Alma Gloria Chávez
Mis recuerdos de Teresita
Sábado 18 de Noviembre de 2017
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A más de tres décadas de ausencia física aún descubro “huellas”, a menudo imperceptibles, de quien me enseñó a amar mi trabajo en el Museo.

Una paloma de paja de Ihuatzio de las que elaboraba el matrimonio de artesanos formado por don Pedro Silva y doña Juliana Reyes, de esas que con sus alas desplegadas parecen detener el vuelo, con una pequeña rosa entre su pico, a manera de mensaje de paz, era el recuerdo con el que la maestra María Teresa Dávalos de Luft despedía a todos los visitantes del Museo de Artes e Industrias Populares de Pátzcuaro, allá por los años 70. Mi madre conservó durante mucho tiempo una de ellas cuando asistió como participante a una de las primeras exposiciones florales que organizó Teresita junto a la señora Carolina Escudero de Mújica.

Nacida en la Ciudad de México, la trayectoria de la museógrafa (con estudios de etnografía) María Teresa Dávalos Maciel se remonta a la década de los años 50, cuando inició sus trabajos en el Museo Nacional de Antropología e Historia, también en la capital del país. En el año de 1954 pasó a integrar el equipo formado por el maestro Fernando Gamboa que tuvo el honroso encargo de llevar una exposición de arte mexicano a la Feria Internacional de Bruselas y luego a varios otros países de Europa, Asia y África, con el objetivo de dar a conocer nuestra cultura mediante piezas en resguardo del INAH e información gráfica, abarcando desde la época prehispánica a la contemporánea, visibilizando ante los ojos del mundo la riqueza cultural que ha caracterizado a la nación. En Alemania conoció al artista plástico Enrique Luft Pavlata, con quien se casó y procreó una hija: Rafaela.

Con esta importante y enriquecedora experiencia, Ma. Teresa Dávalos regresó al país, integrándose de inmediato a otras labores propias del Instituto de Antropología, desde donde se le encomendó, en el año 1960, la dirección del Museo de Pátzcuaro, lugar que ella misma eligió, encontrando en estas tierras el campo propicio para desarrollar sus actividades y conocimientos en técnicas artesanales. En esos años fue que le conocimos quienes fuimos sus vecinos, cuando se afincó con su familia en la casa ubicada en la Cuesta de la Paz, esquina con la segunda calle de Ahumada. Era una mujer bella que lucía con orgullo y elegancia la indumentaria diseñada por ella misma, combinando lo tradicional con textiles mexicanos y de otros países, complementada siempre por exquisita joyería de plata, jade y ámbar, sobre todo. Su pelo, largo y oscuro, lo recogía trenzado y atado sobre la nuca con cordones de lana, resaltando la nobleza de su perfil.

Nacida en la Ciudad de México, la trayectoria de la museógrafa (con estudios de etnografía) María Teresa Dávalos Maciel se remonta a la década de los años 50, cuando inició sus trabajos en el Museo Nacional de Antropología e Historia
Nacida en la Ciudad de México, la trayectoria de la museógrafa (con estudios de etnografía) María Teresa Dávalos Maciel se remonta a la década de los años 50, cuando inició sus trabajos en el Museo Nacional de Antropología e Historia
(Foto: Especial)



Por su iniciativa, el Museo de Pátzcuaro definió una interesante propuesta museográfica artesanal, además de la obtención de importante presupuesto para realizar, en los años 70, trabajos restaurativos y de consolidación arquitectónicos, mismos que llevaron a la localización de vestigios precolombinos en el lado oriente del sitio sede original del Antiguo Colegio de San Nicolás, lo que significó un vuelco importante en la historia local.

Teresita, o Nana Teté, como le llamaban cariñosamente artesanos llegados de los diferentes puntos de la región purépecha, fue promotora de la Feria Artesanal de Pátzcuaro, orientadora incansable de la labor artesana para que no perdiera su regionalismo y creatividad, defensora apasionada de la conservación del aspecto típico de la ciudad, de la que fue celosa inspectora comisionada por el INAH. Y junto a reconocidas personalidades, como la señora Carolina Escudero Luján, impulsora de diversas muestras, exposiciones y eventos artesanales, así como concursos florales que despertaron el interés y la participación de los habitantes de la ciudad y lugares circunvecinos.

Especial sensibilidad poseía la maestra Tere para la atención hacia niños y niñas, a quienes invitaba permanentemente (aprovechando el paso obligado de ellos a las escuelas cercanas) a recorrer los distintos espacios del museo y luego ofrecía papel y lápices de colores para que dibujaran o escribieran las impresiones de la visita al lugar, llegando a presentar una exposición con los trabajos hechos por manos infantiles. Ella consideraba fundamental para la formación de todo individuo el acercamiento desde la infancia a cualquier medio para conocer la cultura propia, y que cada trabajador de un espacio cultural lo tuviera presente como labor y práctica cotidiana.

Siempre dispuesta a ofrecer orientación y apoyo a investigadores y personas interesadas en la historia local y regional, abrió las puertas de una modesta pero especializada sala de consulta que llevó al museo a ser reconocido internacionalmente, siendo mencionado en las prestigiadas guías de turismo internacional y nacional, labor que siempre realizó incorporando y reconociendo la disposición, conocimientos y experiencias del personal adscrito al recinto, sin distingos.

Por sus trabajos técnicos y artísticos (pero sobre todo humanos) en beneficio de las comunidades indígenas, por su labor social en pro de la dignificación de los artesanos y por su labor educacional en favor de la niñez y la juventud, fue reconocida con la Legión de Honor de México, además de ser miembro distinguido del Ateneo de Museos, nominada Amiga del Cobrero y reconocida por el Club Soroptimista Morelia. Sin embargo, el mejor reconocimiento siempre lo tuvo a su persona sencilla, solidaria, honesta y comprometida, por parte de quienes nos vimos favorecidos con su amistad.

María Teresa Dávalos falleció el 21 de noviembre de 1985 a las 09:00 horas, en la ciudad de Morelia, siendo sepultada en Pátzcuaro, en el Panteón del Cristo.

Mi padre, a quien Teresita siempre llamó “compadre” (hoy de 95 años), escribió para ella algo que decía: “Juntos aquí y a tu amistad leales,/ la voz de tu recuerdo nos invita./ Tus virtudes el tiempo no limita./ Supiste proteger de vendavales/ reliquias y vestigios coloniales./ Pátzcuaro de tu celo necesita./ Tu nombre a recordar en estos ramos:/ crisantemos, la flor que preferiste/ y “Alfonsina del mar” y el ámbar triste./ En el bien y en lo bello te buscamos./ Cada pieza y lugar, todos los días/ contigo en el Museo de Artesanías.”
Así yo recuerdo a Teresita… y a toda una época que marcó mi vida adolescente.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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