Alma Gloria Chávez
Nuestra salud, nuestro derecho
Sábado 27 de Mayo de 2017
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Nuestra tarea como mujeres –si queremos mejorar nuestra salud– empieza con lo que sabemos y aprendemos juntas.

Colectivo de Mujeres de Boston.


Durante la década de los años 90 fueron muchos los espacios que tuvimos oportunidad de compartir con mujeres rurales, urbanas e indígenas interesadas todas en adquirir más y mejores elementos, que sin duda nos permitieron caminar con seguridad hacia el anhelado autoconocimiento… que resulta un camino, además de apasionante, esperanzador.

Las experiencias, a partir de todos esos encuentros y diálogos, nos han ido confirmando que hemos tomado el camino adecuado ya que todas las mujeres, de una u otra forma, ya sea por nuestra capacidad reproductiva o por nuestra condición de género, hemos sufrido la discriminación y el trato abusivo y paternalista de la industria médica.

Durante la década de los años 90 fueron muchos los espacios que tuvimos oportunidad de compartir con mujeres rurales, urbanas e indígenas interesadas todas en adquirir más y mejores elementos
Durante la década de los años 90 fueron muchos los espacios que tuvimos oportunidad de compartir con mujeres rurales, urbanas e indígenas interesadas todas en adquirir más y mejores elementos
(Foto: Cuartoscuro)



Entendimos que las políticas públicas de salud se elaboran a partir de los intereses económicos de los médicos, hospitales, industrias farmacéuticas y el resto de la industria médica. La mayoría de la investigación y experimentación sobre anticonceptivos y fertilidad se hace con mujeres, sin su pleno conocimiento de que están sirviendo de conejillos de indias. Y por otro lado, la mayor parte de la investigación médica no reproductiva se realiza con hombres y sus resultados se aplican a las mujeres. En ambas instancias, las mujeres nunca conocemos los riesgos ni los beneficios de las drogas o medicamentos que se nos recetan.

El tema de la salud nos abrió puertas para explorar áreas de la salud de la mujer complejas, que hasta ese momento (década de los noventa) apenas habían sido tratadas en el debate feminista, tales como la salud reproductiva, la salud ocupacional y la salud mental. Estos ámbitos de análisis y estudio se adoptaron entonces por diversos grupos y colectivos como temas de trabajo, para luego centralizar los esfuerzos en el área de los derechos reproductivos.

En estos tiempos de neoliberalismo nos resulta evidente que la medicina como institución se ha convertido en un instrumento de control social, que afecta particularmente la vida de las mujeres. Si consideramos la frecuencia con la que una mujer solicita servicios de salud a lo largo de su vida, podríamos concluir que la vida de las mujeres está, efectivamente, “medicalizada”, porque la medicina institucional se basa, sobre todo, en ofrecer medicamentos para cada una de las etapas de nuestra existencia: durante la adolescencia y la menstruación, en la etapa del ejercicio de nuestra sexualidad, durante el embarazo, el postparto, cuando atravesamos por depresiones, al llegar al climaterio y a la menopausia… y luego para el proceso de envejecimiento.

Y si a estos encuentros con médicos les sumamos todos aquellos que realizamos por otras circunstancias de salud, más cuando llevamos de la mano a hijas e hijos y demás familiares, podemos concluir que las mujeres hemos desarrollado a lo largo de nuestras vidas una dependencia extrema del sistema médico y de sus profesionales, que usualmente son hombres o mujeres formadas por ellos.

Varios lustros han pasado desde aquellos años en que supusimos que pronto aumentaría el número de mujeres interesadas en romper la dependencia absoluta de ese control que nos mantiene cautivas y en la ignorancia… de conocernos más. Pero la realidad nos muestra lo contrario: actualmente uno de los problemas más graves que enfrenta la sociedad mexicana es el aumento de niñas y adolescentes embarazadas que desconocen el funcionamiento de su organismo y las repercusiones que el embarazo temprano les acarreará de por vida. Y seguimos siendo muy pocas las mujeres que hemos aprendido a cuidar de nosotras mismas en toda nuestra integralidad.

A pesar de todo hoy reafirmamos que el trabajo en salud es un asunto político y feminista, porque la salud ha comenzado a ser, de nuevo, un ámbito de mujeres. Hemos recuperado la historia de la mujer como sanadora y nos ha puesto en contacto con un poder que ha pertenecido a la mujer a través de los tiempos y que ahora reclamamos legítimamente. Al desconocer el pasado, nuestra imagen resulta incompleta y buena parte de lo que somos se pierde.

Hoy estamos volviendo a descubrir la verdadera historia de la mujer y la curación, porque la historia, tal y como ha sido escrita por los hombres, ha pasado por alto a las mujeres. Esa historia oculta o no habla de las parteras, de las médicas tradicionales, de las comadronas o de las sanadoras, tal vez porque todas ellas eran mujeres pobres y de clase trabajadora, y como tales, su aportación no ha sido reconocida como significativa para la historia.

¿Qué hemos descubierto muchas mujeres (de mi generación sobre todo) respecto a la salud? Primeramente, que es cosa nuestra y que tenemos derecho a ser informadas y orientadas por los médicos y prestadores de ese servicio, de todo lo que sea necesario o conveniente para ayudar a nuestro organismo a recuperar su buen funcionamiento o equilibrio. Necesitamos información en lo que se refiere a nuestros cuerpos y a nuestro sistema de atención médica para sí obtener un buen manejo de nuestras vidas. Sólo ese conocimiento nos permitirá hacer las mejores elecciones y ejercitar las convenientes acciones para lograr el bienestar equilibrado y deseado.

Me parece necesario prepararnos para ejercer el indiscutible derecho que tenemos a vivir una vida plena, sana, honesta y en libertad.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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