Estrellita M. Fuentes Nava
Movilidad social y discriminación en México
Viernes 23 de Junio de 2017
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Nuestro país es sin duda de los más desiguales, y ello está medido estadísticamente tanto por el Inegi como por estudios independientes como los que publica el Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY), quien es su escuela de verano de hace algunos días dio a conocer la situación de la movilidad social en México, concepto que se define como la facilidad con la que una persona puede cambiar su posición social dentro del sistema, lo cual se estudia por razones de justicia social, cohesión social y crecimiento económico.

Para hacer esta medición, los estratos sociales se dividen en cinco unidades: el primer quintil corresponde al nivel más bajo de ingresos y el quinto al más alto; el tercero todavía se considera en cierto grado de pobreza. Al analizar estas categorías, los resultados son lamentables: el 76 por ciento de los pobres en México se queda en esa misma condición toda su vida y sólo cuatro de cada 100 personas que se encuentran en el primer quintil ascienden al más alto y permanecen ahí. Estos datos chocan por ejemplo con las mediciones de la pobreza que se dan a conocer por la parte oficial, ya que éstas establecen que sólo un 46 por ciento de los mexicanos se encuentra en esa condición.

Nuestro país mantiene tasas altas de persistencia en la movilidad social con un 48 por ciento promedio, mientras que en Chile es del 34 por ciento o en Suecia y Dinamarca del 26 y 25 por ciento respectivamente; es decir que es menos probable que se ascienda en la escala social en México que en los países nórdicos. Como señala Roberto Vélez, del CEEY, “las circunstancias de origen aún determinan en gran medida el destino de los mexicanos”.

Profundizando en el tema, de acuerdo con los expertos que participaron en la escuela de verano de dicho centro, las vías de cómo el estatus socioeconómico se transmite entre generaciones podría ser a través de las habilidades cognitivas (la capacidad de recibir, comprender y estructurar la información) y las no cognitivas (habilidades relacionadas con nuestro carácter y personalidad). Esto es: los padres las transmiten a los hijos a través de canales genético-ambientales, los cuales están asociados con la movilidad social porque son valorados en el mercado laboral y son determinantes del estatus socioeconómico de los hijos. Así tenemos que, como señala el Inegi en su Módulo de Movilidad Social Intergeneracional, el 72.5 por ciento de las personas de entre 25 y 64 años de edad que asisten a la universidad, sus padres también lo hicieron, y del 54.5 por ciento de las personas que hoy tienen altos cargos como funcionarios, directores, profesionistas o técnicos, sus padres también ocuparon altos cargos directivos. Al respecto, Raymundo M. Campos Vázquez, de El Colegio de México, apunta que tanto el nivel socioeconómico, el ambiente en que se vive, así como las habilidades de los padres, determinan las inversiones en sus hijos.

Lo triste del caso es que la pobreza sea cíclica y se estacione en ciertos estratos de nuestra sociedad; por ello tenemos que barrer con la corrupción y las políticas electoreras y asistencialistas
Lo triste del caso es que la pobreza sea cíclica y se estacione en ciertos estratos de nuestra sociedad; por ello tenemos que barrer con la corrupción y las políticas electoreras y asistencialistas
(Foto: Cuartoscuro)



Los hijos de familias con mayor nivel socioeconómico tienen mayores habilidades que los hijos de familias con menor nivel, y estas diferencias empiezan desde temprana edad, incluso cuando el bebé tiene seis meses de edad. Para ejemplificarlo, los investigadores Betty Hart y Todd R. Risley Hart y Risley, a inicios del 2000 hicieron un estudio en el que convivieron con familias de diferentes estratos socioeconómicos con hijos de siete meses a tres años de edad, realizando una visita al mes y contaron las palabras y la forma de interactuar; al final del tercer año identificaron una brecha de 30 millones de palabras escuchadas entre niños de familias en estratos altos versus los de niveles bajos. De acuerdo con la Emovi 2015, los niños que pertenecen al quintil más alto pasan más de diez horas dedicadas al ocio, mientras que los del quintil más bajo sólo un promedio de seis; ello indudablemente impacta en su entorno de aprendizaje.

El estrés es un factor tóxico en el ambiente familiar: la Encuesta de Movilidad Social en México 2015 (Emovi) también documenta que a menor ambiente de estrés los padres se involucran más con sus hijos, lo que se refleja en mejoras en comportamiento (autoestima, responsabilidad, control interno); los hogares utilizan el dinero adecuadamente en forma de inversiones o en la compra de artículos durables, y hay incremento en el consumo de bienes básicos pero no hay incremento en el consumo de tabaco o alcohol. Vivir en pobreza en cambio tiene impactos en el comportamiento y en la formación de habilidades de los niños, y se requieren de estímulos que pueden verse limitados por los bajos ingresos.

Otro dato interesante que arroja la Emovi 2015 es que en términos de ingresos importa más la personalidad que las habilidades cognitivas. Y el color de la piel también es un determinante del éxito laboral ya que el Inegi señala que a color más oscuro de piel, menos remuneración y menos oportunidades de alcanzar cargos denominados como “directivos, jefes o profesionistas”. Es decir, en México se dan cargos de mayor categoría a empleados más por su color de piel que por sus conocimientos, aunque también se identificó que en el caso de los pueblos indígenas se mostró una mejoría en su situación económica en comparación con generaciones anteriores. Esto coincide con lo que arroja la Encuesta Nacional de Discriminación (Enadis) del 2010, en la que se señaló que el hecho de no tener dinero, así como la apariencia física, la edad y el sexo, son las condiciones más identificadas asociadas a la discriminación.

Estudiar la movilidad social es crucial para entender el fenómeno de la pobreza y dilucidar vías de solución mediante políticas públicas que equilibren el piso, de tal manera que todos los mexicanos tengamos las mismas oportunidades y apoyos para poder alcanzar nuestro pleno desarrollo. Todos aspiramos a crecer y a mejorar en todos los aspectos, y en ello radica nuestra motivación para poder sobrevivir ante la desesperanza que nos generan la inseguridad pública, la pobreza y la corrupción.

Escalar socialmente en México es tarea casi imposible: origen es destino; sin embargo, pienso que ello no nos quita la probabilidad de que con base en empeño, esfuerzo y dedicación podamos lograr nuestras metas personales. Lo triste del caso es que la pobreza sea cíclica y se estacione en ciertos estratos de nuestra sociedad; por ello tenemos que barrer no sólo con la corrupción y las políticas electoreras y asistencialistas, sino también con los grandes complejos que tenemos como mexicanos al ver como inferiores a quienes son pobres, indígenas o de piel oscura. Como dice el dicho en Perú: “El que no tiene de inga tiene de mandinga”; es decir, lo de “blanquitos” sólo es en apariencia porque el mexicano mestizo tiene en promedio 70 por ciento de genes de origen indígena. Así que ninguno de nosotros es mejor que otro; en cambio, todos nos necesitamos los unos a los otros…

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