Estrellita M. Fuentes Nava
De la muerte y sus ironías
Viernes 10 de Noviembre de 2017
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La muerte es la experiencia que una inmensa mayoría de los seres humanos hemos querido evitar y sin embargo es el destino al que todos vamos por igual. Hablar de la muerte también depende del cristal con el que se mira: puede significar un final que nos provoque ansiedad, o simplemente un paso evolutivo hacia un estado distinto ya sea de conciencia o de materia, no lo sabemos; sin embargo, tiene múltiples aristas desde la cual podríamos observarla.

Las culturas antiguas acostumbraban proveer al muerto de todo lo que pudiese necesitar en la otra vida, incluyendo las protecciones y ofrendas para que los dioses lo miraran con ojos de benevolencia y le abrieran las puertas del paraíso. En la época actual seguimos haciendo lo mismo a través del rezo y los rituales religiosos de cualquier índole con la esperanza de tener un mejor más allá.

En la época actual seguimos haciendo lo mismo a través del rezo y los rituales religiosos de cualquier índole con la esperanza de tener un mejor más allá.
En la época actual seguimos haciendo lo mismo a través del rezo y los rituales religiosos de cualquier índole con la esperanza de tener un mejor más allá.
(Foto: TAVO)


Como experiencia individual, prepararse para el paso de la muerte no es una tarea fácil porque implica conciencia y valor, sobre todo cuando se sabe que el final ya es inevitable. Se dice que cuando uno transita este paso la vida se resume por instantáneas que circulan rápidamente frente a uno mismo y se vislumbra el famoso túnel que, aunque muchos aseguran ser testigos de ello, los científicos ya le han dado explicaciones a través de los circuitos neuroeléctricos que se disparan y causan ese efecto de halo de luz.

En el seno familiar, atestiguar el ocaso de un ser querido que se desvanece rodeado de manera amorosa puede ser una experiencia sumamente fuerte que yo la compararía con una terapia psicológica intensa y breve, porque pone en perspectiva la vida de uno mismo y se toma conciencia de lo efímero que es ésta, así como de las frivolidades con las que nos saturamos a veces cuando lo esencial está al alcance de la mano sin costo alguno: la familia, los amigos, un atardecer, una mirada, una palabra amorosa, la complicidad con la pareja, el juego divertido de un niño. Todo lo demás carece de sentido.

Y a pesar de que evitamos a toda costa la llegada de la muerte, vivimos en una cultura impregnada de ella, especialmente en su faceta cruel y despiadada cuando en manos de los criminales se arrancan vidas inocentes, se acortan posibilidades de una vida plena y se apagan las potencialidades de los seres que pueden dar mucho bienestar a la comunidad. Ellos (los ruines) no honran a la muerte, la utilizan para ejecutarla con sus propias manos en pos de fajos de billetes, drogas y un control del poder efímero, ya que al final la muerte les llega también.

Por otra parte, los antiguos nos heredaron cientos de historias arquetípicas de quienes buscaron en vano la inmortalidad; hoy en día, en el ámbito del marketing ese mismo modelo se reproduce por el temor que provoca la muerte y que nos hace aspirar a ser siempre jóvenes, detonando toda cultura que nutre a una industria multimillonaria llena de belleza, placeres, marcas, experiencias, cirugías y hasta compañías. Lo irónico es que cuando más cercana es la muerte por la edad, más se llena uno de sabiduría y esos gastos resultan al final superfluos porque la muerte siempre nos llega.

También en México hacemos fiesta de ella, y a través de ésta honramos a nuestros ancestros. Las fiestas de muertos tienen su razón de ser: son las fechas para recogernos, guardar silencio, meditar y reflexionar sobre la vida y darnos cuenta de que los que se van en realidad nunca se han ido, porque se hacen omnipresentes y les llevamos en el corazón y en el recuerdo por siempre.

En suma la muerte es una ironía: es temida y a la vez estamos inundados de ella. Su naturaleza es un misterio; sus rituales, un consuelo; su razón, la razón de nuestra propia existencia. Somos efímeros, somos polvo, somos una partícula diminuta en el cosmos, y desde esa perspectiva, cualquier intento por inflarnos y ser más que ello no es más que un acto insulso e ilógico, en medio del verdadero torrente que es la maravillosa y eterna vida.

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