Estrellita M. Fuentes Nava
Ecos de Rusia de ayer y hoy
Viernes 3 de Noviembre de 2017
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Hace siete años tuve la oportunidad de viajar a Moscú. Mi referente hasta entonces de aquel país había sido a través de las narraciones de mi papá cuando realizó una visita a la hoy ex Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (yo tendría unos trece años de edad) como parte de una comitiva de periodistas mexicanos invitados, así como por la lectura de la revista infantil Misha durante la infancia, las películas y todas las clases de historia en el colegio. Cuando mi padre la conoció en aquel entonces, las historias que nos compartió a mi mamá, hermano y a mí al volver fueron simplemente fascinantes: recuerdo que narró que en su primera noche en medio de un crudo invierno se le ocurrió calzarse de zapatos formales y tuvo que regresarse a cambiar al hotel. Ese día asistió a un coctel de bienvenida organizado por la agencia rusa de información Nóvosti, el cual fue a todo lujo con salmón, champagne y arenque incluidos. También supe que las tiendas eran muy controladas y que para canjear dólares por rublos era carísimo en las casas de cambio oficiales, por lo que existía el mercado negro. El gobierno de aquel entonces, el Sóviet Supremo, controlaba la visita de la comitiva y nunca se les permitió salir por sí solos del hotel. Al volver, mi padre trajo obsequios bellísimos: un collar de ámbar para mamá, manteles, cuadros y montones de pines de Lenin, los cuales aún conservo con mucho cariño, e incluso me atreví a llevarlos puestos en el sweater del uniforme en un colegio religioso al que asistía aunque me miraran como bicho raro.

Moscú me hizo descubrir que la Rusia de hoy es otra
Moscú me hizo descubrir que la Rusia de hoy es otra
(Foto: Cuartoscuro)



Sin embargo, ya en la preparatoria, junto con mis amigas, nos escandalizábamos como las jovencitas de aquella época por las atrevidas aseveraciones que el profesor de Sociología hacía en contra de la Iglesia y detestábamos que nos obligase a leer a Marx y a Engels. Incluso hicimos una promesa que para cuando concluyéramos el semestre haríamos una gran pira con esos libros como si estuviésemos en la época de la Inquisición. Nunca lo hicimos, creo que superamos el trauma. Y es que la rumorología que se nos enseñaba entonces hablaba de que el comunismo era lo peor que nos podría pasar porque todos vestiríamos igual, el gobierno decidiría la vocación, nuestras casas se dividirían en partes para que más familias pudieran vivir en ellas y tendríamos que hacer grandes colas para encontrar pocos víveres.

Pero cuando empecé a vivir el mundo, a conocerlo de verdad, entendí lo que en realidad nos quería explicar aquel profesor: vivimos en un mundo desigual, donde la pobreza es flagelante y te azota en la cara cuando la observas ya sea en la calle o en una comunidad marginada. Durante años, a fuerza de observar tantos rostros y adquirir experiencias, fue como aprendí a conocer la dualidad del mundo y empezó a hacerme sentido la crítica marxista, porque ésta se refería a un modelo económico cuya lógica es generar más y más ganancias, con una distribución inequitativa, generando en la misma proporción más pobreza y ecocidios. Comprendí que muchas de las instituciones de asistencia social están inspiradas en ese modelo y conocí y conviví con personajes que viven congruentemente con sus ideas y que aspiran y sueñan en un mundo donde haya por fin justicia social. Entendí que mi entorno juvenil me había condicionado.

Mi generación fue testigo de la historia de la caída del Muro de Berlín y la disolución de la URSS bajo el liderazgo de Mikhail Gorvachev. Fue cuando la televisión por cable entró a México y pudimos abrir fronteras con más canales de televisión, noticieros y demás, más allá del discurso de Televisa. Posteriormente degusté con verdadero deleite la historia de la Rusia imperial hasta su Revolución (que este mes cumple 100 años), y hasta me inscribí a un curso de ruso, aunque por lo difícil del alfabeto cirílico decidí abandonarlo.

En el año 2010 conocer Moscú fue muy diferente a lo que yo había imaginado y también a los referentes de otros viajes por ciudades europeas o norteamericanas. Para empezar, el inglés no es muy común y fue difícil comunicarme, aunado al hecho de que todos los letreros y señalamientos están en ruso y casi nadie de los que encontré hablaban inglés. Para mi sorpresa en esa ciudad encontré los dos rostros de los modelos económicos hasta hoy antagónicos: por un lado, los iconos del socialismo como Lenin, las esculturas y murales donde se ensalza al obrero y al agricultor, tapizando toda la arquitectura; pero por el otro, un McDonald’s en plena Plaza Roja, un café Armani carísimo, así como un centro comercial con las marcas globales de lujo como Chanel llenas de clientes y las chicas rusas vestidas a la moda. También me topé con mimos caracterizados como Lenin y un Stalin con el que uno se puede fotografiar sosteniendo la hoz y el martillo de utilería. Para mi buena suerte conocí a una mujer guía en el Kremlin, quien me ofreció sus servicios, y fue gracias a ella que pude conocer las salas más importantes de los museos, incluyendo donde guardan sus tesoros: unas joyas soberbias pertenecientes a la época de los zares. El arte medieval es maravilloso y la santidad de sus iglesias ortodoxas es cautivante.

Cada vez que viajaba de vuelta al hotel en el metro me topé con rostros muy humanos: una anciana vendedora que me regaló una flor, un niño que me sonrió, un grupo de jóvenes músicos que tocaban Las cuatro estaciones de Vivaldi en una estación del metro y una señora con un french poodle muy esponjado que me dejó hacerle cariños. También no sé si fue la época pero me encontré en el camino con un sinnúmero de novias que iban a tomarse la foto del recuerdo en los jardines coloridos del Kremlin.

Moscú me hizo descubrir que la Rusia de hoy es otra: se ha rendido totalmente al influjo del modelo económico capitalista y quizá los grandes pensadores de antaño que soñaron con un modelo distinto hoy guardan silencio. Sin embargo, pienso que la denuncia que hicieron en su época aún sigue estando vigente ya que existe un enorme universo de explotados por unos cuantos y la lógica del bienestar de pocos por encima del de todos permea en todas partes. Quizá hoy hay que refrescar la memoria y activar sus premisas a través de un discurso más actual, más acorde con las necesidades del mundo y desde una visión de lo global, porque intérpretes de las ideas de Marx, Engels o Lenin han habido muchos; soñadores de izquierda, también, pero congruentes en el decir y en el actuar, en realidad son muy pocos y de esos necesitamos más.

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