Hugo Rangel Vargas
El origen de la vanidad
Viernes 7 de Julio de 2017
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Caras, con muchas caras la frivolidad y el desdén se presentan en la impostura absurda de la moderación. Y es que desde los quehaceres públicos, expuestos al escrutinio permanente de las masas, hombres mediocres con simples cualidades gerenciales son puestos en el más elevado rango de estadistas por la magia de la hipertextual mercadotecnia, cuyo valor supremo es la liquidez con la que emergen y se hunden símbolos y figuras.

Caras que se hacen desde la vanidad y que detrás de la bizarra bufonería esconden el llanto de una realidad desgarrada por la marginación y la violencia que padecen miles. El rostro de la altanería en las labores del Estado es entonces el reflejo invertido de la monstruosa situación que se desea ocultar. En efecto, la política ha generalizado una regla: la de la proporción inversa que deben guardar los desastres a encubrir con el maquillaje en el rostro del político que los esconde.

Erasmo de Rotterdam en su Elogio a la locura
Erasmo de Rotterdam en su Elogio a la locura
(Foto: Especial)



Caras y rostros se debaten en esta tragicomedia macabra de actuaciones y simulaciones en la que se violentan las reglas al intentar desenmascarar a cualquiera en el escenario. Sí, aquí, tal como diría Erasmo de Rotterdam en su Elogio a la locura, es “imposible pasar una hora sin bufones y a menudo se anteponen estos tontos a los austeros sabios, que sólo por pura vanidad se acostumbran a sustentar algunas veces en las casas”.

Caras e imágenes que se agolpan en la hoguera de engreimientos en las que se funde la clase política mexicana y que les llevan a la vacuidad de llenar “libros sin ideas”, “acuerdos sin acuerdo”, “alianzas con pura ambición”, “discursos con eufemismos” y “gobiernos de pose”.

Caras, pero sólo como caras, únicamente como rostro, así se ha gobernado el país y se desea gobernar: desde la palestra de la más superficial condición de “rock star”, de “soltero codiciado”, de la “modernidad” que sepulta diferencias ideológicas y llama a la “reconciliación” y llevando por delante portadas de revistas de corazón antes que programas políticos. Pero eso es lo que menos importa en un país que ya ha sido gobernado por la estulticia andante, ahora entonces tendrá que abrírsele la puerta del poder al vacío total. El debate entre quienes desean la supremacía consiste en demostrar quién llena con más oquedad el escenario.

Caras vestidas con la piel de la alabada “cultura del esfuerzo” que pretende demostrar que todo en México es posible, que llegar a la cima es el fin por el que se sacrifica la vocación ética de los medios, que cuando te propones gobernar debes llegar a hacerlo sin importar como lo hagas, que escalar en la vida pública es lo más importante aun cuando no se concluya ningún encargo, que el acuerdo es válido en su fin último, el poder, muy a pesar de su contenido.

Caras y más caras, unas que se llaman “pactos”, otras, “gobiernos de coalición”; unas más, “frentes de oposición”, pero que terminan siendo la fisionomía embellecida de una casta de políticos que decidió robarle a las instituciones del país la calidad de su representación real por anteponer el carácter formal y legaloide de corporaciones palaciegas cuyo funcionamiento está cada vez más cuestionado.

Caras que alaban entre sí su belleza horripilante y en cuyo ejercicio de contemplación, tal como lo diría el ya citado filosofo suizo, “el más ignorante es el que posee mayor presunción, mayor jactancia y más elevado concepto de sí mismo; y con todo, encuentran imbéciles de su calaña que los admiren (…) ya que por ser la mayoría de los hombres vasallos de la necedad, lo peor gusta siempre a los más”.

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