Estrellita M. Fuentes Nava
El valor de lo simple y ordinario
Viernes 21 de Julio de 2017
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Osho o Bhagwan Shiri Rashnísh fue un filósofo, místico, orador y líder espiritual indio.
Osho o Bhagwan Shiri Rashnísh fue un filósofo, místico, orador y líder espiritual indio.
(Foto: Especial)

Hace unos días, en una tarde tranquila de sábado de charla con mi madre, repasábamos sobre mi último editorial “Fanta elecciones” y los escándalos de corrupción en nuestro país.

También le platicaba que en un taller que me hizo favor de obsequiarme el maestro Gabriel Hernández, gerente de Recursos Humanos del corporativo Cinépolis para mi equipo de trabajo sobre su experiencia en cuanto a la atención a clientes, él mencionó que para el CEO de este corporativo un valor crucial y que promueve con el personal de la empresa es el de la sencillez. Emergió entonces una conclusión: es el valor que a los políticos les hace falta. En ese momento me hizo “clic” el editorial que les comparto hoy.

Hay una frase del escritor galés Ken Follet en su obra Los pilares de la Tierra (1989) que dice: “Y cuanto más sencillas son las cosas, menos errores se cometen”. También el controvertido guía espiritual hindú Osho desarrolló un tarot que me encanta, en el cual una de las cartas la denominó “Lo simple y ordinario”, en cuya interpretación se narra que presenciar eventos al parecer ordinarios, como contemplar el mar, escuchar una linda melodía o caminar en un bosque, nos inunda de paz. Califica este tipo de experiencias como la posibilidad de hacer de pequeños momentos algo extraordinario y pues para ello no necesitamos accesorios ni artículos de marca; sin embargo, lo que sí necesitamos es volvernos como niños: ser inocentes y despojarnos de las máscaras.

A partir de este valor de “lo simple y ordinario”, como apunta Osho, trasladándolo al terreno político, lo contextualizo con dos modelos opuestos: por un lado, los legisladores suecos que viven en departamentos de 40 metros cuadrados en Estocolmo, que tienen que hacer su propia lavandería, utilizan las cocinas comunitarias y que ni por equivocación tienen secretaria y chofer (de hecho me ha tocado viajar en transporte público con la ministra de Medio Ambiente de Finlandia hace algunos años y verla moverse libre y solita sin ningún problema).

En aquella región cualquier persona reprobaría una actitud de fastuosidad, exceso y abuso por encima del interés público porque lo tienen introyectado en su ADN. Por el otro lado se encuentra nuestro caso mexicano, en el que abundan los políticos y funcionarios públicos que ocupan un gran séquito en todos sus actos y hasta para resolverles la tintorería. Sus asistentes se estresan si no les puedes decir con precisión en qué silla lo vas a sentar, cuál es el menú, o también cuando el personaje les truena los dedos para que le acerquen tortillas calientes o el salero (yo lo he visto, por eso me atrevo a mencionarlo). Estos personajes mexicanos necesitan helicópteros para moverse como la gente nice, suburbans último modelo, trajes y relojes caros, restaurantes fastuosos, departamentos en Miami y, ¿por qué no?, hasta un castillo en Francia; y pues todo eso cuesta, por lo que tienen que ingeniárselas para sostener ese tren de vida. He ahí la gasolina que mueve a la corrupción y el porqué del entreteje y los vericuetos de la corrupción, los desfalcos y tantas injusticias y abusos que se cometen a diario: obedecen al gariboleado y abigarrado estilo de hacer la política en México, donde para tapar un hoyo se excavan miles más y todo se convierte en un campo minado sin fin.

Quizá el político mexicano en el fondo de su psique se valora y se conoce a sí mismo tan poco, por lo que necesita del reconocimiento ajeno y el estatus para sentirse valioso.

Y es que si todos pensáramos y actuáramos igual como ellos, trogloditas por el estatus, ya nos hubiéramos extinguido desde hace mucho tiempo atrás. El miércoles de la semana pasada, el periódico La Jornada publicó una nota que me dejó estupefacta: el mundo ya está ante la sexta extinción masiva, según los expertos. Después de la desaparición de los dinosaurios hace 66 millones de años, y que se cuenta como la extinción número cinco de la historia del planeta, hoy sólo nos quedan 20 o 30 años para atajar la extinción masiva de rinocerontes, gorilas o leopardos. Los hemos confinado a vivir en el 20 por ciento de su territorio original por la sobreexplotación de los recursos naturales y el crecimiento desmedido de las ciudades. ¿No es una loca carrera sin lógica? Extinguirnos a nosotros mismos en aras de un modelo de consumismo que nos causa nuestra propia aniquilación.

Recordemos también el iceberg que se desprendió desde la Antártida hace días y que equivale a cuatro veces el tamaño de la Ciudad de México, lo cual parece un signo más de los tiempos. En la misma página del periódico se lee el hallazgo de científicos suecos que a partir de un análisis de 39 artículos especializados concluyen en cuatro recomendaciones concretas para cualquier habitante del mundo que puede adoptar hoy para reducir la huella de carbono: comer una dieta basada en vegetales, evitar viajes aéreos, vivir sin auto y tener familias más pequeñas. De nuevo nos sale al paso esta idea de lo simple y ordinario.

Este valor es igual de útil hoy y mañana: los expertos en futurología ya están avizorando escenarios de cómo la inteligencia artificial nos llevará a vivir lo hasta ahora inimaginable: el reemplazo de los centros de trabajo por la manufactura online, y por consecuencia, la disminución de autos y la recuperación de los parques y espacios para los peatones; la electricidad barata y limpia más accesible para todos, algo que permitirá que la desalinización será menos cara para obtener agua barata y abundante; la mitigación de las hambrunas mediante la proteína de insectos y el acceso universal a la telefonía móvil de bajo costo, lo cual nos llevaría a tener plataformas educativas accesibles a todos.

Así que el mundo en el futuro pareciera que se volverá (una vez más) simple y ordinario.

En conclusión: quizá cambiando el chip mental y replanteando lo que hacemos, y cómo lo hacemos de una manera más sencilla, podría ser la respuesta más simple a los retos que nos envuelven y rebasan como país. Por lo tanto, el valor de lo simple y ordinario no es sólo ético: también tiene un trasfondo de supervivencia humana que la convierte en un elemento necesario, urgente y actual. Todo esto nos da sin duda aún mucho material para reflexionar…

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