Rogelio Macías Sánchez
ALGO DE MÚSICA
Un poco de historia de mi pasión por la ópera
Martes 5 de Septiembre de 2017
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Mi última entrega en este espacio, hace ocho días, se refirió a la ópera Carmen, de Georges Bizet, y su puesta en escena el 19 de agosto en la ciudad de León, Guanajuato. Para hoy no tengo de qué escribir pues aunque esta semana hubo actividad de música clásica en Morelia, no asistí por razones de imprudencia del clima para con los mayores de edad. Pensando de qué escribir, me doy cuenta de que mi mayor pasión dentro de la música es la ópera, gusto y pasión que mi madre me inculcó y fomentó. Yo la hice crecer y nobles personas participaron en ello, pero las raíces estaban echadas desde mi infancia.

 ópera Carmen, de Georges Bizet
ópera Carmen, de Georges Bizet
(Foto: Especial)

Siendo yo muy niño, cuando mi madre regresaba por la noche de una función de ópera, me la platicaba y yo me emocionaba mucho con sus narraciones tan sentidas; y siendo yo niño me llevó por primera vez al Palacio de Bellas Artes a mi primera función de ópera: La bohemia, de Puccini, con la soprano mexicana Irma González haciendo el papel de Mimí. Es un dramón, nada propio para niños, pero lo entendí perfectamente y me emocionó la música. En el cuarto acto, cuando muere Mimí, yo lloré a lágrima tendida.

A los ocho días me volvieron a llevar, ahora a ver El barbero de Sevilla, de Rossini, con los inmortales bajos Salvatore Bacaloni y Nicola Rossi Lemeni haciendo los papeles de Don Bartolo y Don Basilio, respectivamente. Inolvidable, por el teatro y por la música, y me la pasé carcajeando los cuatro actos. Los vecinos de asiento se portaron muy lindos. No se molestaban de mis risas pues yo era parte divertida de su espectáculo.

Y pronto en esos años, antes de cumplir yo catorce, ya había visto, disfrutado y sufrido funciones verdaderamente extraordinarias, que así están registradas en los anales de la ópera en México. Tosca, de Puccini, con María Callas y Giuseppe di Stefano, en la despedida para siempre de María de México; un gran Boris Godunov, de Mussorgski, con Nicola Rossi Lemeni haciendo el papel principal; una inolvidable Madame Butterfly, de Puccini, con un dueto bellísimo de Irma González y Oralia Domínguez.

Alguna buena Aída, de Verdi, recuerdo de entonces, pero también hubo funciones desastrosas. Rigoletto, de Verdi, con el tenor Salvatore Puma desafinando horriblemente todo el tiempo y más en el aria “La donna e mobile”. Toda la función de El amor propiciado de Carlos Chávez fue fea. Para entonces yo ya era un joven estudiante de Medicina y me tocó padecer una incomprensible y tijereteada El holandés errante, de Wagner. Un Werther, de Massenet, demasiado escabroso para mí y con una puesta en escena muy oscura, me decepcionó.

Pero vi el estreno el México de Turandot, de Puccini, en 1960. Impresionante y espectacular, el teatro y la música. No recuerdo a ninguno de los que la hicieron, pero sí la obra entera.

Fueron mis inicios de esta mi pasión por la ópera y la afirmación de mi cariño por su escenario de siempre: el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México. Muchas otras cosas tengo que contar y en otra ocasión lo haré.

Hasta la próxima.

Sobre el autor
Rogelio Macías Sánchez Médico cirujano por la UNAM, Especialidades de Neurología y Neurocirugía. Con ellas, ha ejercido en instituciones oficiales y en la práctica privada. Catedrático de la Universidad Michoacana Amante de la música clásica desde sus primeros años por inducción familiar, se desarrolló como melómano cultivado por iniciativa propia. Por confluencia de circunstancias se ha desarrollado como periodista aficionado en el ámbito cultural en la crónica y crítica de música clásica. También, y auténticamente por amor al arte, ha sido promotor de eventos magníficos de música clásica en Morelia.
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