Julio Santoyo Guerrero
La política que tenemos... y que somos.
Lunes 11 de Septiembre de 2017
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¿Cómo trascender la decepción y la indignación social? tendrá que ser el propósito de partidos políticos y de opciones independientes en la sucesión presidencial del 2018. Será insuficiente y riesgoso que partidos y ciudadanos puedan abrirse las puertas de los pinos con una votación que apenas represente la tercera parte de quienes sufraguen, como ha sido el caso de elecciones precedentes.

La sombra de la debilidad y de la escasa legitimidad no serán la respuesta a una sociedad que ha perdido la credibilidad en la partidocracia y también en las instituciones de la república. Un gobierno de consenso limitado no tendrá la fuerza suficiente, ni la legitimidad para poner en marcha las políticas públicas que le haya ofrecido a los electores.

Y la única manera de encarar esto es con una agenda abierta, autocrítica y luego con acciones contundentes que arrasen con toda impunidad.
Y la única manera de encarar esto es con una agenda abierta, autocrítica y luego con acciones contundentes que arrasen con toda impunidad.
(Foto: TAVO)

Pero una visión de consenso debe construirse con el análisis nacional, abierto, sin regateos, de los problemas que tanto han ofendido a los mexicanos: la corrupción, con hechos y nombres; la inseguridad, con sus datos de horror y muerte, sus personeros y cómplices; el tráfico inmoral del poder, con sus rostros y sus nefastas consecuencias; la ineficacia desde el gobierno, con sus orígenes clientelares, dinásticos y nepóticos; la crisis de la partidocracia, como el eje más importante de este gran análisis, que ha sido causa del estancamiento de la democracia mexicana.

El proceso electoral para la sucesión presidencial, para que sea positivo para el desarrollo de nuestra democracia, debe abrir los espacios, obligadamente, para el debate y la propuesta en torno a los asuntos que alimentan la indignación y la incredulidad nacional. Porque no basta la sola indignación para motivar un cambio efectivo. El puro coraje no pasa de aportar un rosario de mentadas de madre, el sarcasmo en las redes sociales sólo es catártico, y la quema de los símbolos de lo que se repudia es empirismo iconoclasta. Pero, no se gobierna con una mentada de madre, ni se conduce una nación con sarcasmos en las redes sociales.
No es una condición de simplismo la realidad que vive el país. No basta que el poderoso personaje y su partido sean retirados del ejercicio del gobierno, el mayor problema es la sustitución adecuada de las prácticas, de la cultura política, pues. El problema es cómo vigorizar los principios de la democracia en todos los estratos sociales, es cómo darle vida a la honestidad, al respeto, a la pluralidad, a la congruencia, y no sólo entre la clase política, que es decisivo, sino entre todos los ciudadanos, que es determinante. Ojalá que fuera todo tan simple como la recomendación metafísica de que es suficiente la revelación epifánica de un líder para cambiar esta agobiante realidad.

Como esto no va a ocurrir, como la transformación política del país es un asunto de modificación de visiones y de compromisos, de educación política y de práctica política, de valores que deben valer, y de estrategia y táctica eficaces y eficientes, es preciso que los mexicanos pasemos de la indignación y del coraje a la etapa constructiva y propositiva. Que pasemos a hacer valer la agenda que sabemos que nos lastima y que necesitamos trascender, que pasemos a encontrar alternativas para cada tema, que procedamos a construir los consensos nuevos que necesita este país.

No podemos engañarnos, la idea enojada de que los partidos deben desaparecer es una quimera. Ellos estarán en la elección del 2018 y será la clase política la que accederá al gobierno federal buscando representar los intereses de los electores. Estamos a años luz de que la sociedad mexicana pueda autogobernarse a partir del consenso de una ética universal, y tal vez eso jamás ocurra. Lo que sí es cierto es que los partidos, de alguna manera, son nuestra representación como sociedad. Partidos y movimientos, nos gusten o no representan lo que somos, desde la extrema izquierda hasta la derecha, pasando por el escepticismo y el anarquismo, con su virtudes y con su impresentables vicios. Vaya, esa es la política que tenemos y que somos.

Lo menos que la partidocracia puede ofrecernos, entonces, en función de la decepción y el descrédito, es la construcción de nuevos consensos nacionales y la fortaleza de un gobierno consistente, que sea dique ante lo que parece inminente: una crisis de gobernabilidad con las consecuencias que todos podemos advertir. Y la única manera de encarar esto es con una agenda abierta, autocrítica y luego con acciones contundentes que arrasen con toda impunidad.

Sobre el autor
Julio Santoyo Guerrero Estudió Filosofía en la UMSNH Docente desde 1983 Analista en medios impresos y electrónicos desde 1988 Articulista fundador de Cambio de Michoacán desde 1992.
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