Alma Gloria Chávez
Hombre de probidad
Sábado 9 de Abril de 2016
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Con sincera gratitud a hombres y mujeres que luchan y han dejado la vida defendiendo tierras, aguas y recursos naturales…un patrimonio que representa la vida misma.

Don Antonio Díaz Soto y Gama fue un ingeniero civil que durante la Revolución del sur participó como asesor en las comisiones agrarias encargadas de dar cumplimiento a las promesas hechas a los pueblos y comunidades indígenas de ser dotadas de tierras. Él conoció muy de cerca al general Emiliano Zapata Salazar y supo desentrañar la personalidad de El Caudillo del Sur en sus escritos. Por don Antonio sabemos que a Zapata sus subordinados le llamaban El Hombre, seguramente porque su figura y su porte, entre centenares de personas en medio de las que se encontrara, sobresalía y destacaba con un magnetismo personal e irresistible, de ese que sólo poseen quienes nacieron para el mando.

Y le describe como idealista, desinteresado e incorruptible, además de intuitivo, reservado y discreto. Buen jinete, arriero y domador, Zapata era además hombre de silencios y profunda mirada.

Los campesinos de su natal Anenecuilco, Morelos, un pequeño poblado de casitas pequeñas de adobe y palma repartidas en una colina, lo hicieron su jefe y le entregaron en custodia los papeles del tiempo de los virreyes para que cuidara y defendiera lo que ellos amparaban: tierras, aguas y recursos. Esos papeles daban testimonio del arraigo de la comunidad indígena que durante tantos años y hasta entonces (1911) luchaba por defender sus tierras de la voracidad de caciques y terratenientes que trataban a los pobladores nativos como intrusos y esclavos.

Anenecuilco, como todas las comunidades de la región de Morelos, se encontraba sometida a los intereses de quienes sembraban sólo caña de azúcar, impidiendo al campesinado pobre el cultivo de su planta sagrada y milenaria: el maíz. De la aldea de Tequesquitengo, condenada a morir porque sus indios libres se negaban a convertirse en peones de cuadrilla, no quedaba más que la cruz de la torre de la iglesia. Las inmensas plantaciones de caña embestían tragando tierras, aguas y bosques. No quedaba sitio ni para enterrar a los muertos. “Si quieren sembrar, siembren en macetas”, decían los latifundistas, mientras matones y leguleyos se ocupaban del despojo.

Caudillo de los lugareños avasallados, Zapata entierra los títulos virreinales bajo el piso de la iglesia de su pueblo y se lanza a la pelea. “Mis antepasados y yo, dentro de la ley y en forma pacífica, pedimos a los gobiernos anteriores la devolución de nuestras tierras pero nunca se nos hizo caso ni justicia; a unos se les fusiló con cualquier pretexto, como la ley fuga; a otros se les mandó desterrados al estado de Yucatán o al territorio de Quintana Roo, de donde nunca regresaron. Hubo también a quienes se les consignó al servicio de las armas por el odioso sistema de la leva, como lo hicieron conmigo. Por eso ahora les reclamamos por medio de las armas ya que de otra manera no obtendremos nuestras tierras, pues a los gobiernos tiranos nunca debe pedírseles justicia con el sombrero en la mano, sino con el arma empuñada”.

En agosto de 1911, durante la entrevista que el general Zapata sostuvo con el jefe de la Revolución, don Francisco I. Madero, y en respuesta al ofrecimiento que el gobierno daba a los revolucionarios del sur (licenciamiento de sus tropas y 50 mil pesos), don Emiliano contestó: “No, señor Madero, yo no me levanté en armas para conquistar haciendas, yo me levanté en armas para que se les restituya a los pueblos lo que es suyo y sepa, señor Madero, que a mí y al estado de Morelos nos cumple usted lo que nos ha ofrecido o a usted y a mí nos lleva la…”. Definitivamente Zapata resultaba incorruptible.

El tiempo también le dio la razón al alertar de la traición que se preparaba hacia Madero. En 1913, cuando como presidente don Francisco I. Madero aplica un impuesto a las jamás tocadas empresas petroleras, éstas confabulan con el general Huerta y el destino de Madero queda marcado: en un salón de la Embajada norteamericana se resuelve aplicarle la ley de fuga. Lo suben en un auto, lo pasean por varios lugares públicos, le ordenan bajar y lo acribillan en la calle.

En el año 1915, en un antiguo molino del pueblo de Tlaltizapán, Emiliano Zapata instala su cuartel general. Atrincherado en su región, lejos de los señores patilludos y las damas emplumadas, lejos de la gran ciudad vistosa y tramposa, el caudillo de Morelos liquida los latifundios, nacionaliza los ingenios azucareros y las destilerías y devuelve a las comunidades las tierras robadas a lo largo de los siglos. Renacen los pueblos libres, conciencia y memoria de las tradiciones indias y con ellos renace la democracia local, la verdadera autonomía.

En los pueblos de Morelos no deciden los burócratas ni los generales: decide la comunidad discutiendo en asamblea, dialogando, conciliando… Queda prohibido vender tierra o alquilarla, queda prohibida la codicia y los jóvenes técnicos educados en universidades llegan a Morelos con sus trípodes y otros instrumentos para ayudar a la Reforma Agraria.

Este fue el tremendo agravio que el general Emiliano Zapata cometió contra la clase adinerada del país: devolver la tierra a sus legítimos custodios, a quienes la conocen, la cuidan, la quieren y la cultivan.

Y a traición tuvo que morir: en Chinameca, Morelos, un 10 de abril de 1919 cayó en una emboscada. No había otra forma para quitar de en medio al hombre de probidad que en su misma muerte enseñó que “la vida no es sólo miedo de sufrir y espera de morir”.

Hoy que el neoliberalismo presenta su verdadera cara de desprecio a quienes cultivan la generosa tierra que a todos/as alimenta, continúan muy vivos los ideales zapatistas porque forman parte esencial de la raíz profunda de un pueblo que se resiste a perecer.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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