Rafael Calderón
Pedro Garfias 50 años después
Lunes 14 de Agosto de 2017
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La palabra a Pedro Garfias se la devolvió la Guerra Civil española. ¡Y de qué manera!: “Yo me fui de miliciano. Y me dieron un fusil, por cierto que nunca lo empleé, nunca supe manejarlo. Fuimos en un camión al frente, en Linares, yo tenía 36 años, otro que estaba a mi lado tenía 50 y las manos de campesino. Y yo le dije: ‘Tú, ¿qué eres? ¡Campesino!... ¿Eres de la UGT?... ¡No!… ¡Ah!... Entonces ¿eres de la CNP?... ¡No!... ¡Ah! Entonces, ¿eres comunista?... ¡No!... Pero ¿Qué eres?... ¡Jornalero!... Y, ¿a qué vas a la guerra?... ¡A defender mi tierra!’. ¡La que nunca poseyó! Llegamos exactamente enmedio del ataque y nos empujaron al suelo a cavar trincheras. No sabíamos. De pronto le llegó una bala a él y lo mató. Luego… no disparó un tiro, nunca luchó por su clase. Nunca supe su nombre. Entonces escribí mis primeros versos después de años de silencio: ¡Qué dulce muerte le dio la bala que lo mató!”. Por lo que recuerda Gutiérrez Arce: “Si en los años del ultraísmo su nombre adquiría popularidad y respecto en los medios literarios y culturales de Madrid, la guerra le dio popularidad, esto es, admiración y afecto del pueblo”. El poema “Miliciano muerto” registra esa tonadita, cantada, y se vuelve una sensación de muerte pero con lenguaje vivo. Es algo más que una canción: habla de la muerte, su estribillo resuena: “Qué dulce muerte le dio/ la bala que lo mató”. Por supuesto no es alegría y por un momento habla de la vida que tuvo aquel campesino y de las manos se le fue en un momento determinado: un día salió a defender la tierra que nunca poseyó… Es un efecto de violencia, desilusión, como ver que la República pierde la batalla. Para sentenciar que en estos poemas Garfias habla y es un poeta que se interroga de su vida de antes y la que ahora vive; dice con el verso esa lectura que encierra su biografía: su poesía es un desafío ante la batalla y la defensa de su patria, aunque se encuentra ante la posible muerte que parece segura, pero se mantiene de pie y lucha. Recuerda la parada fascista en El Escorial, la huelga revolucionaria en Madrid, etcétera. En el primer momento las alas oscurecieron, quedó atrás el recuerdo y con admiración pregunta: “¡Qué vida tiene esta muerte!”. Sólo el silencio subiendo sobre la ciudad, sombras y sombras son las que la rodean. Son los carabineros que la recorren para encontrar obreros y darles muerte. “La guerra es una violenta expresión –escribe Santiago Roel– en la cual el hombre ratifica su bien ganado título: ‘lobo del hambre’”.

Ya se ha dicho que Poemas de la guerra de España son versos que registran las vivencias sufridas en los campos sangrientos, arengas, recuerdos de hombres valientes, etcétera.
Ya se ha dicho que Poemas de la guerra de España son versos que registran las vivencias sufridas en los campos sangrientos, arengas, recuerdos de hombres valientes, etcétera.
(Foto: Especial)

Y bueno, ya se ha dicho que Poemas de la guerra de España son versos que registran las vivencias sufridas en los campos sangrientos, arengas, recuerdos de hombres valientes, etcétera. Registra situaciones extremas: la palabra “violencia” se vuelve una presencia real: “Hubo un compañero del frente de la guerra –amigo de Pedro Garfias–, el capitán Ximeno, de quien sólo encontraron después de tres días de búsqueda una pierna colgada de la rama de un árbol: como si aquella mutilada porción humana quisiera escalar macabramente el árbol español en busca de verdor y fraternidad…”.

La resistencia física es mantenerse de pie y enferma a la mitad de la guerra en Valencia. Deja registro de esta vida meditada, esos sueños destrozados, sufre a su patria en llamas; sabe que la sangre vigorosa es aquella de Hispania que lo acompaña por el recuerdo de sus místicos, teólogos, toreros, encomenderos, conquistadores, poetas, cantores de gesta, idealistas y locos sublimes que no podrán permanecer ajenos a la suerte de España. Los lectores del poeta ya han señalado, pero implica por nuestra cuenta resaltar que estos poemas mantienen presente esa vigencia de su voz en acción, meditada por el pulso de la palabra que arde, vive y tiene espacio entre lo que dice y lo que sucedía: “A la mitad de la guerra/ me detengo/ mar de Valencia a tu orilla,/ mientras pienso/ con mi porte que no puede,/ que no quiere ser guerrero;/ ¡Qué fue de mi vida antigua,/ de mis sueños,/ de mis ilusiones nobles,/ de mi corazón abierto/ de mi frente voladora/ por los caminos del cielo?/ ¡Que fue de lo que se fue/ y qué es esto que ahora tengo?/ Una cólera me corroe,/ una angustia me sofoca/ por las venas como fuego,/ como piedra sobre el pecho/ y pone en mis ojos tristes/ su desvelo./ Una visión implacable/ de muertos, muertos y muertos…”. Después de la derrota de la República el exilio es la siguiente parada.

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