Alma Gloria Chávez
Recuerdos de un 2 de octubre
Sábado 7 de Octubre de 2017

Cayeron otros. ¿Recuerdas? Sí, recuerdas otros que nombre y apellido tuvieron. Nadie sabe dónde se encuentran tantos desaparecidos. Manuel Marcué Pardiñas.

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Yo me recuerdo adolescente… pero además, consternada y rabiosa (como lo define Benedetti). Me resultaba extraño que a diferencia de contemporáneos que, fingiendo indiferencia ante lo que se conocía, yo me empeñara en señalar que en ese año, 1968, en los inicios del mes de octubre, se hubiera cometido un abominable acto de represión por parte del gobierno federal contra un movimiento inicialmente estudiantil. Movimiento que en los meses posteriores pudimos darnos cuenta de que congregaba a muchos estamentos organizados de la clase trabajadora en el país: el México del espectáculo, el México que seguramente desde lustros anteriores ya tenía gobiernos sujetos a los intereses económicos y políticos de empresas extranjeras. Así eran mis reflexiones y tribulaciones.

¿Sería entonces que conocí la frase, atribuida a no sé quién: “Si quieres tiempos felices… no analices, muchacha, no analices”? Obviamente la hice a un lado y me atreví a vivir con entereza mis circunstancias.

En casa se comentaba, con una consternación poco habitual, de todo lo que había antecedido a la feroz represión en la Plaza de las Tres Culturas, de la que sólo daban cuenta pocos medios informativos (entre ellos la revista ¡Siempre!). Algo se percibía en el ambiente que en lugares de provincia como el nuestro y a pesar de todo el despliegue ofrecido por los medios de comunicación de la época (al servicio o bajo control del Estado), que privilegiaban lo que se esperaba fuese una de las mejores “fiestas del deporte” (las Olimpiadas 1968) en territorio americano y ocultaban las atrocidades y crímenes cometidos por el Ejército en contra de estudiantes y pueblo sin distingo de edades.

La imagen que se tenía del país, apacible y próspera, se rompió al quedar al descubierto, con la movilización y descontento de universitarios, la exasperación popular ante una crisis económica reflejada en ese entonces en los bajísimos salarios y la ausencia de prestaciones laborales elementales (como la de seguridad en el trabajo) aún dentro de sindicatos fuertes y combativos, el abandono de los apoyos para el campo, el crecimiento anárquico en las ciudades y la persecución y asesinato de líderes del campo y de la ciudad… en fin, problemas a los que no se les ha dado desde entonces la atención adecuada y justa y siguen causando enojo entre la sociedad, sobre todo cuando actos de corrupción se ocultan con espectáculos insulsos.

También recuerdo (pasados estos 49 años) que algunas de nuestras amistades familiares, egresados de la Universidad Michoacana y que para entonces ya como profesionistas se desempeñaban como docentes dentro y fuera del estado, contaban entre anécdota y anécdota cómo esta casa de estudios había sido vulnerada en su autonomía durante los años 60 (63-65), tomando el gobierno el control de ella mediante la intromisión del Ejército, que ocupó sus instalaciones, cerrando las escuelas de humanidades (esas que dan pauta al análisis y la reflexión), encarcelando a varios maestros y alumnos que habían hecho frente a esta invasión-represión y que costó la vida a dos valerosos estudiantes. ¿El delito? La Universidad, surgida para educar a hombres y mujeres libres, bien pensantes y de ideales libertarios, al servicio de su patria (como Hidalgo y Morelos, pues), fue acusada de albergar en sus aulas y promover en sus planes de estudio ideas socialistas… cosa nada buena para gobiernos autoritarios y al servicio del gran capital. Y en esa época se crea la Junta de Gobierno… para que nada ni nadie salga del control.

Además, quienes teníamos interés en conocer la historia de los movimientos sociales en el mundo también sabíamos de la rebeldía del estudiantado universitario en países europeos, como Francia. “Ser joven y no ser revolucionario resulta una contradicción”. Para mí resultó, más que una consigna, una especie de “mantra”.

Cuánto dolor trajo a nuestros jóvenes corazones el 2 de octubre de 1968. Que si por primera vez una mujer encendía el “fuego Olímpico”, que estaban divinos los uniformes de edecanes nacionales, que la pirotecnia estuvo nunca vista y que la transmisión de la Olimpiada resultó una maravilla en cuanto el “reiting” alcanzado… Yo sólo recuerdo las imágenes de jóvenes, casi niños, cuyos cadáveres eran apilados y custodiados por soldados de rasgos indígenas. Y empecé a leer los textos de Oriana Falacci, de un joven Carlos Monsiváis, de una periodista que con toda candidez metía en problemas a sus entrevistados (Elena Poniatowska)… y conocí (a la distancia) a tantos jóvenes valientes, dignos y de ideas claras que realmente eran portadores de una formación universitaria. Pero igual empezaron a surgir notas sobre gente “desaparecida”.

En su libro Fuerte es el silencio, Elena Poniatowska escribe: “Si José Revueltas se equivocó al creer que el gobierno no lograría detener al movimiento estudiantil, no se equivocó al pensar que era el más enloquecido ejemplo de pureza que nos sería dado presenciar. Su mayor acierto, en sus últimos años, es haber participado en él; lo es también de Heberto Castillo y de otros maestros que se unieron a los jóvenes. Ellos tenían razón como la tuvo el rector de la UNAM al enfrentarse al gobierno. Los que sobrevivieron al 2 de octubre, a la cárcel, al exilio, le dieron un sentido a su vida que otros no tienen. Cuando veo a González de Alba, a Álvarez Garín, a Guevara Niebla, al Pino, al Búho, pienso que detrás de ellos caminan cientos de miles de manifestantes, los que protestaron, los que se la jugaron; sé que ellos eran distintos antes del 68; sé que aquel año escindió su vida, como escindió la de muchos mexicanos… En 1968 México fue joven y nos hizo jóvenes a todos”.

Y de don Manuel Marcué tomo la cita: “De muchos nadie sabe dónde están ahora; no tienen tumba, están dispersos en las raíces de la patria…”, y no se olvidan.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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