Estrellita M. Fuentes Nava
La doble cara de la minería en México
Viernes 8 de Septiembre de 2017
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La semana pasada fui invitada por la Unidad de Género de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público para ser oradora en una función privada de cine de debate para funcionarios de dicha dependencia federal en la que se exhibió el filme Hija de la laguna, documental que narra las vicisitudes de una comunidad indígena en Cajamarca, Perú, por el acoso de las autoridades para despojarles de su agua y su territorio en beneficio de las mineras privadas

`Hija de la laguna´

En 2016 la minería en México representó casi el cuatro por ciento cuatro por ciento del PIB, sumó mil 303 millones de dólares de ingresos, y hasta el momento ha generado 374 mil 666 empleos directos según datos de la Secretaría de Economía. Actualmente ocupamos el primer lugar en la producción de plata a nivel mundial, con 191 millones de onzas, nos ubicamos entre los diez principales productores de 16 diferentes minerales: plata, bismuto, fluorita, celestita, wollastonita, cadmio, molibdeno, plomo, zinc, diatomita, sal, barita, grafito, yeso, oro y cobre. Somos el primer destino en inversión en exploración minera en América Latina y el cuarto en el mundo de acuerdo con el reporte publicado por SNL Metals & Mining en 2015.

De acuerdo con las cifras dadas a conocer en el reciente informe presidencial, a la fecha el gobierno federal ha otorgado 25 mil 716 títulos para la explotación minera sobre 270 minas, con 22.1 millones de hectáreas (el equivalente al 11.3 por ciento del territorio del país), beneficiando a 93 compañías, de las cuales 20 por ciento tienen capital canadiense, 18 por ciento norteamericano, y el 56 por ciento mexicano, destacando en este último universo (el nacional) la empresa Grupo México, como el primer productor nacional.

En el país anualmente se deforestan 500 mil hectáreas de bosques y selvas, y que la ambición por el oro y la plata sentencia a muerte a seis especies de por sí catalogadas en grave riesgo de extinción
En el país anualmente se deforestan 500 mil hectáreas de bosques y selvas, y que la ambición por el oro y la plata sentencia a muerte a seis especies de por sí catalogadas en grave riesgo de extinción
(Foto: Cuartoscuro)



Es muy presumible y motivador que en el rubro económico nos demos a conocer internacionalmente con estas cifras, pero desafortunadamente, si observamos los indicadores ambientales asociados con esta importante actividad, el panorama no es nada halagüeño. Recordemos por ejemplo que en nuestro país, en 2014 tuvimos de los peores desastres ambientales asociados a la actividad minera, entre ellos ocasionados por la empresa Grupo México: el caso de la contaminación de ríos en Sonora y otro derrame en el municipio de El Oro, Durango. Del primero, una falla en un contenedor de la minera Grupo México causó un derrame de 40 mil metros cúbicos de sulfato de cobre acidulado en los ríos Bacanuchi y Sonora, lo cual provocó afectaciones a unas 22 mil personas en siete municipios, con severos impactos económicos calculados en alrededor de 702 millones de pesos y una reducción del 50 por ciento en la actividad económica de las localidades afectadas; fue calificado como el peor desastre ambiental minero. En ese entonces se demandó que la empresa fuera obligada a cubrir una multa y a costear las reparaciones del daño al medio ambiente, que podrían haber alcanzado cientos o miles de millones de pesos, por lo que ésta abrió un fideicomiso de dos mil millones de pesos (administrado por la Semarnat) y pagó 20 millones de pesos de multa a la Profepa; sin embargo, hoy a tres años del desastre se han ejercido el 60 por ciento de los recursos, pero sin saneamiento de los ríos. También la Cofepris ha documentado recientemente residuos de metales pesados en 381 personas (La Jornada, 8 de julio de 2017), y aún no se ha cumplido con el compromiso de las plantas de tratamiento, por lo que los pobladores siguen usando agua contaminada originada por este desastre.

