Estrellita M. Fuentes Nava
El mito que se desmorona
Viernes 11 de Agosto de 2017
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El hombre ha vivido a lo largo de la historia a través de mitos: el culto al dios Sol para protegerse de las fuerzas oscuras y de su vulnerabilidad ante los peligros de la noche.
El hombre ha vivido a lo largo de la historia a través de mitos: el culto al dios Sol para protegerse de las fuerzas oscuras y de su vulnerabilidad ante los peligros de la noche.
(Foto: TAVO)

El hombre ha vivido a lo largo de la historia a través de mitos: el culto al dios Sol para protegerse de las fuerzas oscuras y de su vulnerabilidad ante los peligros de la noche, las nociones del bien y el mal y sus prácticas que hemos decodificado a través de tablillas en arcilla o de sistemas legales complejos como los que rigen al mundo. Pero como seres humanos nos gusta encasillar y clasificar todo cuanto existe para poder tener cierto orden y sobrevivir. Esta práctica la hemos llevado a un extremo porque incluso se han aniquilado a personas en el nombre de un dogma o un profeta, o se les ha marginado por su particular manera de ser o de expresarse, siendo que esencialmente una inmensa mayoría de nosotros prefiere nutrirse de historias contadas e inventadas, volviéndonos propensos a tener una versión parcial de la realidad, narrada de manera muy conveniente por unos cuantos.

Sucede que en la actualidad padecemos de crisis de modelos de referencia siendo que no hay que ir muy lejos a buscarlos, porque desde la antigüedad han habido quienes nos han querido mostrar el camino: el “conócete a ti mismo y conocerás el universo” que rezaba el oráculo de Delfos en los tiempos griegos; “la verdad os hará libres”, que nos dijo Cristo, sumado al legado de innumerables pensadores, filósofos, científicos que han ofrecido pistas en su andar. Y ¿dónde buscamos esa verdad ahora? El Estado constructor y pródigo está extinguido y ya no tiene narrativa, los partidos políticos y las instituciones tampoco, nos la compramos hecha a través de las historias que nos cuentan por los noticieros de radio o televisivos o empaquetados a través de los periódicos, o mejor aún, a través de los dibujitos y mensajitos que compartimos en las redes sociales para seguir categorizando al mundo. Si supiéramos que esos rastros que dejamos en ellos se traducen en grandes bases de datos que se venden para fines políticos, comerciales o de espionaje (en esta vida nada es gratis).

Las naciones tienen sus propios paradigmas también, y con base en ello determinan sus decisiones, y las sociedades generalmente se conforman con ello. Así por ejemplo Japón, durante la postguerra, se compró la idea de la reconstrucción y el poderío económico y lo consiguió; los países africanos se han sabido vender con la idea de la deuda eterna que los colonizadores tienen a la fecha con ellos y hoy son expertos en capitalizar las ayudas internacionales, aunque la tarea doméstica para el desarrollo humano esté aún sin resolver; Estados Unidos ha vendido tan bien el discurso del terrorismo que le ha permitido expandir sus políticas antiinmigrantes e incursionar en otros territorios en aras de la seguridad; Corea del Norte y Kim Jong-un con su tan atinada maquinaria propagandística que ha logrado introyectar a sus ciudadanos la idea de servir al líder a costa de lo que sea, hasta de su propia vida.

En el caso de México, nos la hemos comprado muy bien también: vivimos inmersos en un régimen de terror reforzado gracias a la propaganda de los cárteles y la violencia; es más: hasta tenemos una gran cultura en torno a ello. Todos los días, en cualquier rincón del país, mueren inocentes, se descubren fosas clandestinas, los medios nos reportan las bajas de los civiles, cuando en realidad no sabemos las causas y los fines. Y peor aún, quizá nunca sabremos dónde está colocada esa delgada línea que separa lo real de lo creado: al delincuente común del de cuello blanco, al que muere por cobro de cuentas del que muere por sus ideas. Es un exterminio sistemático que nos aterroriza, nos desborda con el miedo y lo único que hacemos es voltear la vista hacia otro lado, callar, encerrarnos en nuestro pequeño mundo y tratar de sobrevivir como se pueda, sin chistar.

Nuestro país ha transitado por diferentes discursos que lo han modelado y le han dado un cauce y un significado a nuestra sociedad: el prototipo del orgullo azteca, el del ranchero revolucionario y nada dejado, el del indígena con rasgos cuasi europeos que se plasmó en los grandes murales, el del México moderno y de primer mundo con el TLC, y en los últimos años el indignado e inundado de corrupción. Pero, ¿qué hemos hecho nosotros los ciudadanos para reconstruirlo?, ¿qué tan útil nos es mofarnos de Salinas personificándole en piñatas o máscaras de goma que venden en los mercados?, ¿o para qué saturar cualquier entrada del presidente Peña en redes sociales para mentarle la madre?, ¿qué nos resuelve o qué nos aporta? Despertemos: la verdad se cuece en nuestro interior, en el camino de su búsqueda que no es fácil porque exige disciplina, constancia, trabajo e integridad. ¿Cuánto tiempo más nos seguirá funcionando el mito de “nosotros los jodidos y ustedes los abusivos”? Creo que implica un esfuerzo mayor el pensar, comportarse, conducirse y proponer a partir de la búsqueda de la verdad y el empoderamiento personal sosteniéndonos en un marco de ética con firmeza.

Necesitamos ese ejercicio de búsqueda desde lo individual para que genere una gran masa consiente, educada, pensante y reflexiva, que genere precisamente un nuevo plan, un nuevo modelo a seguir; no el que nos han impuesto los personajes que desde la obscuridad manejan nuestros destinos a conveniencia para perpetuarse en el poder a costa de lo que sea, aunque sea inventando realidades paralelas, distanciándonos cada vez más de nuestra verdadera esencia y de nuestra identidad colectiva.

Vivimos en el modelo de la historia de las sombras proyectadas en las cavernas, o del grupo de ciegos que cada uno palpa una parte del elefante y cuenta su pedazo de realidad. La educación sería una vía, pero no es conveniente tener a una gran masa pensando; es mejor tenerla medio muerta de hambre porque ya muerta, ¿de qué nos sirve si ya no votarían? Así que medios ciegos, medios hambreados, totalmente enajenados y aterrorizados, no nos atrevemos a apropiarnos de la esfera pública que es nuestra y empezar a reordenar las cosas. ¿Por qué en Colombia sí acabaron con los cárteles y aquí no?, ¿por qué en Perú sí apresaron a Humala y a su esposa a raíz del caso Odebrecht y aquí no ha caído ninguno?, ¿por qué Xóchitl Tress sale libre con una multa mínima y a Karime Macías, esposa de Duarte, ni la voltean a ver?, ¿por qué nos limitamos solamente a compartir en las redes el video del hijo de Romero Deschamps y su Ferrari de oro y nadie ha movido un dedo para tocarle un pelo al líder petrolero?

El día que abramos los ojos y nos atrevamos a caminar la vía nada fácil de la verdad descubriremos que todo es una torre de naipes construida, que de un soplido se puede tirar…

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