Rogelio Macías Sánchez
ALGO DE MÚSICA
Para seguir hablando de música
Martes 25 de Julio de 2017
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Sin música que comentar y sin incidentes administrativos que criticar en esta semana, he desenterrado un viejo escrito mío que en cierta forma complementa lo que expuse en esta columna hace cuatro semanas. Así pues, sale.

El azar y mi pasión por la música me han traído a esto de escribir del arte de la música, oficio al parecer tan alejado de mi formación profesional. No me siento un intruso pues lo hago desde la butaca del espectador y no desde el escenario del artista o las bambalinas del crítico profesional. Tratando de hacerlo cada vez mejor, he buscado conocer algunos aspectos técnicos y teóricos de la música. Pero esto no basta pues pronto se da uno cuenta de que el arte es algo más que una técnica. Entonces se buscan respuestas en la estética, tan huidiza como su madre, la filosofía, de nuestro pensamiento no educado. Pero hay que tratar de aprender de ella pues es la que versa sobre la belleza y el arte.

La Catedral de Florencia es una obra de arte, como también lo son El pensador de Rodin, Los borrachos de Velázquez, los Veinte poemas de amor de Pablo Neruda
La Catedral de Florencia es una obra de arte, como también lo son El pensador de Rodin, Los borrachos de Velázquez, los Veinte poemas de amor de Pablo Neruda
(Foto: Especial)

La Catedral de Florencia es una obra de arte, como también lo son El pensador de Rodin, Los borrachos de Velázquez, los Veinte poemas de amor de Pablo Neruda, la danza de Isadora Duncan, la sonata “Apassionata” de Beethoven y El Acorazado Potemkin de Einsenstein. ¿Son sus semejanzas o son sus diferencias las que hacen que creaciones tan diversas sean todas obras de arte?, ¿es acaso que el arte es lo que queda cuando a sus obras se les despoja de la forma externa? ¿Qué es lo común, entonces, a todas ellas?

No parece ser la belleza, aunque no le estorba. Su presencia facilita el acceso al arte pero es una circunstancia secundaria e imprecisa, pues parece ser la más subjetiva de las abstracciones humanas. Pero aunque así no fuere, no todo lo bello es obra de arte, y las "pinturas negras" de Goya son feas, pero en su presencia queda la conciencia de estar ante una obra de arte.

¿Qué es lo común al Partenón, a las Piedades de Miguel Ángel, a los paisajes de José María Velasco, a los poemas de Federico García Lorca o a la Quinta Sinfonía de Shostakovich? Ante cualquiera de estas piezas, la mayoría de los hombres nos conmovemos y, aun sin saber por qué, afirmamos que "son" obras de arte.

Es este verbo el que señala la condición común primera a todas ellas. Son creaturas con existencia propia y presencia física, independientes de las de su creador. El arte es, primero que nada, una actividad instauradora. La ciencia investiga y modifica, el arte crea.

El arte es intencional. No se da en forma casual ni es producto de serendipia. El creador es un experto dominador de las técnicas, no hay fortuna en su creación, hay trabajo. Y el creador es siempre un ser humano pues no hay arte de la naturaleza.

El arte no es utilitario. A nadie le ha servido que exista la música de Chopin, que Murillo haya pintado muchas Asunciones, que Juana de Asbaje haya escrito sus décimas, que exista el decorado de la Capilla Sixtina por Miguel Ángel o la Victoria de Samotracia. El arte no sirve para nada, es suntuario.

El arte se percibe primeramente por los sentidos, es sensual, es emotivo. La razón, contrariamente a lo que sucede con la ciencia, estorba para su aprehensión. El arte no se entiende, se siente. El fenómeno estético siempre será emocional, no intelectual.

Finalmente, el artista en cada obra expresa su convicción ideológica. Ninguna de sus creaciones está huera de ideología, todas conllevan un mensaje. Si así no fuera, por eso solo se descalificaría como obra de arte y, si acaso, se situaría como una pieza de artesanía.

Estos son los puntos de comunión de las artes. Las diferencias parecen ser tan numerosas como las coincidencias. Los lenguajes son distintos y a todos nos llega más uno que otro; pero como receptores, enriqueceremos nuestra emoción cuando seamos capaces de percibir en un arte, el vocabulario de otro. ¿Podremos afirmar, ante la pintura incendiaria de un mar al ponerse el sol que es una sinfonía en rojo mayor? ¿Tiene color la música? ¿Se puede alabar el arabesco de un soneto, la arquitectura de una sonata o el ritmo de un edificio? Estas son preguntas para otra ocasión de divagar.
Hasta la próxima.

Sobre el autor
Rogelio Macías Sánchez Médico cirujano por la UNAM, Especialidades de Neurología y Neurocirugía. Con ellas, ha ejercido en instituciones oficiales y en la práctica privada. Catedrático de la Universidad Michoacana Amante de la música clásica desde sus primeros años por inducción familiar, se desarrolló como melómano cultivado por iniciativa propia. Por confluencia de circunstancias se ha desarrollado como periodista aficionado en el ámbito cultural en la crónica y crítica de música clásica. También, y auténticamente por amor al arte, ha sido promotor de eventos magníficos de música clásica en Morelia.
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