Estrellita M. Fuentes Nava
Una vida entre perros
Viernes 28 de Julio de 2017
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En México hay 15.4 millones de perros abandonados, es decir, el 70 por ciento de ellos sin dueño.
En México hay 15.4 millones de perros abandonados, es decir, el 70 por ciento de ellos sin dueño.
(Foto: Cuartoscuro)

Siempre ha estado rodeada por animales: gatos, tortugas y hasta pollos, pero me ha gustado más convivir con los perros. Crecí acompañada por Nicky, un precioso akita de pelaje café y botitas blancas. También estaba Chicharrín, un fox terrier que hizo buenas migas con el primero. Cuando tenía yo seis años llegó a casa una familia callejerita que se instaló por sorpresa (sabe Dios cómo) después de atravesar unos barrotes de la puerta principal hasta el jardín: la mamá, una perrita coja y chueca del hocico (seguro atropellada de tiempo atrás), la cual tuvo a sus crías que llamamos Pinto, Peluchina y Negrita. Mi madre en aquel entonces se quejaba de gastar unos 300 pesos semanales (hace 40 años) en costales de croquetas y era un circo el día del baño para tanto perro, pero mi hermano y yo vivíamos felices en nuestro mundo imaginario donde nuestras mascotas eran nuestros compañeros de juegos. En un tiempo a los callejeros los dimos en adopción y al resto decidieron regalarlos mis padres cuando nos mudamos de casa porque en la nueva vivienda no habría espacio suficiente. Desde entonces fantaseo con el destino de mis amigos ya que me hubiera gustado saber qué fue de ellos y acompañarlos en sus días finales.

Ya en mi adolescencia llegó la Daisy, una criollita que me empeciné en darle albergue bajo la sentencia de mi papá de que sólo la tendría por unos cuantos días (que en realidad fueron años). Era un bólido al correr y muy fiel a su papel de guardiana, porque en las noches las pasaba en vela cuidándonos y observando por una rendijita ante cualquier sospechoso que anduviera en la calle para alertarnos. Murió de “embarazo psicológico”, lo cual aún sigo sin entender. La Lady llegó en su remplazo para consolarme: una french poodle de pedigrí que me acompañó durante el divorcio de mis padres y que cargamos con ella hasta la casa de mi abuela materna, quien nos recibió con todo y la mascota a pesar de que no le gustaban los animales; al final aprendió a quererla y hasta se hacían mutua compañía en las tardes cuando me ocupaba en la universidad. Lady era tan entendida que casi le faltaba hablar: si me veía triste o deprimida me lamía las lágrimas de las mejillas y ponía su patita en mi regazo como consolándome. Se hizo tan famosa en nuestra nueva cuadra que hasta los vecinos nos vinieron a dar el pésame cuando murió diez años después. Incluso el señor cura de aquel tiempo ofreció bromeando que la enterráramos en los “Jardines del Vaticano”, que en realidad eran los jardines de nuestra parroquia. Como en aquellos años los servicios de incineración eran sólo en Guadalajara o en la Ciudad de México, nos tuvimos que conformar con enterrarla a campo abierto después de recorrer un largo trecho por carretera. De ella sólo me quedan sus fotografías y la sensación de escucharla entre sueños con sus pasitos abriendo las puertas de madrugada cuando buscaba acomodarse en la cama que más le gustaba (que generalmente era la mía y peleábamos por la cobija).

Ahora sólo tengo a la Coqueta y a la Cuqui, una french poodle y otra criollita que me llegaron de rebote y que se han hecho amigas a pesar de que la primera ya está medio ciega y entrada en años. Pero si por mí fuera yo tendría un San Bernardo o un golden retriever, o quizás hasta un gato. Por ahora sólo me conformo con mis niñas.

Crecí escuchando las historias de familia con respecto a las aventuras del pastor alemán de mis abuelos maternos llamado Blacky, quien paseaba por las calles de Morelia hace 60 años y volvía a casa ya almorzado de lo que se volaba en los mercados; me sorprendían las gracias del Firulais sentado a la mesa y obediente con las tías Vázquez Miranda cuando las visitaba en la colonia Agrícola Oriental en la Ciudad de México, y conviví con el Sultán de las tías grandes allá en nuestro terruño Contepec. Dice mi madre que tengo corazón de pollo para muchas cosas, pero en especial para los perros maltratados o abandonados en la calle. Una vez recogí a un perrito atropellado en medio de una gira del ex gobernador Tinoco Rubí por Huiramba y me regresé a Morelia para llevarlo a una veterinaria, aunque no hubo mucho por hacer. Por lo menos no murió con dolor. A esa aventura me acompañó mi buen amigo, el periodista Pepe Toño Zamudio, quien manejó en el trayecto de regreso y que ahora, cada vez nos encontramos, me recuerda bien esa anécdota. He recogido animalitos de la calle y no se diga de promover las adopciones: en la Navidad antepasada ayudé a un mecánico que estuvo rentando un local temporalmente cerca de casa con algo de dinero y despensa, y también en la promoción de las nueve crías de su perro apodado El Tuercas, por quien decidí hacer una campaña en redes sociales para promoverlos. Una de ellas, la Terry, es ahora una fiel compañera de mi talentosa amiga cantante y concertista Alejandra Zavala Pickett y sus hijos, a quienes siempre les agradeceré la generosidad de su buen corazón.

