Estrellita M. Fuentes Nava
Más gorditos para 2030
Viernes 26 de Mayo de 2017
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La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) dio a conocer en días recientes los resultados de su estudio en torno a la obesidad en la población de sus países miembro (Obesity Update 2017, a consultar en: http://www.oecd.org/health/health-systems/Obesity-Update-2017.pdf), mostrando que México, al año 2030, tendrá un total de 39 por ciento de habitantes mayores de quince años con sobrepeso u obesidad, manteniendo el honroso segundo lugar que actualmente ocupa después de Estados Unidos. En nuestro país, en 2016 se observó un 33.3 por ciento de población en esta condición, siendo que en el 2015 fue de 32.4, y con esto superamos a cualquier país de América Latina incluidos Brasil y Argentina.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, en la actualidad 80.5 millones de mexicanos padecen sobrepeso y 35 millones obesidad. Los especialistas apuntan que se observan tendencias en ello como lo es un bajo grado de escolaridad, o la condición de género. Está de más decir que con la obesidad están asociadas diversas enfermedades cardiovasculares, así como la diabetes, la cual hoy padecen 13.2 millones de personas en México.

Jose Ángel Gurría, titular del Organización para Cooperación y Desarrollo Económicos
Jose Ángel Gurría, titular del Organización para Cooperación y Desarrollo Económicos
(Foto: Cuartoscuro)



Este tema no sólo es crucial para la agenda de la salud pública, sino también para el crecimiento económico porque incide en nuestra productividad, toda vez que, como señala el Instituto Mexicano para la Competitividad (Imco), ello genera la pérdida de 40 millones de horas laborales, equivalentes a 85 mil millones de pesos, lo cual es un costo muy alto en una economía poco productiva.

Factores podríamos observar muchos y aquí pienso en algunos: trabajamos demasiadas horas como lo ha medido la OCDE (aunque no seamos muy productivos) y ello nos limita el tiempo tanto para comer sano en casa como para dedicar tiempo al ejercicio; las distancias de la casa al trabajo, especialmente en las grandes ciudades, nos obligan a utilizar el coche (porque aún no están resueltas las alternativas sustentables para la movilidad); la influencia de nuestro país vecino por la comida rápida y sintética, con altos niveles de sal o azúcar, que nos han vuelto adictos especialmente a los niños y jóvenes; el sedentarismo que provoca la tecnología, la inseguridad que nos impide salir a un parque a caminar, la mala calidad del aire o la ausencia de infraestructura verde y deportiva para ejercitar; el alto costo de la canasta básica y la decadencia del ingreso familiar, que exportemos nuestros mejores productos agrícolas e importemos el 48 por ciento de nuestros alimentos, que las empresas de productos chatarra hayan encontrado la manera de sacarle la vuelta al embargo que alguna vez les quiso imponer el Congreso, que haya más Coca Cola que acceso al agua limpia en el medio rural y en las escuelas, y más. Observaba que curiosamente nuestros índices de obesidad se dispararon a partir de los años 90, por lo que se podría inferir que esto marcha a la par que la política neoliberal y de apertura de fronteras.

Los países miembros de la OCDE (incluyendo a México) han adoptado medidas que abarcan tanto las de tipo hacendario, como lo es el cobro de mayores impuestos a la comida chatarra; campañas masivas de comunicación a través de los medios electrónicos, así como en las redes sociales; proveer de una mayor información en el etiquetado de los productos procesados, así como obligar a los restaurantes a incluir dentro de sus menús el número de calorías. Estas medidas a mi parecer son todavía un tanto light si tomamos en cuenta que existe un alto porcentaje de población en situación de desventaja que aún no accede a redes sociales, que no puede pagarse un restaurante o descifrar y entender los componentes de las etiquetas. Quizás algunas medidas más efectivas podrían ser limitar severamente la distribución de panes o frituras procesadas y de los refrescos azucarados entre la población e incentivar más la autoproducción local sustentable, y que de verdad se cumpla con el derecho humano universal al agua limpia que México ha suscrito como compromiso a nivel internacional (hay nulos avances en la obligatoriedad de los bebederos escolares).

También la autogestión comunitaria acompañada es importante. Para ello tengo muy presente a una destacada luchadora social a quien tuve el honor de conocer, Caty Illsley (desafortunadamente murió hace pocos años), quien con su Grupo de Estudios Ambientales asesoró a una telesecundaria en Chilapa, Guerrero, implementando un modelo alterno denominado “La olla escolar” para sustituir los alimentos procesados por comida sana: la propia comunidad se organizó, el director de la escuela prohibió la venta de productos chatarra, se cooperaron entre todos y cada día a una madre de familia le corresponde la preparación del almuerzo escolar, mientras que los alumnos preparan sus aguas naturales en vez de refrescos. Como consecuencia disminuyeron los índices de desnutrición entre la población escolar, así como las manchas en la piel, y mejoraron su rendimiento intelectual. Además, con los ahorros de la cooperativa y la ayuda de las asociaciones civiles como GEA, pasaron de un aula de carrizo a una de concreto y construyeron sus letrinas secas, estufa de leña, comedor, así como un depósito para captación del agua pluvial. La periodista Denisse Maerker documentó este caso en 2013 con el título “La otra cruzada contra el hambre” (ver liga https://www.youtube.com/watch?v=h0V13cd3Bf8).

En México tenemos un modelo errado de alimentación que no se combate con campañas masivas o etiquetados complicados; ello es quedarse corto. Se necesita un trabajo más profundo a nivel local de empoderamiento comunitario, revalorización y acceso de nuestros productos originarios y nutritivos como la avena y el amaranto, así como asegurar espacios comunes seguros para el ejercicio, complementado con el fomento de una verdadera cultura física y deportiva, entre otras medidas.

Esta agenda es crucial para los próximos 13 años a fin de poder revertir la catastrófica tendencia que se marca hacia 2030, y que de lograrlo significaría ahorros sustantivos en el gasto para la salud pública, así como un incremento en el crecimiento económico al aumentar los niveles de productividad. Pero esta tarea no sólo es del gobierno, es responsabilidad también de nosotros como consumidores al revisar nuestros hábitos; de los empresarios, al reflexionar en torno a la ética de lo que nos hacen consumir y cómo lo producen, así como de las organizaciones de cualquier índole que podrían, por ejemplo, instalar comedores para sus trabajadores asegurándoles el acceso a un menú sano. Sobre esto último se ha documentado que las empresas que invierten en la salud de sus trabajadores les reditúa económicamente al disminuir en un catorce por ciento el ausentismo, un 25 por ciento la rotación, y se puede prolongar hasta por 23 años la permanencia de un colaborador.

Antes ser gordito era sinónimo de buena salud, hoy refiere a lo contrario por ser signo de pobreza y desnutrición. Ojalá lleguemos a 2030 en mejores condiciones, pero para ello tendremos que pensar en cómo hacer diferente lo que hemos venido haciendo hasta ahora: dilapidando dinero de manera poco eficaz en cruzadas contra el hambre, teniendo como resultado mayores índices de pobreza y ahora de obesidad. Algo está mal, quizá se debería dejar de pensar en estos programas bajo una óptica electoral…

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