Rafael Calderón
Pedro Garfias, 50 años después
Lunes 24 de Julio de 2017
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Para llegar a una etapa que reviste importancia en la poesía de Pedro Garfias, aquella que corresponde a los poemas ultraístas y consolida con romances y canciones, implica decir que esta etapa de su lírica es la que permite nombrar la presencia de “la sangre andaluza –escribe Santiago Roel–, el ambiente salmantino, tan preñado de cultura y tan teñido de universalidad”. Es el primer salto que nombra también su apuesta gongorina ya que participa con los autores de su generación en el homenaje que al cordobés rindieron en 1927 con motivo de los 300 de su fallecimiento. Los versos de esa época proyectan visibilidad y la sentencia de la soledad. Esa lectura permite extenderse y ubicar buena parte de su travesía lírica. Todo sucedió en una década fechada entre 1918-1927. Un periodo en que lo encontramos publicando asimismo prosa y estos no son otros que los manifiestos y declaraciones ultraístas.

Los versos de esa época proyectan visibilidad y la sentencia de la soledad.
Los versos de esa época proyectan visibilidad y la sentencia de la soledad.
(Foto: Especial)

Por ello, Romances y canciones es un título central en su poesía de este periodo y suma en sus páginas la realidad de esa lírica prodigiosa: “Romancillo de la primavera”, “Romance de tus ojos” y “Romance del viento” son poemas que generan una realidad que inventa y determina su voz apasionada. Es, por su entonación, un camino que explora ese universo que seduce para hablar con una frente trémula, la sombra diáfana, el viento que pulsa o de las horas que son cuerdas. Un ejemplo es el poema llamado “Pueblo”, que permite oír recuerdos de su tierra natal, la realidad del amor y algo de su propia juventud sevillana.

Para cerrar más tarde con esa huella del mar y reconocer el hermoso poema garfiano que se llama “Motivos del mar”. Ya que este permite leer y releer una misma imagen pero con variantes novedosas, como decir que más bien es dueño de una voz que por sus alcances es el abrevadero de imágenes. Dice: “Abrevadero del mar/ donde he bebido esta sed,/ esta sed de eternidad.// Cantan en la tarde clara/ las horas al arribar.// Las horas que naufragaron/ y la noche cantaron.// Quiero morirme en el mar/ cara a la cara de Dios,/ de frente a la eternidad”. Muy poco se ha hablado del silencio que guardo el poeta después de estos poemas y naturalmente es un tema que más bien se presta a decir que maduró el encuentro de una voz definitiva. Sin embargo, el resumen, está precedido por el “Romance a la soledad”, que fue dedicado a Luis de Góngora, en 1927, para definir el rumbo de su escritura. Determina el ciclo que es a la vez la expresión madura de su búsqueda, equilibrada entre la vanguardia y la consagración de un elemento como la soledad en sus poemas. Porque si bien es cierto la consolidación de la generación del 27 sucedió también porque han salido a la luz los ensayos gongorinos de Alfonso Reyes, y se había esclarecido una lectura diferente en torno al poeta cordobés, resalta la evolución lírica que estos logran imponer como una novedad diferente.

Están presentes como grupo generacional León Felipe, Federico García Lorca, Jorge Guillén, Luis Cernuda y figura Pedro y todo esto es previo a la derrota de la República Civil Española, y es donde la lectura de la poesía de Garfias permite renovar un alcance universal de la poesía española pero con temas locales y de recuerdos de su tierra natal. Los poemas de 1927 denominan la síntesis de una escritura que convoca al encuentro de su postulado estético, y el poema dedicado a Góngora es el que cierra la etapa creativa que está llena de potencias alusivas a la soledad, donde hace su aparición, calibrada entre su estilo y lo que es su propia expresividad lírica. Dice: “Aquí estoy sobre mis montes/ pastor de mis soledades.// Los ojos fieros clavados/ como arpones en el aire.// La callada de mi verso/ apuntando la tarde.// Quiebra la luz en mis ojos/ la plenitud de sus mármoles.// Tiene el tiempo en mis oídos/ retumbos de tempestades.// Mi corazón se acelera/ sobre el volar de las aves.// Vibra mi sien al zumbido/ de los vientos y los mares.// Y aquí estoy sobre mis montes/ pastor de mis soledades”.

Para los siguientes años, entre 1923-1936, guarda silencio después de una discusión con Gerardo Diego y no escribe verso alguno. El 18 de julio de 1936 se desataron en España los cuatro jinetes del Apocalipsis y resurgió la voz del poeta. Más tarde, después de la guerra, inicia el éxodo y llega a México en 1941 a bordo del Sinaia, y aquí publicó por primera vez Poesía de la guerra española.

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