Ramón Guzmán Ramos
La revolución en su laberinto
Sábado 7 de Octubre de 2017
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Trotsky se acordó de su lecturas militares cuando era corresponsal de guerra, sobre todo de Clausewitz, quien sostenía que “la guerra es un instrumento de la política, debe poseer necesariamente su carácter, debe medir con su escala la dirección de la guerra en sus grandes rasgos, es por lo tanto la política misma, que esgrime la espada en vez de la pluma, pero no por ello deja de pensar de acuerdo con sus propias leyes”. Fue siguiendo estos principios y sacando de la experiencia emergente sus propias conclusiones y las nuevas orientaciones que necesitaba, que se dedicó a construir el ejército de la revolución. Utilizó a los antiguos oficiales zaristas para llenar ese vacío pero la medida fue objeto de severas críticas desde el partido. Él sostuvo que el legado cultural del que la revolución había tomado posesión debía salvarse, cultivarse y desarrollarse, y mientras la revolución tuviera que defenderse, la capacidad y los conocimientos militares debían considerarse como parte de ese legado. Lenin lo apoyó y habló públicamente con admiración sobre la originalidad con que Trotsky estaba construyendo el comunismo con los ladrillos del derrumbado edificio del antiguo régimen. Trotsky creó, en efecto, un ejército nacional con un alto grado de disciplina y combatividad que acabó triunfando sobre la contrarrevolución y las potencias extranjeras. A final fue condecorado con la Orden de la Bandera Roja.

El triunfo de la revolución sobre sus enemigos internos y externos no sacó a Rusia de su aislamiento. La revolución proletaria en Europa no se producía y los bolcheviques tenían que vérselas con los escasos recursos de que disponían para reconstruir al país. Para Trotsky, el aislamiento de la revolución rusa significaba que el primero y hasta entonces único intento de construir el socialismo tendría que emprenderse en las peores condiciones posibles, sin las ventajas de una intensa distribución internacional del trabajo, sin la influencia fecundante de antiguas y complejas tradiciones culturales, en un medio ambiente de tan abrumadora pobreza material y espiritual, primitivismo y tosquedad, que tendería a frustrar o deformar el impulso mismo del socialismo.

Este aislamiento se intentó romper desesperadamente por medio de la conquista, llevar por las armas la revolución a otras naciones. Pero esta opción contradecía los principios originales de los marxistas. Uno de los cánones había sido que la revolución no se podía llevar en la punta de las bayonetas a países extranjeros. La revolución debía ser un proceso que en cada país fuera instigado y encabezado por su propia clase obrera y su partido. Otra cosa era brindar solidaridad, incluso armada, en caso de que la revolución en otro país fuese puesta en peligro. Trotsky se oponía tajantemente a la exportación de la revolución porque, aseguraba, era como una extensión del sustituismo que él había cuestionado con respecto al partido. Inmediatamente después de la guerra polaca advirtió contra esta tentación. Y es que, por otra parte, él veía al mundo preñado de socialismo, creía que la preñez no podía durar mucho y temía que el tratamiento impaciente de ésta causara un aborto. La solidaridad que la revolución rusa debía a las clases obreras de otros países, sostenía, debía expresarse principalmente en los esfuerzos por ayudarlas a entender e interpretar sus propias experiencias sociales y políticas y sus propias tareas, no en los intentos de resolverles esas tareas. En 1921, Stalin, quien sería su antagonista de toda la vida, su enemigo mortal, resolvió por la vía de los hechos este dilema. Invadió Georgia e instaló allí la parte del Ejército Rojo que él dirigía.

