Julio Santoyo Guerrero
Los ecocidas son genocidas
Lunes 26 de Junio de 2017
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Parece una afirmación extrema decir que los ecocidas son genocidas. Pareciera incluso que ambos conceptos se excluyeran y que se refieren a cosas distintas. Ecocidas serían quienes propician la muerte masiva y sistemática de los ecosistemas, y los genocidas quienes propician la muerte masiva y sistemática de grupos humanos. El punto esencial que vincula al ecocidio con el genocidio es que el primero sólo se entiende como la acción sistemática para destruir el medio ambiente que pone en riesgo la vida de las personas que habitan una localidad, una entidad, una región, un territorio. Es decir, la acción ecocida tiene consecuencias en el derecho a la vida de grupos sociales, y en ese sentido, cuando la vida de las personas, por las afectaciones climáticas, la ausencia de agua, la contaminación de tierras y aguas, es puesta en riesgo o llegan a perecer, la acción ecocida es de cara a la humanidad una acción genocida.

Hace tres semanas estuve en una localidad del sur de Villa Madero hasta donde han llegado los estragos de la deforestación por las huertas ilegales
Hace tres semanas estuve en una localidad del sur de Villa Madero hasta donde han llegado los estragos de la deforestación por las huertas ilegales
(Foto: Especial)

La casi imposibilidad de pensar esta dura realidad en el mundo contemporáneo se deriva de que durante siglos la humanidad ha creído que el medio ambiente está ahí para su utilización. El pensamiento económico lo reconoce con la categoría de recursos naturales y al hacerlo subordina a la naturaleza a la evolución ciega del poder económico del consumo. Cierta ética moderna que norma los comportamientos morales de la humanidad actual ha colocado a la naturaleza como objeto para la satisfacción del hombre y ha hecho de los demás seres simples cosas y objetos para el goce del hombre, quien ha reemplazado en su convicción hedonista el lugar de dios como centro único del planeta y del universo.

Así como en el contexto de los valores del siglo XVI el esclavismo era visto como una actividad económica decente y aceptada y formaba parte imprescindible de la economía, razón por la cual no era condenada ni por los gobiernos ni por la Iglesia, tampoco por los súbditos de entonces, en la actualidad el ecocidio es visto como normal y decente, dado que es la expresión de una forma comúnmente aceptada o por lo menos tolerada, de generar riqueza. Así que reconocer que el ecocidio deriva necesariamente en genocidio puede parecer, según los parámetros del pensamiento dominante, una desproporción y un sinsentido.

Es tan evidente la aceptación social del ecocidio que en nuestro país no se han aprobado leyes que reconozcan y sancionen la gravedad de las conductas ecocidas. O sea, no existe, no está reconocido el delito de ecocidio. A lo más que se ha llegado es a identificar delitos ambientales y a establecer sanciones blandísimas a los infractores. Después de la destrucción de los manglares de Tajamar, la Cámara de Diputados aprobó cinco principios ambientales para prevenir y corregir daños, pero evitó entrar al tema capital del ecocidio, a pesar de que éste está ocurriendo de manera incesante a lo largo y ancho de la República Mexicana.

Y parece que no entran al reconocimiento del delito de ecocidio porque al hacerlo tendrán que vincularlo necesariamente al delito de genocidio y seguramente no quieren lastimar los intereses de las poderosas empresas y grandes capitales que han hecho fortuna cometiendo ecocidio, ya sea para instalar complejos hoteleros, plazas comerciales, explotaciones mineras, aprovechamiento de manantiales o para sembrar huertas de aguacate u otras frutas, como en Michoacán.

El ecocidio es genocidio porque el primero implica el exterminio de los ecosistemas y con casi todos los ecosistemas la especie humana está vinculada de manera vital. Es decir, exterminar un ecosistema es avanzar al exterminio de los grupos sociales. Hace tres semanas estuve en una localidad del sur de Villa Madero hasta donde han llegado los estragos de la deforestación por las huertas ilegales, ahí los pobladores del caserío, tierras abajo, narraban su drama: por primera vez en su historia debieron comprar pipas de agua para sobrevivir porque los riachuelos y manantiales se secaron con la deforestación y la instalación de hoyas para la retención de agua. El futuro para estos poblados es la muerte, y esto se llama genocidio.

En Ética sin teleología, Juan Domingo Sánchez Estop nos advierte que "ni el mundo nos pertenece, ni somos su imposible centro: la afirmación del individuo –de todo individuo, desde la ameba al homo sapiens– es afirmación en un medio ambiente y de un medio ambiente que es menester mantener en sus equilibrios básicos so pena de que su destrucción acarree la nuestra". Pero la obligación de los gobiernos es, en la crisis ambiental actual, reconocer el delito de ecocidio y castigarlo en su vínculo indisociable con el de genocidio. Necesariamente la omisión de los gobiernos en el tema del ecocidio debe considerarse como conducta auspiciadora del genocidio de los pueblos afectados por el cambio climático que debió, debe, ser impedido y al paso de los años su responsabilidad deberá ser reclamada.

Sobre el autor
Julio Santoyo Guerrero Estudió Filosofía en la UMSNH Docente desde 1983 Analista en medios impresos y electrónicos desde 1988 Articulista fundador de Cambio de Michoacán desde 1992.
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