Sábado 16 de Abril de 2016
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En un artículo publicado en conocido medio informativo, fechado en el mes de julio del año 2012, María Luisa Puga, nuestra recordada escritora “oriunda del kilómetro X”, hacía una genial descripción de Elena Poniatowska: “Cuando la ve una en persona por primera vez, piensa: ¡no puede ser! Si es angelical, dulce, infantil, ¿cómo es posible que escriba sobre cosas tan duras y no le quede en el rostro ninguna huella de dureza? A medida que una le conoce ya no resulta tan diferente de su escritura, que no es para nada chaparrita ni angelical, sino que es certera y latigueante cuando necesita serlo. No por nada los políticos le tienen pánico y no saben hacer otra cosa que llamarla Elenita”.

Muchos/as lectores en México (como mi padre, en la década de los 60 y por él, una servidora) empezamos a saber de ella por las entrevistas que hacía a personajes de la política o de la farándula (además de uno que otro intelectual), entreverando en ellas preguntas aparentemente ingenuas e irónicas, acompañadas de su sonrisa de sol. Luego llegamos a admirar su audacia y valentía cuando le es publicado, a manera de crónica, La noche de Tlatelolco: la masacre estudiantil del 2 de octubre de 1968. Y en ese mismo tono, en 1980, aparece Fuerte es el silencio, donde “lo llamado policiaco recupera su dignidad política, donde las muertes y las vidas no son absurdas, donde se reconstruyen los hechos que le han dado su cariz a nuestros días, donde los sentimientos se hilvanan para recuperar la memoria…”, como se lee en la contraportada.

En sus novelas se descubre toda la sensibilidad de una mujer que sabe llevar con tremenda dignidad la historia de nobles ancestros de tierras lejanas, que anclaron vida y destino en la patria mexicana: Hélene Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska Amor, conocida como Elena Poniatowska, desde su niñez atestiguó –no sin sorpresa– la vida de las cárceles mexicanas (visitando a Álvaro Mutis); la discriminación hacia la mujer, a pesar del amor inconmensurable a la Guadalupana, la brutal represión y matanza de estudiantes (2 de octubre, 10 de junio) y la persecución política (incluidos asesinatos y desapariciones) hacia cualquier disidencia. Finalmente, también se dio cuenta del vacío que se hace en torno a quienes hablan y escriben con verdades, además del desencanto que rodea la actividad política.

“Empecé a decir el otro lado de la verdad sin darme cuenta”, declaró Elena en España luego de haber recibido, en abril de 2014, el Premio Cervantes de Literatura, máximo galardón de las letras en lengua española, siendo además la cuarta mujer que lo recibe, en esa ocasión, del rey Juan Carlos de Borbón, quien declaró con auténtica admiración: “Durante buena parte de su vida (Elena) aprendió a contemplar las estrellas (refiriéndose, obviamente, a la vida matrimonial de Elena con el doctor Haro). Pero ha tenido ese ejercicio con la atenta observación de la realidad del mundo, cuyas luces y sombras nos hace percibir a través de la lente de su interpretación. De ahí su literatura rebelde, que a pesar de la aspereza de su realismo, abre siempre un lugar a la esperanza…”.

Y no estamos para dudarlo. De mi adolescencia recuerdo a Lilus Kikus o La flor de lis (soy muy dada a las novelas). Posteriormente, Hasta no verte Jesús Mío, Tinísima, Paseo de la Reforma y Leonora. Pero seguramente su crónica ha sido la que más huella ha dejado en mis incursiones literarias: su descripción de la precaria vida de quienes viven en los suburbios de la gran ciudad, los testimonios estrujantes de familiares de desaparecidos/as, las marchas, movilizaciones y huelgas de hambre de gente del campo y de la ciudad: campesinos, jornaleros, obreros, colonos, estudiantes, maestros, artistas e intelectuales han dejado escuchar su voz a través de la pluma inteligente de Poniatowska.

Elena, sobre todo, ha cobrado importancia desde la segunda mitad del siglo XX por su labor periodística, que no ha abandonado y con la que siente un compromiso más que fuerte, a pesar de su prolífica obra literaria: más de 40 libros publicados (y otros que vienen en camino). “Ser periodista es una gran lección de humildad”, ha dicho Elena. Actualmente, a sus 84 años, con reconocimientos nacionales e internacionales, así como doctorados Honoris Causa de diversas universidades, Poniatowska continúa activa y comprometida.
Desde 2006 tiene un proyecto a realizar: una fundación que trabaje desde México con mujeres y niños/as, que tenga talleres y albergue su biblioteca y archivo.

En alguna de las entrevistas que le hicieron, a propósito del Premio Cervantes, Elena Poniatowska declaró con absoluta convicción: “Me preocupa mucho que nuestro país se vaya cada vez más para atrás y que seamos los condenados de la tierra, como África, y que ojalá no lo seamos más y nos recuperemos, o por lo menos salgamos adelante mediante la educación y ésta, para quienes no tienen nada”.

Con toda la honestidad que siempre la caracteriza, alguna vez también declaró que nunca pasó por una universidad: “Todo lo que he hecho son unos estudios deleznables de colegio de monjas, por eso me resulta sorprendente recibir estos títulos tan importantes… pero que conste que siempre, a los que me van a dar doctorados, les aviso antes todo esto, ¿eh?”.
Este martes 19 (Día Panamericano del Indio) tendremos la grata presencia de Elena Poniatowska en Pátzcuaro, que recibirá la Presea Gertrudis Bocanegra y el corazón de muchas/os de quienes le queremos y admiramos.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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