Julio Santoyo Guerrero
Opinión
La sorpresa
Lunes 18 de Abril de 2016
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La sorpresa
La sorpresa
(Foto: TAVO)

Más de un año de publicidad logró su propósito: crear la percepción de que en Michoacán los grupos delincuenciales habían sido reducidos y que su capacidad de operación estaba quebrada. Se quiso creer la propaganda porque en el fondo todos queríamos que fuera cierto, nada más grato que leer un titular en la prensa que diera por muerto al crimen organizado. Además había cierto correlato con la realidad, que se confirmaba con el “bajo perfil” de la actividad delincuencial si se le comparaba con los años previos a 2014.

Cuando a finales de 2014 se retiró al comisionado para la Seguridad y el Desarrollo Integral de Michoacán, Alfredo Castillo, más allá del desgaste político del personaje que lo justificaba, se mandó el mensaje a los michoacanos y a todo México de que la tarea se había cumplido casi por completo. Luego de la campaña estratégica para quebrar al crimen con operativos en el terreno, la captura de capos, el aseguramiento de fincas, el “desmantelamiento” de redes de complicidad en el sector minero, abatimiento de sicarios reconocidos y detención de algunos políticos, siguió una dedicada campaña mediática con el objetivo de alardear la victoria de la estrategia del gobierno federal. Llegó a decirse que el modelo empleado en Michoacán para combatir al narcotráfico era digno de considerarse y replicarse.

Y todo parecía corresponderse. La capacidad operativa de los criminales ya no estaba presente como la habíamos sufrido en los últimos siete años. Los datos parcializados que se tomaban del Sistema Nacional de Seguridad colocaban a Michoacán en próspera recuperación. El secuestro a la baja, la extorsión a la baja, las ejecuciones a la baja, los bloqueos de la mafia se habían extinguido, las amenazadas cumplidas a la población eran historia.

Michoacán ya era en los últimos datos del gobierno federal la sexta entidad más segura de la República. Un logro fenomenal pues en sólo un año pasaba de los últimos lugares a los primeros.

No se acababa de festinar esta última calificación cuando en la semana pasada se cayeron los telones y los michoacanos, de manera abrupta nos vimos prácticamente en la misma pesadilla que perturbaba nuestra tranquilidad hace pocos años. La desastrosa sorpresa le ha dado argumentos a la sospecha de que la tarea contra el crimen fue mal hecha, ha confirmado que la delincuencia organizada conserva un alto nivel de operación y capacidad de daño. Los hechos obligan a reconsiderar los números de los indicadores sobre seguridad en Michoacán.

Hipólito Mora tenía razón cuando advertía que las bandas de narcotraficantes estaban activas y creciendo, que seguían amagando poblaciones en Tierra Caliente y continuaban acechándolas para establecer control sobre ellas. Fue desoído, en su lugar ocurrieron declaraciones que hoy son fatales: “Se retirarán las fuerzas federales” porque se considera cumplida su misión. Hicieron oídos sordos a Cemeí Verdía, que con la misma preocupación alertaba de la reorganización de los criminales y la presencia de otras bandas.

Los ataques criminales de la segunda semana de abril modifican por completo la percepción que sobre seguridad se había venido construyendo para Michoacán. Los hechos tumban el mito: el crimen organizado no está derrotado y nuestra entidad no es la sexta más segura del país. Subestimar las acciones criminales y seguir invirtiendo millones en publicidad para edulcorar la imagen de Michoacán representa una concesión a los cárteles de la droga.

El combate integral a la criminalidad debe replantearse. Debe seguir siendo prioridad para el gobierno federal y para el del estado. No basta la fotografía publicitaria del gobernador abrazando una niña en Cenobio para mandar el mensaje de control gubernamental sobre el territorio. La detención de todos los capos involucrados debe propiciarse como tarea urgente, la detención de los sicarios operativos es menor.

Si no queremos nuevas sorpresas, las tareas que quedaron pendientes deben ser abordadas. Las organizaciones criminales deben ser golpeadas en su estructura financiera y en sus vínculos políticos. Tiene que hacerse una gran inversión en política social para restablecer los vínculos de comunidad y las instituciones deben ser revisadas para que abandonen su condición de autismo político.

Sobre el autor
Julio Santoyo Guerrero Estudió Filosofía en la UMSNH Docente desde 1983 Analista en medios impresos y electrónicos desde 1988 Articulista fundador de Cambio de Michoacán desde 1992.
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