Rogelio Macías Sánchez
Algo de música
Alexander Pashkov y los estados de ánimo de un artista
Martes 16 de Febrero de 2016

No todos tienen el privilegio de vivir en una ciudad con un Pashkov.

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El pasado jueves 11 de febrero estuvimos en la Sala Niños Cantores del Conservatorio de las Rosas en el primer programa de, ya, la novena temporada del proyecto Todos los jueves, de esa institución. Estuvo a cargo del pianista Alexander Pashkov con un programa verdaderamente impresionante por lo difícil, tanto para la ejecución técnica cuanto para la interpretación de la emotividad contenida en esas obras. Separadas por más de 100 años en su creación, todas las piezas presentadas siguen la misma línea estética de la música alemana, de rigidez académica, búsqueda infatigable de nuevas dimensiones artísticas y enorme sensibilidad emotiva desde las modalidades barroca, clásica y romántica temprana. Me refiero a la Partita número 1 (1726), con siete danzas, de Johann Sebastian Bach y duración de 20 minutos; “Andante favori” (1803), un rondo de nueve minutos de Beethoven; “Sonata número 3” (1795), también de Beethoven y 29 minutos. Esto para la primera parte. Después de un intermedio breve vinieron tres obras de Schumann: “Sehr Langsam” (1848), una pieza lenta de ocho minutos; “Variaciones sobre el tema ABEGG” (1829), que dura ocho minutos; Danzas de la Liga de David (1829), 18 piezas características de 27 minutos. Las dos últimas las tocó attaca, es decir, sin interrupción alguna. Hubo un encore no muy breve, creo que también de Schumann. En total, casi dos horas, como los conciertos antiguos, tanto como del siglo XIX.

Alexander Pashkov es un joven pianista ruso de apenas 41 años de edad. Su formación profesional y desempeño como solista y profesor en su país natal es impresionante por lo amplio e intenso a la vez, actividades que se extendieron por buena parte de Europa. Como un artista completo, se doctoró también en Rusia con la tesis El concepto filosófico del espacio y el tiempo en la música. La Génesis. Reside en Morelia desde 2005, donde es maestro muy solicitado en el Conservatorio de las Rosas. Como ejecutante de piano, ya sea como solista, en conjuntos de cámara o con orquestas sinfónicas, anda por todo el país mexicano y su calendario está ocupado. Yo lo he escuchado en Morelia muchas veces desde su llegada, en las tres facetas que ya dije, y desde el principio lo identifiqué como uno de los mejores pianistas que yo haya escuchado en mi vida, la que ya no es corta y ha visto muchos artistas.

Las primeras veces me pareció un pianista de gran calidad como ejecutante y de virtuosismo deslumbrante, pero falto de emotividad. Esta opinión consta en varios artículos que aparecieron en esta columna con motivo de sus primeras actuaciones en la ciudad. Su repertorio es muy amplio, desde Bach hasta los más modernos, incluye jazz y él mismo es compositor.

Algún tiempo después, quizás a partir de escucharlo en grupos de cámara pequeños o con obras de Chopin, cambió mi impresión de Pashkov, pues a su indudable perfección técnica se agregó, para mí, una emotividad muy sincera, aunque nada arrebatada o pasional. Siempre lucía muy sereno en el escenario, aunque en ocasiones, un mucho tallarse las manos para empezar, delataba cierto nerviosismo. Pero era una combinación perfecta de Apolo y Dionisio. Esto también consta en Cambio de Michoacán.

El Pashkov del pasado jueves 11 de febrero en la Sala Niños Cantores me resultó desconocido. Lució ansioso desde que calentaba al piano antes del concierto y lo escuchábamos desde fuera. Bach y Beethoven fueron tocados con excelencia pero muy rápido. Bach, con emotividad exaltada, y Beethoven, muy plano. De esto último culpamos a Beethoven. El intermedio fue muy breve para lo largo que prometía ser la velada. Con Schumann me descontrolé por completo. Fue muy rápido, muy arrebatado y ansioso, tanto que no hubo pausa entre dos obras distintas y largas cada una de ellas, y quizá sin la perfección técnica a que nos tiene acostumbrados. A esta vorágine emocional contribuyó la acústica sobrada del recinto, que todo amplificaba: el tiempo, la ansiedad, la emotividad y la belleza innegables.

Al término de la función fui a saludarlo y felicitar al camerino. Lo encontré feliz y muy excitado. Este Pashkov nos ofreció una faceta anímica nueva para mí, pero que yo recuerdo también en otros grandes artistas que he conocido.
Hasta la próxima.

Sobre el autor
Rogelio Macías Sánchez Médico cirujano por la UNAM, Especialidades de Neurología y Neurocirugía. Con ellas, ha ejercido en instituciones oficiales y en la práctica privada. Catedrático de la Universidad Michoacana Amante de la música clásica desde sus primeros años por inducción familiar, se desarrolló como melómano cultivado por iniciativa propia. Por confluencia de circunstancias se ha desarrollado como periodista aficionado en el ámbito cultural en la crónica y crítica de música clásica. También, y auténticamente por amor al arte, ha sido promotor de eventos magníficos de música clásica en Morelia.
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