Alma Gloria Chávez
Un guardián del lago
Sábado 11 de Noviembre de 2017
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Pátzcuaro se yergue cual centinela junto al lago, asentado entre cerros todavía cubiertos de encinos y pinares…

Teresa Castelló Yturbide.


Cuentan que los abuelos más antiguos le tenían especial veneración y construyeron en sus faldas adoratorios, como señal de respeto a todo lo que en él se encontraba. La leyenda menciona que el mismo rey Tariácuri buscaba ahí la paz y sabiduría necesarias para gobernar su preciado reino, teniendo a Petatzécuaro como ciudad sagrada. Todavía hoy se pueden encontrar en el lugar algunas piedras dispersas, con símbolos tallados, que tal vez tienen guardada esa y otras historias. Y también se sabe que el mismo noble Tariácuri fue sepultado en una sencilla yácata en sus faldas, donde ahora se encuentra la iglesia del Calvario.

Seguramente, durante los movimientos rebeldes en la región la zona boscosa del Estribo sirvió de escondite y refugio a gente despojada, perseguida, o de ideas libertarias.

Al paso del tiempo, en pleno siglo XX y durante la década de los años 30, el presidente nacionalista, general Lázaro Cárdenas del Río, eligió el cerro ya conocido como “mirador natural” de la zona para crear una infraestructura acorde con el entorno y así pudimos (propios y extraños) disfrutar del inigualable paisaje que ofrece este “mirador del Lago”.

En el libro Pátzcuaro, cedazo de recuerdos, de la señora Teresa Castelló Yturbide, se encuentra la siguiente descripción del panorama: “Al atardecer de un día cualquiera hay que subir al Templo del Calvario y después detenerse en La Luneta y desde ahí contemplar el hermoso lago con sus verdes islas que se extiende a nuestros pies como una hoja de plata bajo el sol. Alargada como un pez aparece la Isla de Xarácuaro que fuera cuna de reyes purépechas; Janitzio parece una tortuga que lleva a cuestas un desmesurado Morelos. Más lejos, Tecuén, Yunuén y La Pacanda, islas de pescadores. Alrededor, los cerros del Frijol, del Burro, Cerro Colorado, Cerro Blanco y en la lejanía el Tancítaro, que cuando hiela, se cubre de nieve… En septiembre, los campos se cubren de mirasoles y de pericón; y en octubre, para San Francisco, los campesinos andan tirando el trigo. En noviembre lucen los manchones de zempasúchitl que se sembró en julio…”

Durante las últimas décadas del siglo XX, con la urbanización acelerada y la construcción de viviendas y caminos en la región utilizando el cemento y el asfalto, la extracción de grava, arena y madera (por personas que se ostentaban como dueñas del cerro) se fue haciendo a mayor escala, provocando, además de los grandes socavones de las minas, la deforestación de extensas áreas y como consecuencia, la extinción de varias especies animales. A inicios de los años 90, la cima se encontraba bastante afectada y la escalinata que lleva hasta el cráter amenazaba con desaparecer. En esos años, algún sacerdote y un grupo de feligreses, mediante letreros colocados al pie de las escaleras, invitaban a los visitantes a subir los más de 300 peldaños, llevando algunos ladrillos que servirían para apuntalar la cruz en donde se celebraban oficios religiosos los días 3 de mayo. Y sin duda que este llamado contribuyó a crear conciencia entre varios habitantes del lugar.

En el año 1990, ante el inminente derrumbe del emblemático mirador, un grupo de ciudadanos, asesorados y apoyados por instancias federales y estatales propusieron a las autoridades locales solicitar a la Federación convertirlo en Área Natural Protegida y fue así que mediante la unidad y el esfuerzo comprometido de muchos habitantes de la cuenca, que se logró obtener el decreto por el que se declaró al Estribo Grande Área Natural Protegida, prohibiendo las actividades de extracción de material pétreo, de madera, plantas y animales. El área que cuenta con protección tiene una superficie de 273-21-46.00 hectáreas.

El cuidado y protección de nuestro afamado y bello volcán, cerro y mirador, corresponde no sólo a las autoridades, sino de igual manera a quienes amamos, respetamos y disfrutamos de ese patrimonio natural de la región.
El cuidado y protección de nuestro afamado y bello volcán, cerro y mirador, corresponde no sólo a las autoridades, sino de igual manera a quienes amamos, respetamos y disfrutamos de ese patrimonio natural de la región.
(Foto: TAVO)


La carta enviada por el Comité Pro Defensa del Cerro del Estribo Grande a principios del mes de mayo de 1992 a quien encabezaba la Presidencia de la República, fue signada por más de 300 personas, asociaciones de hoteleros, restauranteros y taxistas de la región, agrupaciones artesanales y artísticas, comités regionales de protección forestal, académicos, escuelas públicas y privadas, instituciones federales, intelectuales y artistas plásticos, promotores culturales y ambientales, entre otros, además de personalidades como Homero Aridjis (del Grupo de los Cien), Jorge Reyes (etnomúsico uruapense) y Ofelia Medina (actriz reconocida con la Presea Gertrudis Bocanegra).

Una nota aparecida en diario de circulación nacional de fecha 7 de mayo de 1992 menciona: “La Delegación de la Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología (Sedue) en esta entidad decretó que por ser zona forestal vedada y por los daños irreversibles que se han causado a la ecología de la cuenca del Lago de Pátzcuaro, se clausura total y temporalmente los bancos de arena ubicados en el Cerro del Estribo, así como los caminos de acceso a los mismos, …porque de continuar su explotación se dañaría seriamente la parte alta del cerro, lo que representaría una afectación ecológica mayúscula”.

El cuidado y protección de nuestro afamado y bello volcán, cerro y mirador, corresponde no sólo a las autoridades, sino de igual manera a quienes amamos, respetamos y disfrutamos de ese patrimonio natural de la región. Quienes en aquellos años participamos en la defensa del Cerro del Estribo alentamos a las nuevas generaciones para que vean a ese sitio no sólo como un atractivo turístico más, sino también como el custodio de una riqueza natural tan diversa, que lo hace especialmente valioso e indispensable para la conservación de toda nuestra cuenca.
Con mi saludo y reconocimiento afectuoso para Ángeles García Robles.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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