Hugo Rangel Vargas
Pedro Infante vive
Viernes 15 de Abril de 2016
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Data de un 18 de noviembre de 1917 el comienzo de la vida del ser humano llamado Pedro Infante Cruz, pero la leyenda nace el 15 de abril de 1957, cuando el avión en el que volaba desde la ciudad de Mérida se desplomó en la conocida esquina de la Socorrito, de aquella capital yucateca. Desde ahí y hasta la fecha su tumba en el Panteón Jardín de la Ciudad de México sigue inundándose de la algarabía que evoca pasiones, desamores, parrandas y esas fiestas en las que, cómo describiría Octavio Paz, “el mexicano se abre al exterior”.

La leyenda de Pedro Infante se ha escrito con canciones que provocan gritos de amor y desamor en las cantinas, con películas que reconstruyen un idílico México rural alejado de las profundas contradicciones que prevalecieron aún durante la postrevolución en la que Pedro creció; pero también con el recuerdo de su figura ligera, alejada de la parafernalia de otros personajes del espectáculo en su época.

Pedro Infante Cruz, la leyenda que nació el 15 de abril de 1957, cuando el avión en el que volaba desde la ciudad de Mérida se desplomó
Pedro Infante Cruz, la leyenda que nació el 15 de abril de 1957, cuando el avión en el que volaba desde la ciudad de Mérida se desplomó
(Foto: Cecilia Vázquez)

Resulta de numeralia enunciar la cantidad de películas que filmó (aproximadamente 60), las canciones que entonó (más de 300), decir que fue ganador de un Oso de Plata en el Festival Internacional de Cine en Berlín; todo ello daría sustento a su mito, pero a casi 60 años de su muerte y 100 de su nacimiento, Pedro Infante es reconocido por los mexicanos como el mejor actor. Y es que, según un estudio realizado por El Universal en 2009, el sinaloense se colocó con un 27 por ciento de las preferencias por encima de Germán Valdés, Gael García y Fernando Colunga.
Frente a la batalla del olvido y del tiempo, la figura de Pedro Infante se alza como un remanso de paz que evoca precisa y contradictoriamente olvido. Ese tipo de distracción que hace que la mente se nuble de todo juicio de la realidad, esa que antepone en el corazón la utopía del charro que le canta a la mujer amada afuera de su balcón.

Si hubiese existido aquel pueblo donde vivieron los tres García, ¿algún mexicano habría dudado de la benevolencia de aquella abuelita gruñona?, o si se hubiera presentado aquella contienda entre Silvano y Cruz Treviño, ¿habríamos votado por el padre o por el hijo? Pero más aún, ¿no comete el cerebro injusticias con nuestro cuerpo al mantenerlo atormentado permanentemente de realidad?, entonces, ¿por qué no asumir algún escape a la realidad como acto de sana y justa rebeldía?

El Manifiesto surrealista de Breton da pistas sobre este acto de justicia que suele acometer el alma para alejarse de los tormentos cotidianos: “Sólo la imaginación me permite llegar a saber lo que puede llegar a ser, y esto basta para mitigar un poco su terrible condena, y esto basta también para que me abandone a ella, sin miedo al engaño (como si pudiéramos engañarnos todavía más)”.

El franco terreno de la ilusión, ahí donde la realidad se desdibuja y adopta formas de puro sentimiento, ese que hace que el mexicano se exaspere en las festividades y que provoca que alce su alma al punto de estallido como cohete en el cielo, ese es el espacio en donde pervive la memoria de Pedro Infante.

Nunca antes había sido tan necesario resucitar a alguien para que nos cure el alma. No sabemos si se trata del mandadero, del peluquero, del carpintero, del boxeador o del cantante; sólo nos vemos reflejados en sus desencuentros y deseamos ahogarlos en tequila, esperamos olvidar nuestros temores al abrazo de esas madres o abuelas hechas a semejanza de nuestra tierra: briosa y fuerte pero provisora.

Por ello es que Pedro Infante vive, no porque algún granuja haya aprovechado esta condición de orfandad en la que nos dejó aquel sinaloense el 15 de abril de 1957 para autoproclamarse ser el ídolo en persona. Vive, entre tantas razones, porque los mexicanos lo mantenemos en nuestros sueños como el trazo de la aspiración legítima de un humilde carpinterito que conquista la utopía.

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