Viernes 4 de Agosto de 2017
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La muñeca Barbie, que nació en una feria internacional del juguete en Estados Unidos en 1959, ha sido icono y referente no sólo para los millones de niñas que han jugado con ella desde entonces en más de 150 países, sino también para destacados artistas y diseñadores como Andy Warhol, Diane von Fürstenberg, Vera Wang, Calvin Klein, Bob Mackie y Christian Louboutin. Aunque en su primera edición llevaba un bikini de cebra y cuerpo de mujer adulta (muy atrevido para la época), fue tal su éxito que desde entonces generó toda una industria millonaria en ventas.

Ha sido un juguete controvertido también: criticado por inculcar a las niñas un modelo casi anoréxico y también censurado cuando surgió la Barbie embarazada que hizo que los padres conservadores pusieran el grito en el cielo. Lo cierto es que ha evolucionado y en los años 80, cuando las mujeres estaban incursionando más en el mercado laboral, la muñeca se diversificó para encontrarla en los aparadores con su portafolio en mano vestida de ejecutiva, o con su bata de doctora y de científica. También adquirió rasgos orientales conforme a los cánones de las diferentes regiones del mundo.

El patrón esperado para nosotras las niñas era muy claro: bonita, delgada, rubia, de pelo largo, vestida elegante, un auto de marca, la casa con muebles color rosa y el novio guapo en la puerta.
El patrón esperado para nosotras las niñas era muy claro: bonita, delgada, rubia, de pelo largo, vestida elegante, un auto de marca, la casa con muebles color rosa y el novio guapo en la puerta.
(Foto: Especial)



En lo personal me tocó jugar con estas muñecas en los años 70 y llegué a tener el salón de belleza, la casa con elevador, el auto Corvette y al Ken (sí que fui una niña afortunada). Desde aquel entonces el patrón esperado para nosotras las niñas era muy claro: bonita, delgada, rubia, de pelo largo, vestida elegante, un auto de marca, la casa con muebles color rosa y el novio guapo en la puerta. Pero a veces a mí los sueños me daban para otra cosa: yo consumía a la par que mi hermano las caricaturas de los superhéroes en el Canal 5, martillábamos madera para hacer espadas, competíamos en el Pac Man y Mario Bros del primer Atari que tuvimos, y además jugaba a ser directora de un periódico (hasta vendía las suscripciones), directora de una escuela, e incursioné en las ventas con mi cesta de dulces en la puerta de mi casa; también a veces me iba a los puños con mi hermano. Yo soñaba con ser superhéroe como la Mujer Maravilla y quería sus poderes mágicos para luchar en la Liga de la Justicia, e incluso anhelaba poder volar. Mi madre aún recuerda que una noche antes de dormir, cuando tendría yo unos siete años, le pregunté si podría volar cuando cumpliera los 20. Ella me dijo que sí y yo me dormí feliz e ilusionada.

Hoy las niñas quieren ser superhéroes y la Barbie ya no es modelo aspiracional: sus ventas se han reducido un trece por ciento en el primer trimestre de 2017, reporta Mattel, la compañía a la que le dio la gloria esta muñeca. Ahora lo que está en boga son los 70 productos de las muñecas relacionados con personajes como la Mujer Maravilla, Gatúbela y Poison Ivy. También en 1997 la firma Kenner (ahora propiedad de Hasbro) lanzó una colección de la Princesa Leia de la Guerra de las Galaxias, y en 1999 de la reina Amidala. Para Wendy Crespi, consultora en imagen pública, Barbie ya está desactualizada en términos de percepción; asegura que ahora para los niños la apariencia física no es lo más importante.

Y así lo ha entendido también la compañía de Disney con sus películas. En un estudio realizado por las lingüistas Carmen Fought y Karen Eisenhauer, de la Universidad Estatal de Carolina del Norte, analizaron los diálogos de doce películas de esa compañía y encontraron que en las primeras cintas clásicas (Blancanieves, Cenicienta, La Bella Durmiente) el 60 por ciento de los elogios referían a la apariencia de las princesas, y sólo un nueve por ciento con sus habilidades. Afortunadamente esta tendencia ha evolucionado con películas como Valiente, en la cual un 56 por ciento del diálogo refiere a cumplidos por las habilidades, más que por la belleza.

La pregunta para este 2017 es: ¿qué es lo que estamos programándoles a nuestras niñas a través de los juegos y la industria cultural? Y mejor aún, ¿cómo evolucionarán éstos ante la nueva diversificación de los roles tradicionales de hombre-mujer? Para los infantes jugar les significa todo y los juguetes son las primeras herramientas para el aprendizaje. La socióloga Elizabeth Sweet analizó siete mil 300 juguetes en los catálogos de Sears del siglo pasado y encontró que éstos fomentaban los roles tradicionales: “la pequeña ama de casa” y “el joven constructor”. Afirma que en 1975, con el auge feminista, sólo el dos por ciento de los juguetes se dirigían a un género específico, pero en los años 80 resurgieron con más fuerza marcando de nueva cuenta las expectativas de género tanto en los juguetes como en la ropa. Y esta tendencia aún continúa: en un estudio de 2015 realizado por el psicólogo Jamie Jirout, se comprobó que los niños son más propensos a jugar con juguetes que desarrollan la inteligencia espacial (juegos de construcción, bloques de Lego), y argumenta que esto puede ser una de las explicaciones por las que las niñas se inclinan menos por las ciencias y la tecnología.

Mi reflexión es esta: hay cifras espeluznantes que son la triste realidad para las niñas en el mundo. Por ejemplo, sólo el 58 por ciento de ellas asiste a la escuela secundaria, el suicidio es la principal causa de su muerte entre los diez y los 19 años, más de 700 millones de mujeres y niñas vivas se casaron antes de su cumpleaños 18, 120 millones de niñas han experimentado violencia sexual y 200 millones de ellas han sufrido mutilación genital, 16 millones de niñas de entre quince y 19 años dan a luz cada año. Estos datos, sumados a los retos que impone a mis congéneres como la pobreza, le violencia, la desigualdad en la educación y en la competencia laboral, así como el cambio climático (menos agua para el aseo personal o tener que caminar kilómetros en búsqueda de agua para cumplir con las tareas domésticas en vez de ir a la escuela), nos hace reflexionar en la cada vez mayor necesidad de empoderar a nuestras niñas para que se atrevan a ser “superhéroes” y rompan con los cánones impuestos por una sociedad que aún las limita, censura, explota y margina.

Dejemos que nuestras niñas apuesten por traspasar el rol de ser princesas y que se atrevan a ser lo que más anhelen ser, o mejor aún, démosles todas las armas y el acompañamiento para que logren sus sueños. Y para eso ya no ocupamos más el modelo Barbie: necesitamos legiones de heroínas con una autoestima muy fuerte, inteligentes y enteras, dispuestas a cambiar el mundo desde cualquier rincón del planeta.

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