Hugo Rangel Vargas
El expulsionismo militante
Viernes 25 de Agosto de 2017
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“Estos son mis principios. Si no les gustan, tengo otros”. Así sintetizaría el comediante Groucho Marx la tajante contradicción que deriva en una exclusión y que quizá retrata con singular sarcasmo lo que ocurre al interior de las filas del Partido de la Revolución Democrática de cara a las definiciones que tomará en torno a su política de alianzas, misma que no tiene contentos a muchos de sus militantes.

A este disgusto, la dirigencia nacional del aurinegro ha respondido con la amenaza de la expulsión, situación a la que ya se han adelantado prominentes cuadros a través de la renuncia a su militancia. Sí, se ha dicho que el PRD es mucho más que quienes se van, pero no se ha aclarado mucho más qué. Y es que la ruta que ha trazado este partido apunta a la derechización del mismo. Por ello es que quizá ahora el sol azteca sea mucho más de derecha que los que se han ido.

Los espacios para que la militancia y los cuadros políticos del PRD pongan frente a frente sus argumentos en favor y en contra de la multicitada política de alianzas, parecen estar clausurados.
Los espacios para que la militancia y los cuadros políticos del PRD pongan frente a frente sus argumentos en favor y en contra de la multicitada política de alianzas, parecen estar clausurados.
(Foto: Cuartoscuro)


Y es que, desde la entronización de la tribu conocida como Los Chuchos, este partido comenzó un proceso de definición política que ha implicado el desdibujamiento de sus principios sustantivos y la constitución de una organización bisagra útil al régimen, por ejemplo, en la firma del Pacto por México; así como servicial a la derecha panista con la que ha construido acuerdos en procesos electorales estatales, mismos que ahora podrían reproducirse en la elección presidencial de 2018 con la consecuente crisis interna en este partido.

A los líderes formales del perredismo poco parece importar la fuga de cuadros y militantes, incluso parecen estimularla con obcecada voluntad, no sólo con la insistencia de acelerar la definición de una alianza con Acción Nacional, sino también con poner sobre el cuello de quienes se opongan el filo de la espada de la expulsión.

Este discurso dogmático que cunde con mayor arrogancia entre la secta de perredistas que dirigen Jesús Ortega y Jesús Zambrano es propio de una religión más que de un partido político que discute sus diferencias con razones y con debate. Y es que los espacios para que la militancia y los cuadros políticos del PRD pongan frente a frente sus argumentos en favor y en contra de la multicitada política de alianzas, parecen estar clausurados.

La retórica de las expulsiones tiene su otra cara en la política del cónclave, de la toma de decisiones a escondidas, de la negativa a abrirlas a procesos democráticos. Este miedo a la apertura quizá tiene como origen el temor al repudio que han engendrado las más recientes determinaciones de los líderes perredistas. No en balde la oposición recurrente a que este partido convoque a elecciones internas para reconfigurar sus órganos de dirección.

Desde cualquier punto de vista que se vea, resulta un contrasentido no sólo una alianza entre dos organizaciones que no comparten visiones ni principios, sino también la supuesta “disciplina” partidaria que se invoca en contra de quienes cuestionan este tipo de acuerdos. Y es que un partido se dirige, no se administra; se convence, no se impone; se llama al acuerdo, no se excluye; se debate, no se dan indicaciones.

El tamaño de los dirigentes perredistas resulta entonces proporcionalmente inverso a la alharaca que exhiben en los medios de comunicación con posiciones supuestamente “puras” y con poses histriónicas con las que fingen ser ofendidos por un invocado “caudillo”, anatema que exorcizarán con el hechizo aliancista.

La exclusión marxista (la de Groucho) quizá termine dejando solos a estos dirigentes y poniendo a muchos en la ruta de otro brillante proverbio del comediante: “Jamás aceptaría pertenecer a un club que aceptara miembros como yo”.

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