Alma Gloria Chávez
Por el día de los museos
Sábado 20 de Mayo de 2017

Con gratitud para quienes me enseñaron a amar mi trabajo en el Museo que cada día descubro con diferente mirada.

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Todavía hoy en día, cuando pregunto a personas que viven en Pátzcuaro y sus alrededores cuándo fue la última ocasión en que visitaron el Museo de Artes e Industrias Populares de esta ciudad lacustre, escucho fechas que van desde hace dos o tres años hasta los diez, quince o 20 años atrás: “Me parece que fue cuando estudiaba la primaria”, contestó alguien que luego se atrevió a traspasar el umbral del que fue (en el siglo XVI) el Antiguo Colegio de San Nicolás Obispo.

Otras personas piensan (me lo han hecho saber) que los museos son lugares para ser visitados por turistas… y cuando echo una ojeada a las estadísticas, me encuentro con que efectivamente, una buena cantidad de visitantes provienen de lugares de fuera del municipio o del estado. Apenas si una tercera parte de la totalidad de asistentes son estudiantes, y una mínima parte de ellos son locales.

En charla con una querida amiga maestra, que además de estudiar Filosofía tiene a cargo la materia de Literatura en una escuela secundaria, ella afirma que los museos pueden hacer mucho para quitar a la palabra “cultura” todo lo que de aburrido o selectivo pudo haber significado en generaciones anteriores y contribuir en la comprensión de que la cultura es nuestra propia vida y representa la necesidad de poder enriquecerla y potencializar nuestra creatividad. Así, los museos pueden servir de canal para el conocimiento de uno mismo y del medio que nos rodea, coadyuvando con ello en la compleja y apasionante tarea de hacer del propio lugar “el mejor de los lugares posibles”, donde ciudadanos y ciudadanas estemos realmente incluidos de manera equitativa.

Esta amiga, como yo, considera que es en esta época tan convulsionada el momento preciso para que los museos (nuestros museos) asuman su papel como agentes promotores del cambio en la sociedad, ya que los medios comerciales (y otros que se han sumado a la nueva colonización ideológica) van ganando terreno mediante su propaganda subversiva contra nuestra idiosincrasia.

Cómo lograrlo es el reto, aunque estamos seguras de que en cada museo se cuenta con estrategias (o experiencias) al respecto, como he podido comprobar participando en talleres, conferencias, mesas redondas o “camarillas” organizadas por nuestra institución (INAH), a donde concurrimos trabajadores de museos y centros culturales para compartir experiencias educativas. Y precisamente muchas de estas experiencias se realizan con pocos recursos económicos y muchísimo compromiso, por lo que se pueden calificar de exitosas.

Por el día de los museos
Por el día de los museos
(Foto: TAVO)

Después de casi 30 años de laborar en el Museo de Pátzcuaro (actualmente con el puesto de Divulgadora del Patrimonio Cultural), he aprendido que cualquier trabajador de estos centros culturales que se encuentre convencido de brindar un servicio al visitante que –espontáneamente o no– ha franqueado el umbral del museo, está ofreciendo ya un servicio educativo. Porque ayudar, conducir, guiar a los demás, serles útiles (sin distingo de jerarquía) nos coloca en la posición de “servir a alguien”. Somos servidores públicos y somos tan útiles al visitante cuando le indicamos el corredor que conduce a los lavabos como cuando ayudamos a un escolar a descubrir lo más sobresaliente del lugar, o cuando realizamos un recorrido guiado a una o dos personas, igual que a grupos de 20 o más.

El servicio educativo de un museo no corresponde exclusivamente a un titular, como erróneamente se piensa. Un servicio educativo es una experiencia rica en significados y connotaciones. Se trata, ante todo y sobre todo, de “educar” más que “instruir”. Y en el acto de educar nada hay más significativo que una sonrisa y un “estar dispuesto” a llevar la atención de la persona que se encuentra “en nuestras manos” hacia derroteros insospechados, donde necesariamente prevalecerá el diálogo.

Cada uno de quienes trabajamos en un museo encontramos en sus espacios, jardines y objetos pretextos ideales para comentarios que tengan como finalidad no sólo informar al intelecto, sino formar el espíritu; estamos en la posibilidad de enseñar a pensar, a deducir, a comparar, a sacar conclusiones provisionales, a ampliar la capacidad afectiva y a desarrollar la curiosidad. En una palabra: a comprender mejor al otro o a la otra.

Definitivamente un servicio educativo puede ofrecer más una lección de ética que una clase; puede hacer descubrir un código cultural diferente y no contentarse con ser una introducción histórica o técnica. Porque quien visita un museo merece ser guiado no solamente a aprender, sino sobre todo a mirar, a analizar y, mejor aún, a admirar. Cada persona que trabaja en un museo: su encargado, sus expendedores, sus custodios, sus guías, asesores y personal administrativo, además de orientar, explicar o conducir, tienen otra función qué cumplir, sumamente activa y a veces incluso agotadora, pero estimulante: dar el ejemplo del respeto, del interés, la curiosidad y la alegría del descubrimiento.

No podemos permitir que el visitante abandone un museo con la sensación de ignorancia: “Todos aprendemos de todos”. En ningún momento debemos tomar los aires y el tono del examinador, un juez o un inquisidor. Debemos asegurarnos de que cuando los escolares dejen el lugar lo hagan con algo aprendido y que aún sin saberlo salgan enriquecidos por la visita que les hemos ofrecido. Cada persona o grupo siempre será una experiencia única, una aventura cada vez. Hay que convencer, seducir, animar sin duda, pero sobre todo, hay que entregarse, porque conducir a alguien o a un grupo es cada vez un acto de amor hecho donación, técnica, conocimiento y descubrimientos nuevos, además de repeticiones felices.

Así he aprendido a amar mi trabajo en un museo: el de Pátzcuaro.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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