Tengo muchos amigos que están en mi misma sintonía: Atzimba Romero, quien recogió en la Ciudad de México al Anjo y que hoy hasta es chico de portada de revista en un reportaje sobre los perrihijos; mi querida Loredana García Flores, quien no escatima en cuidados cuando sus mascotas llegan a viejitas; mi compañera de la maestría Jessica Borja y su red de socios rescatadores; mi amiga Marisol Aguilar, que rescató a Merlina de ser llevada a la perrera municipal y hoy ya es su hija; Mónica Mora Contreras, que rescató a Regalo y le dio hogar temporal; la regidora Kathia Ortiz, que se ha metido de lleno en reactivar esta agenda desde el Ayuntamiento de Morelia; Nina Jakkola, que además de tener a sus caballos con los que practica la equitación, ha rescatado de morir y ha adoptado a un burro, varios perros como la Vilma y un puerco que tiene complejo de caballo y que corre detrás de ellos durante los entrenamientos.

También hay muchas asociaciones que conozco, veterinarios (Hugo Valiente, por ejemplo) y más redes de amigos con un corazón enorme para rescatarlos. Y se me vienen a la mente más rostros de personas solidarias: Nancy Ramírez, Karla Villicaña, María Laura Rodríguez, Karla Guzmán, Sandy Ambriz, mis primas Jaqueline y Myriam Talavera Nava, mi madre Mireya Nava, que se ha solidarizado conmigo… Pero quien se lleva las palmas es Édgar alias Dukein Britania, quien alberga a más de diez perros, su sueldo es íntegro para ellos y recoge y promueve adopciones y esteriliza sin descanso. Por supuesto está mi hermano Juan Salvador, con quien de niños se nos ocurrió la idea de ahorrar nuestros domingos para en el futuro construir un albergue animal (al final los ahorros fueron para otra cosa pero el sueño sigue por ahí aún latente).

También me he metido en líos por defender a los animalitos cuando son maltratados: desde tratar de detener una pelea clandestina en la calle hasta pelearme con un loco vecino en una de mis ex oficinas porque desde mi ventana veía cómo pateaba a sus mascotas y yo salía enfurecida a reclamarle.

Los pleitos han sido también con los amantes de la tauromaquia, las peleas de gallos y la santería que sacrifican animales, lo cual me parece, con todo respeto, de lo más rupestre e innecesario. Y las críticas están a la orden del día: que por qué no trabajar por los niños en situación de desventaja. ¡Claro hago labor social también! Sería un sinsentido si no lo hiciera, pero un humano puede hablar y expresarse para pedir ayuda y un can no. Además considero que hay causas y banderas para todo mundo: quienes trabajan por la ecología, las enfermedades, las adicciones y mil agendas más. ¿Por qué no habría quienes se preocupen y ocupen en defender los derechos de los animales y que cuiden de ellos? ¿Que si les da asco convivir con un perro y jamás lo abrazarían? Pues que no lo tengan y punto. ¿Que por qué elegir un perro y no un hijo? He escuchado a personas con razones tan válidas como para no traer más humanos al mundo ante el panorama tan desolador y el futuro incierto.

Todavía no he podido resolver lo del ser totalmente vegana pero aspiro a serlo. De hecho es una de las vías que los expertos recomiendan para detener la emisión de CO2 a la atmósfera. En mientras, todo lo que sea cruelty free o que no haya sido probado con animales es lo mío.

En conclusión: que cada quien ame lo que venga en gana. Lo que no se vale es la crueldad hacia los animales, el maltrato y la irresponsabilidad. Y de eso podemos constatar cientos de casos en las redes sociales todos los días. En México hay 15.4 millones de perros abandonados, es decir, el 70 por ciento de ellos sin dueño. Además está comprobado que quienes maltratan o torturan animales eventualmente lo harán con un ser humano. Todo esto se convierte en un asunto de política pública ya sea por el control de sanidad o de seguridad, como sucedió con el lamentable caso de la pequeña que murió hace días atacada por perros raza pitbull.

Mientras llegamos al estado ideal de convivencia hay que hacer lo que se pueda con lo que se tenga a la mano. Así que redoblemos esfuerzos amigos doglovers: promovamos la adopción responsable, la esterilización y el combate a la crueldad. Es una razón de conciencia y de humanidad.

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