Julio Santoyo Guerrero
El arte de inducir olvido y confusión
Lunes 4 de Abril de 2016
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Si hace un año y medio nos hubieran hecho saber la noticia de que políticos michoacanos connotados, involucrados con la delincuencia organizada, estaban siendo absueltos, la inconformidad social habría tumbado al gobierno muy probablemente. La narrativa legitimadora de entonces le vendía a los michoacanos la creencia de que el gobierno federal iba con todo contra quienes se habían aliado y subordinado a los criminales. De esa manera recogían la indignación popular, bien fundada por lo demás, en contra de la clase política michoacana que por años había claudicado ante el narco y había entregado cobardemente a la población a la rapiña y a un baño de sangre para solaz de los criminales.

Los años negros de dominio del narco y de postración de la clase política y las instituciones a los capos siempre contó con el silencio y simulación de la mayoría de los políticos de casi todos los partidos. Casi todos terminaron hincando el pie en las lujosas fincas desde donde gobernaba el crimen, entregaron candidaturas y espacios en la administración pública. Por eso en el 2013 Michoacán tenía una condición real de Estado fallido. Las instituciones no funcionaban o trabajaban para los malos. El pueblo fue abandonado a su suerte y en algunos lugares los pobladores colocados en el límite tuvieron que recurrir a tomar las armas para preservar la vida de sus familias y los patrimonios de sus pueblos.

La intervención del gobierno federal con la figura de un comisionado agudizó la debilidad de la clase política local que acobardada y llena de pánico se postró de hinojos ante un comisionado que hizo de su misión un estrambótico espectáculo de poder virreinal y terminó entregando la soberanía estatal a la voluntad caprichosa de este personaje siniestro. Para asegurar ese vínculo de dominio, al comisionado le bastó procesar a unos pocos políticos que tuvieron que ser encarcelados. La maniobra le granjeó extraordinarios resultados, durante su estadía en Michoacán y más esa clase política mansamente comió de su mano, rogando que no tocara a nadie más. Sus vínculos con el narco y el temor a ser investigados y procesados los hermanó más allá de los colores partidarios y así se fundó la nueva gobernabilidad y estabilidad política de nuestro estado.

Han obtenido excelentes resultados, el más dramático es el de mantener en la cárcel al doctor Mireles y a varias decenas de autodefensas
Han obtenido excelentes resultados, el más dramático es el de mantener en la cárcel al doctor Mireles y a varias decenas de autodefensas
(Foto: Cuartoscuro)

Hace un año y medio el discurso oficial en torno al problema de la inseguridad y las debilitadas instituciones obligaba a arrebatarle la bandera a la sociedad y al movimiento de autodefensas para encarcelar a los malos políticos. Hoy sabemos que fue un proceso de vacilada, que nada estaba sustentado, que los detenidos han sido liberados algunos y otros lo serán más tarde. Que la clase política michoacana ha guardado silencio en torno al tema y tímidamente ha batido algunos aplausos. Era de esperarse, los hermana la misma historia, la de la protección al narco y la de haber servido de instrumento para que los criminales asumieran el control de las instituciones.

El gobierno federal y la clase política local le han apostado a la propaganda que desvanece la memoria y produce confusión. Han obtenido excelentes resultados, el más dramático es el de mantener en la cárcel al doctor Mireles y a varias decenas de autodefensas, y presentar el hecho como uno de los máximos logros de la pacificación de Michoacán y la lucha contra la delincuencia. Mientras en contraste, presentan a los políticos acusados de vínculos con el crimen, ya liberados, como la realización de la justicia.

Las liberaciones ya ocurridas y las que vienen, la continuidad del encarcelamiento de Mireles y los autodefensas, como parte del pasado inmediato, forman parte de una agenda no agotada en Michoacán. Esclarecer cómo fue, qué decisiones se tomaron abiertas y secretas, en los días críticos de 2014, para "recuperar" la seguridad y la gobernabilidad en la entidad es vital para entender lo que hoy está ocurriendo. Sin esta información no se puede comprender la evolución actual de la delincuencia organizada, tampoco su capacidad de penetración en las instituciones de gobierno.

Es un arte el manejo de los instrumentos para la desmemoria y la confusión de la sociedad en momentos de crisis. Pero sus efectos son pasajeros. No resuelven el fondo del problema. No son una alternativa para confrontar al crimen ni tampoco para depurar y fortalecer las instituciones que fallaron escandalosamente por causa no de una organización criminal fuerte, sino por una clase política claudicante, simuladora y vergonzante, que no quiso detenerlos y prefirió entregarse con ellos para hacer negocios.

Sobre el autor
Julio Santoyo Guerrero Estudió Filosofía en la UMSNH Docente desde 1983 Analista en medios impresos y electrónicos desde 1988 Articulista fundador de Cambio de Michoacán desde 1992.
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