Hugo Rangel Vargas
Después del 4 de junio
Viernes 2 de Junio de 2017
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A López Obrador parece interesarle seguir sumando a la base social de los partidos de izquierda para forzar a sus dirigencias a una posición de negociación mucho más obligada, o bien para dejarlos en la condición de mera estructura burocrática.
A López Obrador parece interesarle seguir sumando a la base social de los partidos de izquierda para forzar a sus dirigencias a una posición de negociación mucho más obligada, o bien para dejarlos en la condición de mera estructura burocrática.
(Foto: Carmen Hernández )

Múltiples escenarios están a la vista después de la elección del próximo domingo en el Estado de México, todos ellos con mayor o menor repercusión en lo que se avista rumbo a la coyuntura de 2018. Sin embargo, sin la pretensión de que lo que ocurra en esta entidad pueda extrapolarse a pie juntillas al proceso del año venidero, sí hay ciertos trazos en los que conviene poner atención.

El primero de ellos es el prácticamente invariable porcentaje de ciudadanos que a lo largo del proceso electoral han dicho en las encuestas que votarían por el PRI. Ese sector duro del electorado, que se encuentra cercano al 25 por ciento, se ha sostenido no sin poco esfuerzo de parte del tricolor, que ha tenido que echar mano de un desfile de funcionarios federales y de toda serie de maniobras.

Lo inaudito del caso es que el partido en el poder, el del grupo Atlacomulco y el del presidente Enrique Peña Nieto, podría retener la gubernatura de esta entidad con el porcentaje más bajo de votos en la historia reciente, quizá oscilando el 30 por ciento, y con un margen apretadísimo en relación a su más cercano contendiente. Por ello es que el principal recipiendario de los beneficios de una oposición fragmentada es el PRI, que con la sola apuesta a su voto duro sigue siendo el rival a vencer en los comicios mexiquenses.

A esta situación abonan otros factores dignos de poner en perspectiva hacia el proceso electoral de 2018. Aquí podemos anotar el desgaste que ha sufrido Acción Nacional, partido que presentó a la contienda a una candidata perdedora y sometida a una serie de cuestionamientos frente a la opinión pública. De ahí es explicable el descenso en la competitividad de dicho partido, que ha pasado de estar en un segundo lugar al inicio de las campañas a un lejanísimo tercero o quizá cuarto lugar.

Los yerros del albiazul en la designación de su candidata y la estrategia errática de la misma abonan a las suspicacias sobre cierto colaboracionismo de dicho partido hacia una estrategia de pulverización del voto opositor que beneficiaría al PRI. En medio de esta lógica el PAN ha puesto incluso en riesgo el llamado “corredor azul”, sobre del cual el envalentonado Alfredo del Mazo ha dicho que recuperará para su partido.

Pero si la derrota del PRI no ha quedado sellada desde hace tiempo en el Estado de México ha sido porque del lado de la izquierda ha cundido la división. Si bien es cierto que el crecimiento de la fuerza electoral de Morena en esa entidad se ha sustentado en una estrategia que ha dibujado a este partido como la única fuerza antisistémica capaz de derrotar al PRI, las dirigencias de otros partidos de izquierda –excepto el PT– no han cedido ante la inmejorable oportunidad de construir una alianza progresista desde ahora y de cara a 2018.

Hacia el año próximo la elección mexiquense parece dejar posturas más endurecidas en el flanco de las izquierdas. De un lado, el dirigente nacional de Morena ha captado la atención de un sector del electorado progresista que lo ve como el centro de gravedad más competitivo rumbo a la elección presidencial.

Con esto en sus haberes, a López Obrador parece interesarle seguir sumando a la base social de los partidos de izquierda para forzar a sus dirigencias a una posición de negociación mucho más obligada, o bien para dejarlos en la condición de mera estructura burocrática. Ante esta estrategia la respuesta es la reacción de sobrevivencia política de parte de algunos sectores duros del PRD y de Movimiento Ciudadano que podrían ver reducidos sus espacios de poder, en un posible acuerdo con el tabasqueño.

Así entonces, la gran lección después de los comicios mexiquenses podría ser para una izquierda que titubea entre poses, protagonismos y cálculos, reduciendo la disputa por la nación frente a la derecha panista y priista a una infantil reyerta que merma sus capacidades competitivas.

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