Estrellita M. Fuentes Nava
Una mirada al agua con ojos de mujer
Viernes 1 de Septiembre de 2017
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La cuestión del agua con respecto a la agenda social de las mujeres es crucial, y en torno a ella está implícito un abanico de enfoques y necesidades que conducen a políticas públicas que en algunos casos se consideran pero no resuelven, o en otros casos ni siquiera se observan. Contar con agua limpia y accesible, particularmente en el caso de las mujeres, puede hacer la diferencia entre la vida o la muerte, entre la posibilidad de tener educación o no, e incluso incidir en su inserción y/o permanencia en el mercado laboral.

Así por ejemplo, durante el periodo de la gestación hasta el parto el agua limpia permite llevar a buen término este tránsito y evita la muerte de la madre por la falta de asepsia, o por contraer enfermedades tanto ella como su producto. Hay investigaciones documentadas por la ONU que apuntan que el simple hecho de que las parteras o el personal que las asisten se laven las manos incrementa hasta un 44 por ciento los índices de nacimiento. El agua también afecta las tasas de mortalidad infantil, toda vez que como sucede en el África Subsahariana, uno de cada diez niños mueren antes de los cinco años de edad por la neumonía (17 por ciento) y diarrea (nueve por ciento), todo ello sustancialmente ligado a la higiene y a un saneamiento deficiente.

La cuestión del agua con respecto a la agenda social de las mujeres es crucial
La cuestión del agua con respecto a la agenda social de las mujeres es crucial
(Foto: TAVO)


Por otra parte, las niñas desde el inicio de su menstruación requieren de servicios sanitarios accesibles, limpios y privados que les permitan su aseo y así evitar enfermedades, y particularmente de agua limpia para lavarse o lavar sus paños menstruales, así como un lugar para desecharlos. Cada día menstrúan 800 millones de mujeres en el mundo de entre quince y 49 años de edad, por lo que se requieren instalaciones sanitarias que les permitan atenderse de manera privada y segura, y esta condición, particularmente en las escuelas, es esencial toda vez que marca una gran diferencia en cuanto a si las niñas acuden o no durante su periodo menstrual. Como consecuencia, la asistencia irregular puede derivar en calificaciones más bajas y, eventualmente, que las niñas abandonen la escuela por completo.

En otros escenarios, las fuentes de agua están a menudo lejos de las comunidades y las mujeres tienen que caminar por horas para abastecerse diariamente. Algunas familias incluso mantienen a sus hijas en su casa para destinarlas a las tareas domésticas, incluida la de recoger el agua. En lugar de ir a la escuela, estas chicas recorren caminos junto a sus madres por kilómetros, o a veces solas, haciéndolas vulnerables a la violación y otros ataques. También les implica llevar a cuestas una carga pesada de recipientes o cubetas andando largas distancias que con el tiempo genera efectos perjudiciales para la salud, incluyendo dolores en la espalda y en el pecho, deformidades en el desarrollo, enfermedades artríticas y abortos espontáneos. Por ejemplo, en las zonas rurales de Benín, las niñas de entre seis y catorce años emplean una media de una hora al día recogiendo agua para asegurar el abastecimiento de sus familias frente a los 25 minutos que emplean sus hermanos. Otro estudio sobre África Subsahariana indica que las mujeres y las niñas de países de bajos ingresos gastan 40 mil millones de horas al año recolectando agua, lo que equivale a un año de trabajo del conjunto de trabajadores de Francia.

En África, el 90 por ciento del trabajo de recolección de agua y madera para el hogar y para la preparación de la comida es realizado por mujeres.

El saneamiento deficiente tiene un efecto dominó en la vida laboral de las mujeres. La falta de instalaciones higiénicas en el lugar de trabajo puede tener un impacto en el absentismo, los medios de subsistencia, los niveles de productividad y, en última instancia, su economía. Por ejemplo, un estudio en Bangladesh documentó que las mujeres de una maquiladora de ropa utilizaban harapos del piso como toallas sanitarias, lo que provocaba las enfermedades causantes del 73 por ciento de las inasistencias en la planta; cuando se intervino en el lugar ello descendió a un tres por ciento.

Hoy en día 526 millones de mujeres en el mundo tienen que defecar al aire libre y una de cada tres mujeres en el planeta tiene que someterse a la vergüenza, enfermedades, acoso e incluso ataques porque no tienen ningún lugar seguro para ir al baño. Diversas normas culturales alrededor del mundo consideran como inaceptable que las mujeres sean vistas defecando públicamente, forzándolas a salir de casa antes del amanecer o al caer la noche para mantener así su privacidad, por lo que tienden a beber menos agua durante el día, dando lugar a todo tipo de problemas de salud tales como infecciones del tracto urinario.

El agua vista como un factor de desastre también impacta a las mujeres. Los estudios demuestran que las mujeres, los niños y las niñas son catorce veces más propensos que los hombres a morir durante un desastre. En 1991, durante los desastres causados por los ciclones en Bangladesh, de las 140 mil personas que murieron, el 90 por ciento eran mujeres. Durante la emergencia causada por el huracán Katrina en Estados Unidos, la mayoría de las víctimas atrapadas en Nueva Orleáns fueron mujeres afroamericanas con sus hijos, el grupo demográfico más pobre en esa parte del país. En Sri Lanka era más fácil para los hombres sobrevivir durante el tsunami por saber cómo nadar y trepar a los árboles, lo cual se enseña principalmente a los niños. Este prejuicio social significa que las niñas y las mujeres en Sri Lanka tienen muy pocas posibilidades de sobrevivir en futuros desastres.

México no es la excepción de todas estas condiciones: hay aproximadamente seis millones de mujeres sin acceso a agua entubada y siete millones sin un servicio de saneamiento digno. Esta situación afecta principalmente a las zonas rurales, donde precisamente su ubican las más pobres, marginadas y violentadas del país. Y qué decir de cómo afecta el desabasto de agua en las colonias urbanas populares, lugares donde las madres de familia se ven imposibilitadas para asearse a sí mismas, a sus hijos o para lavar la ropa y cocinar, ya sea por el tandeo, el desabasto o la contaminación del agua que reciben en sus viviendas.

Las que vivimos en la ciudad damos por sentado casi siempre que con sólo abrir el grifo sale agua y con descargar el excusado nos deshicimos del problema. La realidad es que hay muchas congéneres que la están pasando muy mal por caminar kilómetros por una cubeta de agua, por no poder asearse durante su periodo menstrual o porque tienen que abandonar la escuela para apoyar en las tareas del hogar. Hablar de estadísticas o inversiones en el agua no quiere decir que la política pública está hecha, las mujeres tenemos una condición particular con respecto al agua que nos hace más vulnerables, y esta perspectiva tiene que ser incorporada con urgencia en las tareas de los actores públicos y privados de todos los órdenes, no sólo por cuestión de género, sino también por tratarse sin duda de una agenda de justicia y equidad.

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