Rafael Calderón
Pedro Garfias, 50 años después
Lunes 10 de Julio de 2017
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Los poemas de Pedro Garfias son a la vez un canto perenne y universal, destacan su voz que resonó entre lectores y oyentes al recitarlos. Hay los que afirman que le gustaba recitar sus poemas pero no se enojaba cuando le pedían los de García Lorca, Antonio Machado o Rubén Darío. Era un poeta entregado a escribir, sabía de la búsqueda, la evolución de las formas; sus versos reflejan la elocuencia que se volvían por su ritmo sentimientos tristes, una canción de despedida, encuentro con su propia soledad. Dicen que le emocionaba hablar de Andalucía, su tierra, pero conocía poemas de López Velarde, Manuel José Othón y la música de Silvestre Revueltas. Su verbo conmovía. En su visión poética registra erudición; tenía la voluntad de trasmitirla a los que se reunían a su alrededor para oírlo en recitaciones o tomar notas de los talleres literarias.
En la recta final de su vida todo era tarde y afirmaba: “Sí, voy de prisa. Yo vengo de la tierra y la tierra me necesita”. En su poesía se encuentra presente una voz clara y humana, registra ese caudal de ritmos e imágenes la revelación de la lengua española.

Pedro Garfias murió hace 50 años en Monterrey, Nuevo León, el 9 de agosto de 1967, a la edad de 66 años
Pedro Garfias murió hace 50 años en Monterrey, Nuevo León, el 9 de agosto de 1967, a la edad de 66 años
(Foto: Especial)

Es Pedro Garfias el poeta laico de la poesía española plena de bondad, verdad y belleza, como señalaba Santiago Roel en 1962, desde Monterrey. Porque desde un inicio cantó a las piedras, los árboles y permaneció en su voz, pero hablándole con su palabra poética y “ejercitando su perenne práctica de santo laico, pleno de bondad y belleza”. Desde los primeros poemas, aquellos de su infancia registran su prodigiosa memoria, reconstruye al puro impulso mental –señala Roel– la imagen de su tierra y su entorno. En algún momento de su madurez capta la imagen de su madre: “Anoche la volví a ver/ después de cincuenta años. Yo me debatía entre miedos,/ me acongojaban las sombras,/ se me salía el corazón/ por la boca”.

Y si el impulso de su vocación inicial sucede por el Movimiento Ultraísta, también es cierto que su primer libro, Ala del sur (1926), registra en parte la esencia de ese movimiento, pero estos poemas rompen esa frontera y son en su estilo puramente de su estilo. Alcanza, prodigiosamente, una entonación lírica que va más allá de esta frontera literaria. Abre el diálogo más estrecho, íntimo, como reconocer que su voz, con ese impulso, impone su presencia autónoma, suya, se arriesga a decir el “corazón temblando bajo el ala del sur” para componer y descomponer el claro de su palabra.

En su expresión directa, los poemas de Garfias imponen ritmos diversos, presentan por su naturaleza una fisionomía entre “espigado y pálido, impúber aún. Lleno de marañas en el descuidado pelo negro que la borrasca ha nevado”, y de alguna manera recuerda que camina solo por la vida: “Mis manos/ Mis manos fatigadas/ de hurgar en las marañas de los días/ entre mis manos canta/ el cascabel de la hora fatigada”. La mirada tiene ese fuego del misterio: son angustias y tristezas. El primer rango de la lectura es percibir el eco, el ritmo, los sonidos. Todo lo encierra ese plural ejemplo de la palabra que canta con la mirada y se extiende al ensueño y la soledad. Habla de su casa como si fuera un fruto, el amigo, la fuerza del sol; arriesga para nombrar sombras que son de aquella noche o de la mañana. Entre nocturnos, la novia, la ciudad, en silencio, dice su palabra: “Cantan los pájaros huérfanos/ y entre mis manos tiembla tu recuerdo”.

Si bien es cierto que ese periodo, el primer ciclo de su escritura, encierra su activa presencia en el grupo Ultraísta, se intuye que su condición de poeta termina siendo más poderosa, más fuerte y quedan atrás pasiones que son a un tiempo el registro de la furia verbal. Deja sentir su autonomía y se extiende para ir más allá hasta imponer el salto de lo que permanece ante una exploración temporal del lenguaje. En los poemas de El ala del sur el paisaje es desnudo, el silencio abre caminos, y son los versos que sintetizan su voz personalísima. El crepúsculo, el adiós y el ronronea estremece. “Hay un temblor en la montaña musical”.

No se trata de negar la línea ultraísta, sino de reconocer por lo menos un poema, como aquel que llama “La ciudad”. El lenguaje es una entonación que llega, se queda en su inmovilidad, contempla el desarrollo urbano que invade la ciudad, sus avenidas. La describe con imágenes que son aéreas, el viento impulsa ese misterio por las calles de tensas repercusiones por una poesía que nace para la vida.

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