Julio Santoyo Guerrero
Desde Madero, construyendo un Área Natural Protegida
Lunes 18 de Septiembre de 2017
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Que en sólo 25 años (una generación) los michoacanos hayamos destruido 1.3 millones de hectáreas de bosques para quedarnos con sólo 1.2 millones, un poco menos del 50 por ciento, habla de la capacidad de devastación con la que arremetemos contra el medio ambiente y pone en evidencia lo errado de la conciencia pragmática, utilitaria y monetaria con la que nos relacionamos con la madre tierra; pone en evidencia también la fatalidad de las políticas públicas del Estado mexicano en materia de desarrollo económico, urbano y de protección al medio ambiente, que colocan a la naturaleza como objeto de uso para el hombre y el mercado y no como elemento determinante para el florecimiento de nuestra vida.

André Malraux, novelista y político francés
André Malraux, novelista y político francés
(Foto: Especial)

Parafraseando al poeta André Malraux, quien afirmaba que "el siglo XXI será religioso o no será", hoy se tiene que admitir, ante las inobjetables evidencias catastróficas del cambio climático al que la civilización humana ha contribuido afanosamente, que el siglo XXI será ambientalista o no será. Si la humanidad no cambia su errada conciencia sobre su entorno natural, si no modifica su estilo de vida y las tecnologías que están propiciando la degradación, la civilización colapsará inevitablemente.

La destrucción a gran escala de los pulmones que oxigenan al planeta y con ella la desecación de aguas superficiales y profundas, la vida humana y de toda vida pierde oportunidades y condiciones para seguir existiendo. La responsabilidad de gobiernos y ciudadanos para detener, revertir y restaurar las fuentes de la vida no es una tarea que admita posposiciones. No puede formar parte de una agenda secundaria en los asuntos estratégicos o de seguridad nacional de los gobiernos, ni debe omitirse de los valores en que deben ser educados todos los niños en sus familias y en las escuelas. La agenda gubernamental debe considerar el tema ambiental entre sus prioridades y debe ser eje transversal en el tramado de políticas públicas.

La política ambiental del gobierno federal ha sido en este punto completamente insuficiente y definitivamente cuestionable, a pesar de ser firmante de acuerdos internacionales en la materia. En temas como el agua, tan crítico ya incluso en regiones con escaso estrés, al que le dio el valor de asunto de seguridad nacional, ha quedado en la práctica reducido a las inercias viciadas de siempre. La política estatal, no obstante su reiterado discurso de protección ambiental y algunas acciones para contener la devastación, ha sido más declarativa que de hechos ante el incontrolable avance de capitales aguacateros que continúan impunemente talando los bosques para instalar plantíos, construyendo inmensas hoyas, haciendo detonar cañones antigranizo y ahora perforando pozos, todo en la ilegalidad.

La amplitud de la devastación es preocupantemente un fenómeno que está rebasando a las instituciones ambientales. De no imponerse acciones masivas y contundentes en todos los órdenes, desde la educación, la prevención, un sistema de denuncia funcional, programas de apoyo para los tenedores de bosques, gestión de recursos para cultivadores de agua, coordinación con autoridades de las localidades, veremos que en menos de 25 años habremos arruinado las restantes 1.2 millones de hectáreas arboladas.

Los bosques del municipio de Madero han sido de los últimos en ser tocados por la delirante fiebre del oro verde. En 2005 existían sólo 280 hectáreas de este fruto, para 2017 ya están cultivadas alrededor de cuatro mil. En promedio anualmente se han instalado 300 hectáreas y lo han hecho en la microcuenca más generosa en agua, donde nacen las aguas "permanentes" del Río Curucupaseo. El nivel de destrucción es tan vasto y agresivo que en este año ya varias localidades como Santas Marías, la tenencia de Acatén, San Pedro, La Concepción, la tenencia de Etúcuaro han denunciado la carencia de agua incluso para el consumo humano.

En localidades como el Cerro del Gallo, distante de Villa Madero a más de una hora y media de camino y en la profundidad de la serranía, sus habitantes han sido testigos de cómo una huerta aguacatera de más de 25 hectáreas se instaló en la cercanía del Río La Maestranza y se lleva casi la mitad de su caudal, vulnerando la vida acuática, de peces y otras especies que lo habitan. Lo mismo en la comunidad de El Ahijadero, a tres horas y media de Villa Madero, donde sus pobladores, no obstante lo preservado de sus bosques, sufren el desabasto de agua porque tierras arriba los arroyos son interceptados por represas para alimentar huertas.

La respuesta preocupada e indignada de algunas comunidades de Madero como San Pedro y Acatén ha tomado el camino de promover un gran movimiento ambientalista en el municipio con un propósito común: lograr la protección de los bosques de Madero. Se han realizado a la fecha doce asambleas con ejidos, comunidades indígenas y pequeños propietarios, donde han coincidido en la misma problemática y en la urgencia de parar la destrucción. En esa ruta ya caminan las comunidades de San Pedro, Acatén, Etúcuaro, Santas Marías, La Concepción, Villa Madero, La Cumbre, El Tizate, Porúas, Ziparapio, El Carrizal, Cerro del Gallo, El Ahijadero, incluso Nieves, que aunque forma parte del municipio de Morelia, colinda con San Pedro y tiene afectaciones en bosques y en sus aguas, y a cuyos pobladores el municipio ignora, no obstante ser el origen de parte de las aguas que nutren los caudales que consumen los morelianos.

Esta acción ciudadana ambientalista involucra alrededor de 50 mil hectáreas de bosques y ríos que marcarán el futuro de este municipio, de Morelia y de Tierra Caliente por la influencia de las aguas y el oxigeno que ahí se producen y que representa un gran "servicio ambiental" para los pobladores de Madero, Acuitzio, Morelia, Carácuaro y Nocupétaro.

Este movimiento civil de los maderenses sólo espera que las instituciones del gobierno faciliten el propósito, que lo hablado se cumpla, que se cumplan los quince acuerdos de la Mesa de Seguridad Ambiental instalada en Villa Madero el 26 de junio, que se cumplan las múltiples denuncias que sobre huertas, hoyas, pozos y cañones antigranizo ilegales se han hecho por autoridades locales.

El pulmón que representan los bosques de Madero para los ecosistemas de Michoacán no puede seguir en riesgo, y una ruta que los pobladores de estas comunidades están siguiendo es constituir estas 50 mil hectáreas en una Área Natural Protegida, pero requerimos ayuda de ciudadanos, académicos, biólogos, historiadores y proyectistas que contribuyan con toda esta gente para hacerlo posible.

La conciencia del siglo XXI definitivamente será ambiental o no será. No hay escapatoria para seguir viviendo, y para seguir viviendo es indispensable actuar ahora para detener la destrucción de ecosistemas, y para ello todos los ciudadanos debemos comprometernos.

Sobre el autor
Julio Santoyo Guerrero Estudió Filosofía en la UMSNH Docente desde 1983 Analista en medios impresos y electrónicos desde 1988 Articulista fundador de Cambio de Michoacán desde 1992.
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