Rafael Calderón
Conmemorar la fundación de la Universidad Michoacana
Lunes 23 de Octubre de 2017
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Por su condición de presidente de la Casa de España, Alfonso Reyes estuvo en la Universidad Michoacana para participar en el acto conmemorativo del 8 de mayo de 1939, en el Colegio de San Nicolás, y rendir homenaje a Miguel Hidalgo. Fue uno de los oradores –víspera del IV Centenario de la fundación del Colegio de San Nicolás– con ese motivo los anales de la Universidad registran un discurso que, hasta la fecha, genera hervidero en la sangre, redescubre la vigencia de lo que entonces como ahora es la figura del Padre de la Patria, Miguel Hidalgo, pero no sólo para el Colegio de San Nicolás, sino que lo inscribe en la vida nacional de México independiente. Resulta loable llegar a estas palabras, que por su efecto y el carácter didáctico son de interés para estos tiempos. Van aquí algunos fragmentos: “Cuando hable en el primer carácter, parecerá que me inspiro en los conceptos del doctor Arreguín, cuando él se refiere a la España de ahora; y cuando hable en el segundo carácter, parecerá que me inspiro en los conceptos del rector Vázquez Pallares, cuando dijo la necesidad para la juventud y para todos, de estudiar a los grandes hombres del pasado, no como arquetipos abstractos, sino como realidades concretas y encarnadas. Pero antes, permitidme que rinda un saludo al Colegio de San Nicolás, donde se han forjado algunos de nuestros grandes ideales patrios y que brotó al toque de aquel inolvidable varón don Vasco de Quiroga, quien, en su día, logró traspasar la capa de plomo de la educación teológica y palpar la piel de nuestro indio, la ‘verdadera verdad’ de las poblaciones mexicanas.

Por su condición de presidente de la Casa de España, Alfonso Reyes estuvo en la Universidad Michoacana para participar en el acto conmemorativo del 8 de mayo de 1939, en el Colegio de San Nicolás, y rendir homenaje a Miguel Hidalgo.
Por su condición de presidente de la Casa de España, Alfonso Reyes estuvo en la Universidad Michoacana para participar en el acto conmemorativo del 8 de mayo de 1939, en el Colegio de San Nicolás, y rendir homenaje a Miguel Hidalgo.
(Foto: ACG)

“Unidos por raíces profundas, el pueblo mexicano y el pueblo español emprenden, por entre un laberinto de encuentros y desencuentros, el camino hacia la mutua comprensión y hacia la amistad auténtica, y sólo puede decirse que los conquistan, sólo puede decirse que llegan al punto en que sus dos viajes se confunden a la hora crítica en que las dos repúblicas se tienden la mano para afrontar juntas el asalto de las fuerzas oscuras. Llegados al fin a esa mayoría de edad que es la igualdad cívica, los pueblos se miran cara a cara y se entienden.

“No puedo, en esta ocasión, evocar a Hidalgo sin detenerme a evocar el encanto del héroe propiamente virgiliano que encuentro en su figura. Sabido es que era un hombre de letras, traductor del teatro clásico francés y hasta él llegan los soplos del espíritu jacobino que paseaba por el mundo. Sus enemigos le llamaban, El Afrancesado, lo que en aquel tiempo equivalía más o menos a lo que hoy sería llamarle el avanzado, el izquierdista, el hombre de nueva sensibilidad. Estaba al tanto de las conmociones de Europa, y Abad y Queipo, escandalizado, encontró un día sobre su mesa de escritor unos cuantos libros peligrosos, de esos que nos traían las ‘corruptoras novedades’ del viejo Continente. Pero ¿acaso los pastores de las bucólicas no eran también gentes de letras, y entre sus sencillas alusiones a las cosas del campo, Dametas y Menalcas no mezclan el nombre del letrado Polión, amigo de las novedades y la mención satírica de los malos poetas pasatistas Bavio y Moevio? En los demás y visto de cerca, un párroco afable, no muy severo con el prójimo ni muy exigente con la humana naturaleza, buen cristiano en suma.

“Era el cura Hidalgo un hombre de amenas tertulias, un filósofo aldeano, un conversador, un estudioso lleno de curiosidades intelectuales y hasta de espíritu de empresa, y creo que también de habilidades manuales, de esas que parecen la prenda de un alma sana en un cuerpo sano. Los errores del sistema económico y jurídico de la Colonia atajaron sus bellos proyectos de agricultor. En vano quiso implantar en México el cultivo de las vides, la industria vinícola y la cría del gusano de seda. Acaso la oposición que encontró por parte de la metrópoli le fue abriendo los ojos sobre el sentido de un malestar que, en el fundo, era ya el impulso de la autonomía nacional. Así sucede que al Padre de la Patria lo mismo podemos imaginarlo con el arado que con la espada, igual que a los héroes de Virgilio. No nos engaña su dulzura: un fuego interior lo va consumiendo que pronto habrá de incendiar la comarca entera. La historia, en una sonrisa ha querido poner, en lo más sagrado de nuestro culto nacional, la imagen del hombre más simpático, más ágil de acción y de pensamiento; amigo de los buenos libros y de los buenos veduños; valiente y galante; poeta y agricultor; sencillo vecino para todos los días y héroe incomparable a la hora de las batallas.

“O ya se nos aparece en el episodio de oro de nuestra Eneida mexicana, congregando a la medianoche y a toque de campana a sus feligreses, que acuden armados con flechas y con picos y precipitando –ante el aviso providencial de una ilustre dama prisionera– la hazaña que había de llevarlo a la muerte y a la gloria”.

Esto es parte de lo que dijo Alfonso Reyes en la Universidad Michoacana aquella mañana del 8 de mayo de 1939.

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