Estrellita M. Fuentes Nava
Del feng shui a los Atlas de Riesgos
Viernes 20 de Octubre de 2017
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El feng shui, antiguo sistema filosófico chino de origen taoísta basado en la ocupación consciente y armónica del espacio con el fin de lograr de éste una influencia positiva sobre las personas que lo ocupan, no parece ser una idea tan descabellada hoy ni exclusiva del mundo paranormal. Recuerdo haber leído en algún manual alusivo a este arte milenario que hasta para construir una casa se tenían que considerar una serie de elementos: desde la orientación de ésta con respecto al sol, cuidar que no pasara agua bajo el terreno, y por supuesto los husos energéticos que se ilustraban en diagramas como los que se utilizan para la acupuntura. La Tierra era tomada como lo ha sido para muchas culturas: un ser viviente y en constante movimiento.

En una entrevista que se publicó el domingo pasado en el diario Milenio a María Fernanda Campa (la primera geóloga mexicana que egresó del Instituto Politécnico Nacional allá por los años 60), expone de manera muy clara esto: “La corteza, la capa delgada de la Tierra, es tan delgada que podría compararse con un cascarón de huevo fragmentado en placas. Cubre una masa fluida de líquidos, sólidos y gases que componen el manto, mismo que está en constante movimiento debido a las altas temperaturas que provocan corrientes de convección semejantes al agua cuando hierve y provoca que las placas de la corteza se muevan”.

Trabajos de reeconstrucción tras el sismo del 19 de septiembre.
Trabajos de reeconstrucción tras el sismo del 19 de septiembre.
(Foto: Cuartoscuro)



Tenemos como humanos el horizonte puesto en nuestros laterales y de vez en cuando miramos y reconocemos nuestra vulnerabilidad ante las fuerzas del cielo, ya sea por las lluvias y huracanes o la amenaza de un meteorito que de vez en cuando nos visita, pero no visibilizamos que a nuestros pies la tierra se mueve, palpita, circula y se estremece; si lo viéramos no se cometerían tantas tropelías en el nombre de la soberbia y la codicia. ¿Ejemplos de ello? Baste apuntar a los edificios vendidos como “nuevos” en la colonia Roma, Condesa o en la Del Valle y que ahora se hicieron polvo, así como el patrimonio de quienes vivían ellos. ¿Otro? Circuló en la revista Proceso que debido al reciente terremoto el terreno del nuevo aeropuerto se hundió de cuatro a cinco centímetros (¿qué parte no entendieron de que se trata en su origen de un antiguo lago?).

Para casos como los que expongo se construyen los Atlas de Riesgos, instrumentos que a decir del Sistema Nacional de Protección Civil “integran información sobre fenómenos perturbadores a los que está expuesta una comunidad y su entorno”. Son herramientas para la toma de decisión porque en ellos confluyen diversos circuitos: hidrometeorológicos, fallas geológicas, zonas sísmicas, el paso de oleoductos, entre otros, pero siguen siendo una tarea pendiente en los ámbitos federal, estatal y local, porque aún y cuando existe un sitio web donde se puede consultar por ejemplo el Atlas Nacional de Riesgos, todavía falta la conversión de esta gran base de datos a herramientas accesibles y fáciles de entender no sólo para los tomadores de decisiones, sino también para el ciudadano común, a fin de poder una mejor capacidad de respuesta y organización ante un fenómeno sísmico, por ejemplo como ocurrió el pasado 19 de septiembre, o poder evitar que los ayuntamientos sigan permitiendo asentarse a la población y construir sus viviendas en zonas federales o en aquellos lugares que son nodos de alta vulnerabilidad y que eventualmente pudieran convertirse en desastres de proporciones mayúsculas.