En el caso de El Oro, Durango, también en 2014 el derrame de dos mil metros cúbicos de una solución cianurada llegó al arroyo denominado La Cruz, afectando 400 metros cuadrados de suelo natural y seis municipios, pero la Profepa no reportó riesgos o peligros para la población humana, ni para las especies animales y la flora. Sin embargo, los pobladores del ejido damnificado reportaron la muerte de vacas que bebieron agua del arroyo.

En aquel entonces los dos desastres (Sonora y Durango) generaron tal polémica en los medios y en el Congreso, y la indignación se exacerbó tanto porque salió a la luz pública que la autoridad federal no tenía la legislación ni la penalización suficientemente sólidas para este tipo de crímenes ambientales. Se desfogaron químicos y contaminantes, enfermando a las personas, a sus animales y a las cosechas, y a pesar de haber instaurado un fideicomiso, no hay dinero ni capacidad técnica y operativa para remediar los efectos de estos desastres.

Por otra parte, el Instituto de Geografía de la Universidad Nacional Autónoma de México señaló en fechas recientes que en el país anualmente se deforestan 500 mil hectáreas de bosques y selvas, y que la ambición por el oro y la plata sentencia a muerte a seis especies de por sí catalogadas en grave riesgo de extinción, que habitan en la Sierra Norte de Puebla: el cacomixtle norteño, el águila crestuda real, el pibí occidental y los reptiles y anfibios Micrurus diastema, Anolis naufragus y Bufo cristatus.

La minería conlleva riesgos que si no se manejan de manera adecuada o sustentable, pueden derivar en la contaminación del agua, aire y suelos. Y no sólo eso, además requiere de volúmenes importantes de agua limpia para sus procesos. Por ejemplo, para extraer una onza de oro con el método de cielo abierto equivale a utilizar 380 litros de agua. También se ha discutido ampliamente en torno al fracking, que es la explotación del subsuelo con cantidades industriales de agua y químicos que al final de cuentas contaminan los depósitos de agua.

Se proyecta que México podría crecer en 2017 tras cuatro años en baja en este sector en medio de una recuperación global de los precios de los metales de acuerdo con proyecciones de la Cámara Minera de México, la cual espera que al cierre del año las inversiones mineras hayan sumado unos cinco mil millones de dólares, 33 por ciento más que en 2016 (Economía Hoy, 01-09-2016). También demandan que las autoridades revisen los gravámenes que les han impuesto, “porque el país es de los más caros para invertir en el sector minero”.

Afortunadamente la vía sustentable no está peleada con el crecimiento económico, y prueba de ello son los países nórdicos, quienes han dado un fuerte impulso a sus industrias extractivas fomentando la cooperación y el crecimiento económico, tomando en cuenta tres dimensiones importantes: la ecológica, la natural y la cultural. Y los planes que se han ideado no dejan de ser ambiciosos. En Suecia, por ejemplo, donde la minería tiene un volumen de negocios de unos siete mil millones de dólares (44.470 millones de coronas suecas) y desde donde sale el 92 por ciento de la producción de hierro de Europa, esperan triplicar la industria a 2025, según SveMin, gremio que reúne a más de 60 empresas. Estos países también se están colocando en el ranking internacional en la exportación de servicios de minería a través de empresas que se han consolidado como proveedoras de ingeniería, equipos y tecnología.

Por otra parte, nuestro país también tiene que revisar la política fiscal del sector, de tal manera que las localidades y los estados con alta actividad minera reciban una retribución justa, considerando incluso un porcentaje para la remediación ambiental, como lo sucedido en Sonora, Durango y los eventos recientes en Chihuahua, Chiapas y más.

No cabe duda que hoy en día deben existir ahora buenas prácticas dentro de las empresas mineras que operan en el país, pero el principal reto es sin duda apuntalar la tecnología y las mejores prácticas para que transitemos como industria y como país de una economía emergente a una economía y sector de clase mundial, pero acompasada de la agenda ambiental. Qué bueno que el sector minero esté en auge en México, pero sería más bueno aún si ese crecimiento lo logramos hacer de manera totalmente sustentable, sin menoscabo de nuestro patrimonio natural, y sin afectar de manera negativa a las localidades, ni a las personas que viven en ellas, y ello debe ser crucial en este nuevo trazo de agenda que proyecta el gobierno impulsar para las próximas décadas.

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