Durante la construcción del Ejército Rojo, que fue a fin de cuentas el instrumento principal para el triunfo de los bolcheviques en el poder, Trotsky llevó a cabo una labor titánica de reclutamiento de campesinos en toda Rusia y de desplazamientos de las fuerzas militares allí donde de pronto resultaban necesarias. Una vez que la dinámica se echó a andar ofreció buenos resultados. Los soldados de la revolución estaban dispuestos a acudir en defensa de la causa y de la patria en cualquier zona de guerra que se les llamara sin considerar por un momento el riesgo de perder la vida. Pero una vez que la amenaza de la guerra y la contrarrevolución desapareció, los bolcheviques se encontraron con una situación de desastre generalizado en la economía. Ante la escasez crónica de alimentos y otros satisfactores necesarios, y del desplome de la estructura de producción en las ciudades, muchos se movieron al campo y allí se dedicaron a producir exclusivamente para el autoconsumo. La ciudad no ofrecía en lo inmediato perspectivas de sobrevivencia. No había trabajo y los que se encontraban eran pagados apenas con especie. El trueque sustituyó a la circulación de la moneda y fue visto por el gobierno bolchevique como la advertencia de que el movimiento de la historia estaba dando un vuelco hacia el pasado y no hacia el futuro.

Trotsky propuso militarizar el trabajo y meter a Rusia a una etapa de transición forzada a la que se denominó “comunismo de guerra”. El comunismo, según las concepciones clásicas de los marxistas, debía abolir la desigualdad económica de una vez por todas mediante la uniformización de los niveles de vida. El comunismo de guerra, por el contrario, había sido el resultado de la desintegración social, de la destrucción y desorganización de los recursos productivos y de una escasez de bienes y servicios que no tenía paralelo. La revolución había enviado centenares de miles de hombres a morirse en los campos de batalla. Seguramente tenía el derecho moral de enviar a la gente a los talleres, a las minas y a las fábricas, donde debía librarse la nueva batalla por la sobrevivencia. La alternativa estaba en el reclutamiento de tipo militar para el trabajo y en la transformación de la fuerza militar en una fuerza de trabajo. Pero una medida de esta naturaleza eliminaría de tajo el espíritu democrático que debía animar el proceso de construcción del socialismo. Una cosa era el ejército de la revolución enfrentándose a peligros inminentes que amenazaban su existencia, lo cual obligaba necesariamente a mantener las armas y a ser parte de una jerarquía y una disciplina militar, y otra la reconstrucción en tiempos de paz.

Clausewitz sostenía que <<la guerra es un instrumento de la política>>
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(Foto: Especial)

Trotsky advirtió a tiempo que la militarización del trabajo iba a contracorriente de los cimientos morales que debía tener la construcción del socialismo, y reconsideró. Había que avanzar al comunismo por otros caminos, incluyendo la apertura parcial de la economía del control del Estado. Lenin se opuso. ¿Estaba Trotsky de acuerdo con abrirle un camino al libre comercio, que era el sustento básico del capitalismo? No fue sino un año más tarde, después de que el fracaso del comunismo de guerra quedó demostrado de manera categórica, cuando Lenin hizo las mismas proposiciones bajo el nombre de lo que se conocería como Nueva Política Económica (NEP).
La otra disyuntiva que enfrentaron en ese tiempo los bolcheviques fue la que se refería a la democracia en el proceso de construcción del socialismo. ¿Debían considerar las elecciones para renovar el gobierno y para darles a los sindicatos y demás organizaciones de la sociedad la libertad de opinión y de acción al margen de los canales oficiales? El Estado había tenido que ejercer un método de coerción extremo para reclutar a los campesinos y convertirlos en soldados de la revolución y, luego, para tratar de incorporarlos a una nueva vida militarizada.

Nadie consideró las libertades a que tenían derecho las organizaciones sociales. Ahora se les presentaba el dilema nuevamente. Si se permitía que las clases trabajadoras se expresaran y votaran libremente, ellas mismas destruirían la dictadura. Si la dictadura, en cambio, abolía francamente la democracia, se privaría a sí misma de la legitimidad histórica, aún ante sus propios ojos. En esta encrucijada, el bolchevismo sufrió una agonía moral que no tiene antecedentes en la historia de otros movimientos.

Por la mente de muchos, por cierto, se cruzó como fantasma deletéreo el recuerdo de aquella advertencia que había hecho Trotsky cuando criticó el tipo de partido que proponía Lenin y que tenía que ver con el sustituismo. Parecía que la profecía se hacía realidad. Ahora el partido sustituía a la sociedad, el Comité Central sustituía al partido y ya faltaba poco para que el secretario general, quien llegaría a ser el inefable José Stalin, sustituyera hasta su muerte al Comité Central.

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