Rafael Calderón
La poeta Margarita Michelena
Lunes 25 de Septiembre de 2017
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Para comentar algo de la poeta Margarita Michelena (1917-1998) ahora que se está cumpliendo el primer centenario de su nacimiento no se requiere ir muy lejos, sino mantener presente su condición de poeta y traductora y reconocer esa coordenada que registra su escritura. Ya que sus poemas están visibles en un título llamado Reunión de imágenes, donde conservan dos fechas: primero, una edición del Fondo de Cultura Económica de 1969; corregida y ampliada, se reedita por la Universidad Autónoma de Hidalgo en 1984 para consolidar la mirada y confirmar un camino que se impone como el mayor logro de todo cuanto escribió y finalmente destacar su condición de traductora.

 Margarita Michelena,  poeta
Margarita Michelena, poeta
(Foto: Especial)

Es Michelena un ejemplo de rigor de páginas: alcanza concentración y su legado sigue por lo menos una vocación que tiene que ver con temas que van entre el orden religioso y por donde deja salir el camino recorrido que se nutre de la esencia de la soledad y la melancolía. Esa fuerza sugiere el encuentro con el amor y nombrar el sol y la naturaleza de su palabra se extiende, determina su entorno con la ciudad y su visión urbana de la poesía.

Recuerdo que por 1996 en el Palacio de Bellas Artes un grupo de poetas mexicanos (Octavio Paz y Jaime Sabines) le rindieron homenaje y de aquella reunión destacaban las palabras que le profesa Octavio Paz. Suficiente fue oír lo que dijo de su poesía y darnos cuenta de su condición de poeta, y buscarla en los anales de la poesía mexicana, porque dejaba sentir la amistad sincera, el reconocimiento a una obra que contenía sustancia y declara que sus poemas son un río de aguas cristalinas.

Lo mejor es que hoy en día podemos ir a un poema de 1945 en donde dice: “Yo he estado un día libre/ de mi prisión de venas./ Sin nombre, sin palabras.// De mí nacen dos ríos de dolor/ constantes y profundos./ Y aquí estoy,/ en medio de mis largos cabellos,/ de la que yo no soy,/ ardiendo como una estrella presa/ y viendo un horror de intensa vida,/ la inútil vida que va dentro de mí:/ mis uñas crecen y mis ojos brillan.// Toda voy hacia afuera/ y mis raíces agonizan./ Para el natal paisaje,/ para el mundo inocente/ del que he bajado un día,/ mis ojos están ciegos/ y mis manos se han hundido en la sangre/ de esta danzante primavera”. En 1948 publica Laurel del Ángel; en 1954, Tristeza terrestre y, en 1968, El país más allá de la niebla. Estos son los títulos que concentra la poesía de Margarita Michelena. Pero hay que despejar que es el tipo de autora que se vuelve en su individualidad una pasión que solamente se revela con la escritura que practica. Es capaz de concentrar su nostalgia, la sed de su pasión, el hecho de lo que nombra y esa fuerza de su revelación como si fuera un nuevo origen el verso que se vuelve la prodigiosa realidad de lo que va nombrando con esos ojos y con una voluntad que ante todo es ejemplo de su vertiente y la fuerza que encierra su palabra para nombrar su entorno con una atmosfera del tiempo y decir dónde se encuentra parada y al mismo tiempo todo lo que rodea su vida se vuelve parte y esencia de su poesía.

Sus traducciones están resumidas en El Spleen de París de Baudelaire, y por lo menos el resumen lo hacen dos lectores atentos y su editor excepcional. Se trata de Carlos Eduardo Turón, autor del prólogo, y Octavio Paz que celebra su traducción y le envía una carta donde matiza esa unidad lograda, y la edición excepcional es realizada por Mario del Valle (Ediciones Papeles Privados, 1990). Para la segunda edición, aumentada de páginas por la carta enviada a la poeta por Octavio Paz. Ya que se ha dicho que sin duda la versión realizada por Margarita Michelena es muestra de un riguroso oficio literario y la demostración apasionado por la poesía del poeta francés. En su carta le dice Octavio Paz: “Tu traducción, digo esto con reflexión, es la más pura y sensible, la mejor que se ha hecho en nuestra lengua de ese pequeño libro que inicia el género moderno por elocuencia: el poema en prosa”, y la máxima de Carlos Eduardo Turón: “Considero que la versión de El Spleen de París de Margarita Michelena es –¡al fin!– fruto insuperable y perenne”, para decir que ella por su poesía es carta de verano, en movimiento, como parte de eso sueño que no termina. Emerge y revive el instante para mantenernos atentos, recordar que sus poemas adquieren excepcionalidad. La facilidad del lenguaje persiste y es su poesía exacta, pulida: “Todo en la eternidad de este instante”. “¿Desde dónde te hablo? No lo sé bien…”.

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