Rafael Calderón
El Café del Prado, en el Centro Histórico de Morelia
Lunes 2 de Octubre de 2017
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Definida por dos o tres escenarios que hay que sentir o vivir por su armonía en esa casona típica del Centro Histórico: todo inicia en el tablero donde se anuncian eventos culturales, y le sigue el patio y su línea de portales, el acceso al primer cubículo, el siguiente, además, con su ventana resulta ser ideal para la lectura y disfrutar el aroma del café. Al fondo, la fuente, atrás de ésta, la barra: el lugar donde posiblemente se ha preparado por años el mejor café de la ciudad; finalmente, el espacio mítico, La Cueva, y dentro de ésta, el acceso para subir a la azotea.

El Café del Prado, en Morelia
El Café del Prado, en Morelia
(Foto: Especial)

La primera diferencia, al llegar, está en el saludo de doña Mary, y para quienes hemos frecuentado este espacio, resulta imponente no haber escuchado la voz portentosa de don Perfecto, quien murió el pasado 24 de septiembre. Pero doña Mary, si nos conoce, ya sabe quién toma café fuerte, regular o suave. Tiene sensibilidad y la mirada puesta en estos detalles: consciente de que uno llega y casi de inmediato pasa a la lectura, a estudiar o revisar documentos, o simplemente se alistan para la conversación. Mientras que los que llegan a La Cueva, parroquianos que en primer lugar son los fumadores, su plática parlotea de la política, negociando espacios de poder, y su convivencia la llevan a cabo bajo el humo del cigarro que les permite vivir el flujo de palabras y saben que éstas se diluyen por el humo y el aroma del café.

Creo, la apertura sucedió el segundo semestre de 1993 (entre agosto y octubre), porque para noviembre ya se realizaban los Jueves Nicolaitas. Desde entonces frecuento el café y en este lugar he leído bastante literatura, casi toda la poesía michoacana y buena parte de la mexicana, latinoamericanos e hispánica; poetas de lengua extranjera y un sinfín de ensayos sobre éstos y Octavio Paz, Jorge Luis Borges, José Emilio Pacheco; porque si bien es cierto aquí estos autores los he leído, la poesía michoacana ocupa un lugar excepcional, y puedo decir que es la privilegiada de mis lecturas. Espacio ideal para ocultarse también de la ciudad y donde se pueden leer periódico, revistas, suplementos. Recuerdo que para aquel año de 1993 estudiaba en la Preparatoria Melchor Ocampo, dependiente de nuestra amada Universidad Michoacana, y si no tenía voluntad para estar en clases, me ausentaba; el rumbo ideal: el Café del Prado.

Los fundadores del café son una pareja muy singular. Porque el adiós a don Perfecto es más bien refrendar que siga presente en este lugar, sabiéndolo reacio al trato con los parroquianos y con los que tenía conversación, mantenía ese estilo muy suyo, siempre dispuesto para que se realizaran los Jueves Nicolaitas, y doña Mary tiene el buen trato y esa presencia única muy de su personalidad. Sigue siendo el alma del lugar: el primer saludo es buenos días, buenas tardes o buenas noches. Casi nunca ocupa ir a preguntar, sino que identifica qué es lo que consumen los parroquianos cautivos.

Y bueno, la Sociedad de Ex Alumnos Nicolaitas tuvo aquí su época de oro con los Jueves Nicolaitas, que versaban sobre temas culturales, universitarios y de literatura. Ese periodo lo supervisó el profesor y poeta José Antonio Alvarado, pero sin duda, el promotor que hacía posible esas actividades es Manuel Álvarez Barrientos, entonces presidente de la sociedad, y poco antes ya había sido director de la Preparatoria Melchor Ocampo.

Es el Café del Prado referencia obligada para la historia de la ciudad y la propia vida universitaria y cultural. Aquí han sucedido momentos claves que registran tanto profesores como alumnos, porque saben que el placer de la lectura es también el refugio para la actividad cultural y la política, por ello este café es parte de ese espíritu intelectual de identidad con la propia Universidad Michoacana. Desde este lugar se ha refrendado el deleite del buen café, o decir una vez más que ha contribuido, en mi caso, para el goce de la literatura y por lo mismo, permite revelar la asombrosa familiaridad de la historia con la ciudad de Morelia: “Tiene la palabra para expresarla también” y por detalles, más bien hábiles, permite prolongar la conversación que abreviamos con su propio nombre.

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