De acuerdo con información proporcionada por Protección Civil, en Michoacán se identifican riesgos sísmicos en toda la entidad, principalmente en los municipios de Coalcomán, La Huacana, Arteaga, Morelia, Lázaro Cárdenas, Huetamo, Angangueo y localidades de la Meseta Purépecha (Cambio de Michoacán, 18 de mayo de 2014). Además hay riesgos hidrometeorológicos (inundaciones) originados primordialmente por lluvias intensas, huracanes y ciclones, mismos que se tienen detectados principalmente en 41 municipios de cinco regiones michoacanas. También en la entidad, de acuerdo con la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (Sedatu), de sus 113 municipios únicamente la tercera parte cuenta con Atlas de Riesgos, es decir, “sólo entre 35 y 40 municipios poseen este instrumento imprescindible para conocer el territorio y los peligros que pueden afectar a su población e infraestructura ahí asentada” (Cambio de Michoacán, 6 de septiembre de 2017).

Hace pocos días tuve la oportunidad de entrevistar a un alcalde de Michoacán en un noticiero matutino que conduzco por televisión (hago mi comercial: de lunes a viernes, de 07:00 a 09:00 horas en CB Noticias El Amanecer por el 173 de Megacable), después de un reciente desbordamiento de un río por lluvias atípicas que elevaron los niveles del caudal. Se perdieron casas, cosechas y animales, pero afortunadamente no vidas humanas. Cuando le pregunté estando al aire al alcalde por qué se les había permitido a estas personas asentarse en las márgenes del río siendo que es una zona de alta vulnerabilidad, simplemente me contestó: “Es que no se quieren mover de ahí”.

En el caso de aquí de Morelia, algo que no visualizamos comúnmente es que el trazo de la ciudad también tiene su propia caracterización geológica e hidrológica como las zonas altas (Chapultepec Norte) que en el caso de una inundación desfoga en alguna parte (en este caso la Chapultepec Sur), o que hay márgenes de ríos (como la Avenida Solidaridad), o que la bajada de Casa de Gobierno es una gran pendiente por donde en el caso de una lluvia atípica se forma una corriente de agua dirigida hacia el Zoológico. ¿Se imaginan si tuviéramos un gran mapa público, fácil, sencillo y entendible para cualquier persona que ilustrara estas zonas vulnerables y a partir del cual pudiéramos elegir dónde vivir y evitar la pérdida de nuestro patrimonio cuando ocurriera un desastre? Creo que se les caería el teatrito a muchos constructores y políticos deshonestos.
El presidente Enrique Peña Nieto estimó esta semana el costo de la reconstrucción por el sismo en 48 mil millones de pesos, una cifra que nos hace de nuevo pensar cuánto se desembolsaría para la formulación de planes preventivos no sólo para sismos, sino simplemente para asegurar que todos los municipios del país tengan un Atlas de Riesgos funcional; seguro que sería mucho más baja. Otro gran tema pendiente es la coordinación durante una crisis: una vez más en el 19-S las instituciones gubernamentales se vieron rebasadas y quienes tomaron la batuta fueron los ciudadanos que salieron en desbandada a tratar de ayudar como fuera y la hicieron de rescatistas aunque fuera de manera improvisada. A tal fue grado llegó su participación que ahora el jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera, lanzó la plataforma Voluntarios de Corazón CDMX, que conformará brigadas en las 16 delegaciones de la capital del país para organizar a quienes deseen apoyar ante cualquier emergencia que se suscite en la urbe y para tener mejor organización de la ayuda.

Quizá ahora tenemos más tecnología y herramientas para observar el comportamiento del clima mediante computadoras con memoria infinita para el manejo de datos, monitorear el espacio con telescopios poderosos y satélites de vanguardia, o navegar a través de súper carreteras de información por Internet, pero lo que no hemos podido superar es la lógica del sinsentido y la estupidez humana. De ahí mi idea inicial de retomar elementos básicos como los que nos heredaron los antepasados a través del feng shui y que ello resulte no tan descabellado, porque no creo que un maestro de esta noble ciencia algunas centurias atrás nos hubiera aplaudido si le mostráramos la idea de construir por ejemplo un gran aeropuerto con peso de toneles en medio de un gran lago (Texcoco); también seguramente se reiría de nosotros cuando nos viera en medio de la primera inundación…

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