluyendo de la memoria colectiva su verdadero significado, y peor aún, no nos detenemos a reflexionar sobre la herencia de la Revolución Mexicana que cumple 107 años.

Pareciera que en esta época se está diluyendo de la memoria colectiva su verdadero significado, y peor aún, no nos detenemos a reflexionar sobre la herencia de la Revolución Mexicana que cumple 107 años.
Pareciera que en esta época se está diluyendo de la memoria colectiva su verdadero significado, y peor aún, no nos detenemos a reflexionar sobre la herencia de la Revolución Mexicana que cumple 107 años.
(Foto: TAVO)



Es interesante y muy cautivante adentrarse en la historia de esta etapa que marcó a México en un antes y un después; sin embargo, cuando se le vuelve a visitar, se queda uno con la sensación amarga de muertes, deslealtades, ironías e intereses obscuros que movieron el escenario tras bambalinas, más allá del hecho histórico que usualmente se ensalza a través del mito que nos narramos como sociedad y que reproducimos en los libros de texto y en el arte.

Así como lo han apuntado varios autores, nuestra revolución fue muy sui generis porque fue un movimiento que se gestó desde el extranjero (en Estados Unidos con el manifiesto de San Louis Missouri de los hermanos Flores Magón y posteriormente con el Plan de San Luis que Madero redactó en San Antonio, Texas), tuvo una clara injerencia extranjera (el papel de los Estados Unidos para financiar a Madero por ejemplo), ha sido la única revolución que tuvo fecha y hora exacta (el llamado de Madero para que los ciudadanos tomaran las armas el 20 de noviembre de 1910 a las 18:00 horas), fue registrada por la tecnología del naciente cinematógrafo (hasta a Pancho Villa le gustaba trazar bien sus batallas para lucir a cuadro), y a diferencia de otros movimientos revolucionarios ésta no derivó en la muerte ni en el juicio político del presidente derrocado, ya que el general Díaz se retiró dignamente a vivir a Europa, donde fue recibido con honores y no se le expropió ni un céntimo de su cuantiosa fortuna, ni a la de sus más cercanos allegados.

Pero como en México a veces somos como niños y vivimos del imaginario en el que a los malos los queremos pintar como muy malos y a los buenos como superhéroes, nos cuesta trabajo enfrentar la realidad y darnos cuenta de que todos los que participaron en esta revolución fueron humanos como cualquiera de nosotros, con sueños, flaquezas, anhelos, delirios, bajezas, traumas y locuras. Por recordar algunos tintes humanos de los personajes principales, tenemos al propio Porfirio Díaz, quien se creyó tanto su papel de padre de la patria que no quiso soltar el poder sino hasta que se vio forzado a ello después de 31 años, por considerar que el pueblo mexicano no era lo suficientemente maduro aún para pasar por un proceso de elección libre. También, como se encuentra plasmado en la iconografía de Díaz, su color de piel es muy distinto en las fotografías de inicios de su mandato, comparado con los grandes óleos que lo retratan de color casi blanco europeo; ello nos habla de sus propios complejos. Otro personaje es Francisco I. Madero, quien siendo fiel asiduo a los círculos de Madame Blavatsky, practicaba la escritura automática y creía tener comunicación directa con el más allá, desde donde le dictaban que él era el ungido para encabezar la revuelta para derrocar a Díaz.

En otra esfera están las ironías en la tragicomedia de la Revolución también, porque mientras Porfirio Díaz combatió fieramente la defensa de México durante la Intervención Francesa y se convirtió en héroe militar por ello, una vez encumbrado como Presidente abrió las fronteras del país a través de una muy activa política exterior al punto de llegar a adoptar la moda y las costumbres que se observaban en la mismísima capital francesa (obvio que sólo para los círculos exclusivos privilegiados y no para el resto de los once millones de pobres que había en ese entonces). Otra ironía la encontramos en el propio Madero, quien una vez asumiendo el poder dejó de lado el ideal por el que peleaban los Caudillos del Sur encabezados por Zapata, orillándolos a no deponer las armas en tanto no se hiciera justicia a los campesinos con el reparto de las tierras y la desaparición de las tres mil haciendas que había entonces. Madero y Zapata, junto con Villa y varios caudillos más, unieron fuerzas y lograron derrocar a Díaz, pero después pelearon contra Madero por no coincidir en el cómo aterrizar los ideales por los que inicialmente estaban juntos (no sé por qué me recuerda un poco el caso del ahora Frente Ciudadano por México). Una ironía que se suma es que se acabó con un régimen de tiranía con el que se tenía sometidos a indígenas, campesinos y obreros, quienes eran subyugados con las armas bajo las órdenes del presidente Porfirio Díaz, pero posteriormente fueron controlados por un enorme aparato propagandístico en torno a un mismo partido político que gobernó al país por más de 70 años (el doble de lo que había logrado Díaz).

La ironía continúa en pleno 2017, porque a pesar de un movimiento revolucionario en el que murieron un millón de mexicanos y lo celebramos cada año con magnos desfiles deportivos, seguimos reproduciendo el mismo modelo que Porfirio Díaz al repartir los recursos naturales de minas y petróleo a la inversión extranjera para activar nuestra economía aunque ello signifique seguir despojando a los pueblos indígenas o a los campesinos de sus territorios. También, aunque guardando la justa proporción, quizá ahora no tenemos un 90 por ciento de mexicanos en pobreza como en aquella época, pero sí un 60 por ciento, y reducir esa cifra a una mínima expresión no tiene visos de que se alcanzará en el corto plazo, ni se muestra la voluntad política en ello. Esto nos hace cuestionarnos sobre los logros de la agenda de igualdad y equidad por los que se peleó en la Revolución. Por otra parte seguimos reproduciendo el sistema centralista de Díaz y después del PRI, en el que el precisamente el poder del centro toma la decisión por encima de la mayoría sin tomar parecer a los ciudadanos, aunque salten a la vista su corrupción y el enriquecimiento de unos cuantos de manera escandalosa.

Se dice que lo peor que le puede pasar a un país es perder su memoria histórica porque está condenado a repetir los mismos errores. Coincidentemente tal vez ahora anhelemos todos un cambio, pero debemos ser cautos al respecto porque también es peligroso no tener la meta y los cómo claros ya que podríamos volver a llegar al mismo punto como sucedió en 1910, en el que todos se lanzaron a “la bola” sin cuidar a quiénes la encabezaban y sobre todo con qué rumbo o con qué propósito, sin poder evitar que al final la riqueza sólo cambiara de manos.

Regularmente este episodio preferimos mirarlo desde una manera light, como un hecho de tantos; la prueba de ello es que miramos el desfile en el televisor sólo para ver su colorido y espectáculo, o con el único interés de reconocer al hijo, primo o sobrino que marchan por ahí, cuando en realidad deberíamos estarnos preguntando cuál es la lección de este hecho que sin lugar a dudas deberíamos revisitar una y otra vez.

Los mexicanos tenemos que dejar de ser como niños a quienes se les enseña con fábulas y convertirnos en plenos adultos con la capacidad de mirar y asumir las cosas tal como son, porque ello sería un gran inicio para construir nuestras metas en común como país. También deberíamos construir nuestro propio discurso, más allá de lo que nos digan los caudillos que siempre surgen en todas partes y en todas las épocas, ya que si realmente los miráramos con cautela, nos daríamos cuenta de que no todos son tan héroes ni tan villanos; de esa manera lograríamos ser más asertivos en el momento de elegir a quienes nos gobiernan. Todo ello es cuestión de madurez…

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