Estrellita M. Fuentes Nava
Crisis del Estado y gobernanza
Viernes 2 de Junio de 2017
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El rol del Estado y la administración pública en la actualidad pareciera que se encuentra en severa crisis dados los limitados alcances y la poca efectividad con la que hoy en día está dando respuesta a las expectativas y necesidades de la ciudadanía. Pero, ¿cómo fue que se llegó a este punto? Si antes el Estado tenía un aparato todopoderoso, hoy nos encontramos con una burocracia cara y de baja efectividad.

Si analizamos la transición que se ha sucedido en los últimos 20 años, observaríamos que ésta partió de una crisis del modelo de corte estatista y gobiernista, con alcances limitados, hacia lo que ahora se pretende que es una nueva gestión pública y un nuevo modelo de gobernanza/gobernabilidad, con el objetivo de ejercer formas más democráticas, pluralistas, transparentes y abiertas de ejercer el poder.

Esta crisis que se dio principalmente en los años 70 y 80 fue de naturaleza económica aunada a los graves efectos de los regímenes autoritarios que no tomaban en cuenta al ciudadano en ninguno de sus procesos.

Ante ello emerge el concepto de gobernanza como un concepto poscrisis, en el que el Estado es cada vez más interdependiente del sector público y social tanto para el diseño, como para la implementación y la evaluación de las políticas públicas. Bajo este concepto se distingue la acción de gobierno de la gobernación de la sociedad, la primera en condiciones de franco debilitamiento, y la segunda como un proceso ascendente emanado de la acción social. Se plantea un nuevo modelo de administración pública que gobierna, pero contribuyendo a la corrección y efectividad de las decisiones gubernativas, y adaptada a la nueva realidad actual.

Para Luis Aguilar Villanueva el papel del Estado sigue estando vigente y necesario, pero en un papel más administrador y apegado a la norma, dejando de lado su orientación dirigista y de alineamiento político, generando sus propias capacidades para poder dar respuesta a una sociedad cada vez más autónoma, diferenciada y participativa, en medio de una realidad compleja por la dinámica económica cambiante, así como una necesidad cada vez mayor de cooperar entre los países.

El factor crisis pareciera ser un estado permanente al que se enfrentan los estados sociales, y autores como J. Habermas y K. Offe apuntan que ello se debe a la natural proclividad de la sociedad capitalista en la cual se encuentra inherente esta condición. A la luz de la corriente marxista se interpreta que el intercambio desigual entre capital y trabajo nos han llevado a las crisis sociales y económicas. Así, el gobierno, rebasado por las expectativas sociales, genera desconfianza y ello le resta legitimidad. Este factor de lo económico como variable detonadora de crisis se vivió principalmente en América Latina en los años 80 y 90, en torno a lo cual los especialistas incluso hablaban de un modelo de desarrollo que se había agotado. Ante este panorama, tanto la ciencia política como la administración pública tratan de dar respuesta a las crisis generando nuevas corrientes y propuestas.

Considero que la crisis de la capacidad del Estado para dar respuesta y satisfacer las demandas de la ciudadanía está mermada tanto por el factor económico (limitados recursos presupuestales para tan amplias y multifactoriales necesidades), así como por el factor de legitimidad que se ha reducido a la vista de las sociedades por los resultados tan magros, la poca transparencia y los escándalos de corrupción por parte de quienes ejercen el poder. Hoy es muy común que la percepción ciudadana descalifique desde la fase inicial cualquier acción gubernamental o actor público, y bajo esa condición es muy precario el margen de actuación que tiene el Estado para poder implementar políticas públicas.

De ahí que uno de los grandes retos para cualquier nivel de gobierno es recuperar la confianza del ciudadano, para lo cual desde la academia se propone una nueva escuela de administración pública abierta, transparente, eficaz, orientada a resultados, en la que el ciudadano también participe en la toma de decisiones y evalúe todos los procesos, construyendo de manera simultánea una nueva gobernanza: una red de actores sociales que cooperan entre sí, que, como apunta Luis Aguilar, tienen mecanismos de autodirección y autoorganización para dar respuesta las muchas necesidades de la sociedad partiendo de consensos.

Esta forma de gobernar es el nuevo paradigma tanto para el gobierno y la administración pública como para la sociedad, porque implica que ésta (la sociedad) sea más corresponsable, participativa y activa, dejando de lado las formas tradicionales de paternalismo, asistencialismo e indiferencia, relegando al Estado toda decisión. La pregunta que emerge en todo caso es si en México nuestra sociedad está preparada para ello, tomando en cuenta los amplios porcentajes de sectores que viven en la inequidad y en la pobreza, cuya necesidad de sobrevivir en el día a día supera cualquier interés por atender el diseño de una política. De ahí que me parece que la reactivación de los códigos de ética en todos los ámbitos es imprescindible para lograr resultados eficientes y tener condiciones para empoderar a toda la sociedad en su conjunto.

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