Alejandro Vázquez Cárdenas
Cocaína, heroína, éxtasis y tachas
Miércoles 28 de Junio de 2017
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Con el abultado marcador de 98 a siete, hace unos días el Senado de la República aprobó el uso médico y científico de los derivados farmacológicos de la mariguana, lo cual incluye, obviamente, al tetrahidrocannabinol (THC) y sus isómeros. Junto a la anterior noticia nos enteramos del “descubrimiento” de un cártel de drogas que opera en la UNAM. Eso me genera algunas reflexiones.

Legalizar las drogas es aceptar la derrota  y llevaría sentar jurisprudencia criminal: si no se puede acabar con la corrupción, entonces hay que legalizarla
Legalizar las drogas es aceptar la derrota y llevaría sentar jurisprudencia criminal: si no se puede acabar con la corrupción, entonces hay que legalizarla
(Foto: Cuartoscuro)

Ignoro si los habitantes de otros países compartan con los mexicanos la desagradable costumbre de opinar sobre cualquier cosa sin tener mayor idea del asunto. Un buen ejemplo es el caso de la eventual legalización de las drogas.

Legalizar las drogas es un tema polémico como pocos y capaz de polarizar opiniones. Al investigarlo nos encontramos con opiniones de todos los calibres y colores. Imposible agotar el tema en un artículo. Quizá lo único que puede hacerse es despertar en el lector la inquietud para documentarse y darse cuenta de las enormes diferencias, no sólo farmacológicas, entre las diversas drogas. Es importante entender el absurdo de meter en el mismo saco a la mariguana con las muy peligrosas drogas sintéticas como el éxtasis o MDMA neurotóxica anfetamina, o con la cocaína que nos llega de Sudamérica y su ultra adictivo subproducto el crack, capaz de enganchar con la primera dosis por la intensidad y rapidez de su acción, y las adictivas morfina heroína que se obtienen de la amapola de Guerrero, etcétera.

Pero el aspecto médico no es lo único, también entran en la discusión los aspectos legales, sociales, culturales, religiosos, etcétera, mismos que deben ser discutidos antes de tomar decisiones. Algunos son de sentido común, pero otros requieren conocimientos especializados.

Algunos son elementales, como el hecho de que la despenalización de las drogas facilitará su acceso al numeroso grupo de consumidores ocasionales favoreciendo su paso a adictos crónicos. Otra, los que abogan por la despenalización hacen hincapié en que cada uno es libre de drogarse mientras no represente un riesgo para terceros, argumentación no muy inteligente pues todo el que se droga, por el solo hecho de reducir su capacidad mental, ya está representando un riesgo para todos. Es iluso el llamado “uso responsable de la droga” porque la propia droga modifica paulatinamente en el adicto los parámetros de la responsabilidad para adecuarlos a su cada vez mayor requerimiento.

Uno de los orígenes de la discusión sobre una eventual legalización de la producción y tráfico de drogas está en la preocupación por la violencia y muerte que viene aparejada con este negocio, la demonizada “guerra” de Calderón o ahora de Peña Nieto. La idea de quienes solicitan que se legalicen las drogas es que con ello se acabaría la violencia, pero hay varios datos que no toman en cuenta. Veamos:

Las razones que convirtieron a la producción, tráfico y comercialización de cocaína, heroína y drogas sintéticas en delitos graves son simples: la evidencia científica del daño que ocasionan es abrumadora. Desde el primer consumo, todas ellas hacen daño al consumidor y de paso a quienes tienen relación con ellos.

La sociedad y el Estado no pueden, responsablemente, discutir la propuesta de legalizar la drogadicción sin reconocer lo evidente: la drogadicción daña y termina matando al consumidor y afecta a su familia y a la sociedad. ¿Causar un daño social en el intento de remediar otro? No suena muy lógico.

Existen quienes opinan que el Estado no debe ser un Big Brother que vigile a sus habitantes para que no se dañen consumiendo drogas. Pero se les olvida algo: el costo social y fiscal de la atención oficial y privada a la salud de los enfermos drogadictos es muy alto. Además, el costo a la economía por los problemas de enfermedad, ausentismo laboral y daños de muchos tipos causados por los drogadictos es también muy alto. No veo la razón para que estos costos sean asumidos por el Estado.

¿De verdad quieren que el gobierno pacte con los narcos? Los barones de la droga no se han preparado para la legalidad, su mundo es otro y no lo van a cambiar. La violencia en el Chicago de los años 20 del siglo pasado no terminó con la legalización del alcohol, sino cuando el Estado decidió liquidar la corrupción judicial, cesó a los policías que protegían a los traficantes y eliminó a los alcaldes amigos de Al Capone.

Legalizar las drogas es aceptar la derrota y llevaría a sentar jurisprudencia criminal: si no se puede acabar con la corrupción, entonces hay que legalizarla; si no se puede terminar con la pedofilia, entonces legalizarla; si no se puede terminar con el fraude electoral, entonces reconocerlo en las leyes. No suena muy lógico.

Sobre el autor
"Medico, Especialidad en Cirugia General, aficionado a la lectura y apartidista. Crítico de la incompetencia, la demagogia y el populismo".
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