Eduardo Nava Hernández
Maquiavelo en el Estado de México
Jueves 1 de Junio de 2017
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En la última etapa de las campañas electorales por el Estado de México se produjeron interesantes cambios que favorecieron, fundamentalmente, a la candidata de Morena, la profesora Delfina Gómez Álvarez. No fue sólo la declinación del candidato petista Óscar González Yáñez (tres por ciento de preferencias en algunos sondeos), sino el apoyo que importantes líderes magisteriales como Rafael Ochoa Guzmán —ex secretario general del SNTE— y Fernando González —yerno de Elba Esther Gordillo y ex subsecretario en la SEP en el gabinete de Felipe Calderón— le brindaron al llamar a los maestros de la entidad a votar por ella, su colega. Diversos empresarios locales han manifestado también su respaldo a la ex presidenta municipal de Texcoco, al igual que dirigentes medios y militantes de base del PRD y sindicatos y organizaciones campesinas anteriormente alineados con otros partidos. En el cierre de campaña, personajes perredistas como Pablo Gómez acudieron en su apoyo y llamaron a la militancia de su partido a votar por ella.

Andrés Manuel López Obrador
Andrés Manuel López Obrador
(Foto: Carmen Hernández )

A nadie escapa la importancia de la elección mexiquense dada la relevancia económica, demográfica y, particularmente en el presente sexenio presidencial, política de la entidad. Es el preámbulo inmediato, además, a la elección presidencial de 2018, en el que se miden las fuerzas con las que los partidos y sus bases de apoyo llegarán a esta última. Con amplia razón, Morena y otros partidos de oposición, así como analistas y observadores, han denunciado que se trata de una elección “de Estado” en la que el gobierno federal y los gobernadores priistas están interviniendo con recursos y operadores, ante la inmutabilidad y pasmo del INE y la FEPADE.

Para el Morena los comicios mexiquenses representan la posibilidad de desplazar a la derecha panista del histórico segundo lugar en esta entidad y ubicar la de centro-izquierda como la verdadera competidora del partido oficial e incluso derrotarlo. Este triunfo reforzaría y consolidaría a Andrés Manuel López Obrador como el candidato más fuerte para 2018, muy por encima de cualquiera de los precandidatos priistas o del PAN.

El súbito ascenso de Delfina Gómez, y el interés estratégico que el gobierno federal y el priismo le atribuyen a esta elección, hacen difícil un pronóstico, incluso a partir de los sondeos conocidos. En su mayoría, éstos han registrado un empate técnico entre la candidata morenista y el aspirante del PRI, Alfredo del Mazo, empate que podría haberse roto con las más recientes adhesiones a la primera. Un factor que podría pesar también en el resultado es el alto nivel de rechazo —de alrededor del 65 por ciento— al PRI como partido, lo cual podría orientar el voto útil y el de los indecisos en favor de la texcocana. El partido oficial recurriría, así, a todos sus instrumentos y artimañas para asegurarse el triunfo, comenzando desde luego por la compra masiva de sufragios y llegando quizá a actos de provocación y violencia que alejen a los votantes de las urnas.

Mas los comicios del Estado de México podrían tener, más allá de lo ya señalado, una importancia trascendente en el ámbito nacional. La crítica que hoy se hace a Morena, a su candidata y a López Obrador, es la de la supuesta alianza con personajes varios provenientes de lo que este último suele llamar la “mafia del poder”. No son sólo los mencionados dirigentes magisteriales, del grupo de Elba Esther Gordillo, sino Esteban Moctezuma (colaborador de Ricardo Salinas Pliego, pero también hermano de Pablo Moctezuma, de antaño lopezobradorista y hoy jefe delegacional morenista en Azcapotzalco), el empresario neoleonés Alfonso Romo, el ex secretario de Turismo de la Ciudad de México y consuegro de Carlos Slim, Miguel Torruco, así como otros políticos y capitalistas.

¿Se trata de alianzas reales o de aceptar apoyos externos a una candidatura fuerte con perfil ganador? Ciertamente estas adhesiones implican o pueden implicar un desplazamiento de López y su partido hacia la derecha, y su acercamiento pragmático a núcleos hasta hace poco adherentes al grupo gobernante.

Pero lo que está ocurriendo en el Estado de México, y en la construcción del escenario electoral de 2018 puede ser visto también desde otra perspectiva. López Obrador está otra vez en una posición, como en 2006 y 2012, de disputa real de la Presidencia de la República, y por ahora Delfina Gómez y Morena en la del gobierno mexiquense. En esa perspectiva, se trata ante todo de resolver una ecuación donde se ha partido como polo débil pero en el que se ha alcanzado, al menos, un equilibrio de fuerzas que tiene que definirse hacia uno u otro de los antagonistas en pugna. Conforme a una lógica realista del poder como la que planteara Maquiavelo, la acción de Morena y López Obrador es impecable: es anteponer la eficacia en la lucha por el poder a las consideraciones de orden moral e inclinar la balanza a su favor, aun allegándose apoyos que en otras condiciones aparecerían como indeseables. No es un dilema que enfrenten otras expresiones de izquierda o centro-izquierda, porque no se han encontrado en una situación semejante de disputa real por el aparato de Estado por la vía electoral.

