Alma Gloria Chávez
Cuando de educación se habla
Sábado 19 de Agosto de 2017

La educación nos permite mirar a la historia ya no como el territorio de procesos inexorables, sino como el ámbito en el cual los individuos necesitan cuestionarse acerca de aquello que es justo y deseable y aquello que no lo es.

Fernando Savater.

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He tenido la magnífica oportunidad de haber participado en el Diplomado “Cooperativismo y educación laboral”, convocado por el Sindicato Único de Empleados de la Universidad Michoacana (SUEUM), que transcurrió durante los viernes de cada semana a partir del año pasado, en instalaciones del mismo sindicato y con la participación de aproximadamente 20 trabajadores sindicalizados de distintas instituciones de la ciudad capital y del estado.

Una mayoría de participantes, así como quienes estuvieron a cargo de nuestra capacitación, se desempeñan como educadores en distintos medios: formales e informales y con población infantil, juvenil y adulta, además de hacerlo en medios rurales y urbanos.

Resultó una experiencia rica en vivencias y aleccionadora en todo sentido. Aún para quienes nos encontramos inmersos en otras áreas laborales, como es mi caso: trabajadora en un museo adscrito al Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Seguramente la primera identificación que todos tuvimos en ese espacio formativo, de diálogo y participación, es el hecho de que independientemente sea cuál sea nuestra actividad, nos consideramos educadores, además de que en todos prevaleció el auténtico interés de consolidar, desde lo personal, la identificación y consciencia de clase, que viene siendo uno de los principales objetivos del sindicalismo (“aquí y en China”, a decir de una compañera maestra democrática).

Compartiendo opiniones con algunas de estas compañeras, que actualmente se encuentran batallando por encontrar la mejor manera de incidir en la promoción de hábitos que estimulen positivamente la reflexión entre sus educandos, llegamos al tema de la lectura… que continúa siendo la infalible herramienta para “crear inquietudes”, movilizar sentimientos, emociones y abrir caminos hacia la libertad.

Coincidimos en que si deseamos tener una idea desprejuiciada de cuál es el nivel educativo de nuestros jóvenes hoy día, nada más sencillo que hacer un breve interrogatorio a algunos de ellos.

Preferentemente entre los que cursan niveles secundarios o medio superiores. Y podemos elegirlos al azar, procurando que no sean tan cercanos a nosotras, para exponernos menos a que el enfado que el interrogatorio provoque, no entorpezca la relación que con ellos tengamos.

¿Nos atreveríamos a preguntar a cualquier joven estudiante qué es lo que lee?, ¿qué tanto conoce de historia local y regional?, ¿qué tanta información tiene acerca de proyectos sociales y culturales del municipio al que pertenece o del estado en el que vive?, ¿cuáles son sus inquietudes y aspiraciones?, ¿qué propuestas, relacionadas con lo que estudia, puede ofrecer para contribuir en el desarrollo de su lugar de origen? Las respuestas a estas preguntas seguramente nos pueden decir más que una concienzuda evaluación de meros conocimientos.

Un escritor afamado ha mencionado en distintas ocasiones y en diversos foros del error que supone confundir educación con cultura, afirmando: “Todas las mentiras que nos enseñan los sistemas educativos actuales, luego las desmienten la cultura y la vida misma”. Refiriéndose obviamente al hecho de que las materias que se imparten en las aulas a menudo dan la espalda a los deseos o necesidades de los ciudadanos y al futuro que les va a tocar vivir.

“Salvo excepciones, escuelas y universidades difunden conocimientos que poco o nada tienen que ver con los intereses materiales de las mayorías, y por consecuencia, no ayudan a contribuir en mejorar las condiciones de vida adversas que cada vez más padecemos”, afirma Sergio Villar, un prestigiado doctor en Sociología y en Ciencias Políticas.

Hace pocos lustros, en el ámbito regional, la Secretaría de Educación en el Estado reconoció que el promedio de calificaciones en exámenes practicados a aspirantes a las escuelas Normales fue de cuatro puntos. Y para nuestro asombro, la puntuación más alta para estos jóvenes (que seguramente ahora son maestros) fue de cinco en habilidad verbal, seis en lectura y comprensión y tres en español.

Por ello, coincidimos, resulta tan necesario que todo ámbito educativo deba rodearse de otras ofertas culturales y de esparcimiento: teatro, cine, museos, galerías de arte, talleres y un variado programa de conferencias, conciertos, tertulias y mesas redondas, cuyo objetivo sea el enriquecimiento personal de las y los jóvenes. La importancia del ambiente de aprendizaje es que puede ser decisivo en la necesidad de crear, de construir, nosotros mismos, una atmósfera que propicie aprender más en menos tiempo, más fácil y profundamente.

Hoy (también en esto coincidimos) es poco frecuente encontrar entre nosotros a esos educadores que, más que saturar a sus educandos de información, estén llenando su corazón de novedosas inquietudes, como la de leer, por ejemplo. O participar en actividades de formación cultural, social o ambiental en sus comunidades. Resulta verdaderamente aberrante el hecho de que muchos niños y niñas actualmente gastan miserablemente momentos maravillosos de su infancia en enterarse de las aventuras de actores y actrices insulsos y de personajes que deforman su visión del mundo.

Desgraciadamente, en materia educativa, está sucediendo lo que el profesor Allan Bloom, ya fallecido, predijo: “Estamos haciendo de nuestros jóvenes máquinas listas para el engranaje social, no seres humanos pensantes, creativos y propositivos… que logren dar un giro a una injusta sociedad”.

La mayoría de quienes hemos participado en este diplomado sabemos y aceptamos el reto enorme que se nos presenta cuando de educación se habla… y se trabaja.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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