Y en realidad lo que se expresa en el Estado de México y, en perspectiva, en la elección presidencial de 2018, es algo aún más fundamental. Después de casi tres décadas asistimos al inicio de la descomposición del bloque de poder oligárquico-financiero (que no “mafia del poder”) construido por Carlos Salinas de Gortari, que permitió incluso la alternancia de mando interpartidario sin perder su ser ni su objeto fundamental.

Recordemos. Ese bloque de poder se inició el 2 de diciembre de 1988, cuando la dirigencia de Acción Nacional, integrada por Luis H. Álvarez, Carlos Castillo Peraza, Diego Fernández de Cevallos y Abel Vicencio Tovar, se entrevistó en el Palacio Nacional con el recién ungido presidente. Ahí Salinas se comprometió con los panistas a cumplir un pliego de cinco puntos: reforma electoral y nuevo padrón electoral inviolable, reforma al artículo 27 para “liberar” al ejido, reprivatización de la banca, defensoría de los derechos humanos (un ombudsman) y reconocimiento de derechos a las iglesias y sus ministros (ver de Martha Anaya 1988: el año que calló el sistema). Al salir de esa entrevista los panistas declararon que, si bien el gobierno de Salinas estaba manchado de origen por el fraude electoral, podría legitimarse en el poder con acciones de gobierno. Manuel Clouthier, el belicoso ex candidato presidencial, no asistió a esa reunión y habría de morir meses después en un trágico accidente de carretera.

Tras la alianza con el PAN Salinas incorporó, mediante reformas constitucionales y a las leyes secundarias, a la Iglesia. Con la reprivatización de la banca y la venta de empresas paraestatales (Telmex, mineras, etcétera) generó una nueva oligarquía financiero-industrial, y renovó el aparato corporativo tradicional cambiando los liderazgos en el sindicato petrolero (defenestración de La Quina) y en el de trabajadores de la educación (caída de Carlos Jonguitud Barrios y su relevo por Elba Esther Gordillo). Con la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte se integró a esa poderosa configuración el capital financiero estadounidense. No quedaron fuera las cadenas televisivas (Televisa y la recién privatizada TV Azteca). Este bloque de poder es el que ha sometido al país durante casi tres décadas y desarrollado uno de los procesos de concentración de la riqueza más agresivos del mundo desde la segunda mitad del siglo XX.

Hoy ese bloque de poder, exitoso más en lo político que en lo económico por más de cinco lustros, ha entrado en crisis, y Morena es el gran catalizador de su debacle. Los elbistas, así como grandes empresarios antes adictos a los gobiernos priistas y panistas y burocracias sindicales de origen salinista, se adhieren ahora a López Obrador y Delfina Gómez ante el naufragio del mundo creado por Carlos Salinas y sus allegados.

Pero el mayor responsable de la ruina priista no es López Obrador. Se llama Enrique Peña Nieto. La llegada de Donald Trump al gobierno de Estados Unidos, que ha puesto en riesgo el TLCAN ante la pasividad y obsecuencia de Peña; la economía, que no crece a pesar de la aprobación de las “reformas estructurales”; la persistencia e incremento de la violencia y la violación de derechos humanos, que han colocado a México entre los países más inseguros del mundo y han traído su descrédito internacional, y la descomunal corrupción de la burocracia política, son, entre otros, los saldos del presente sexenio. Ni la clase capitalista ni la población en general están satisfechos con el gobierno peñista, al que sólo respalda un diez por ciento de los mexicanos en los sondeos de opinión. El PAN ha ido deslindándose también de sus alianzas con el gobierno peñista vista su impopularidad ostensible.

Decía Maquiavelo: “Que el príncipe procure (…) rehuir las cosas que lo hagan odioso o menospreciado (…). Le hace odioso, sobre todo, el ser rapaz y usurpador de los bienes y mujeres de sus súbditos, de lo cual se debe abstener. Siempre que a la generalidad de los hombres no se les quieten bienes ni honor, viven contentos y sólo se ha de contender con la ambición de unos pocos, la cual por muchos medios y con facilidad se refrena. Hace despreciable a un príncipe el ser considerado voluble, ligero, afeminado, pusilánime, irresoluto, de todo lo cual debe el príncipe guardarse como de un escollo…”.

Tal parece que esta sentencia maquiavélica se cumple en la persona de nuestros actuales gobernantes, que sólo han traído empobrecimiento e inseguridad para la inmensa mayoría de la población. Si el rechazo popular es contundente en las elecciones de este domingo y se canaliza hacia la oposición centroizquierdista, las cosas pueden complicarse mucho para el bloque gobernante en 2018.

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