Viernes 28 de Abril de 2017
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En años recientes hemos estado escuchado las palabras coworking, cohousing, crowfunding, entre otras, que tienen en común la tendencia actual de las acciones colectivas movilizadas en torno a objetivos comunes como son resolver espacios de trabajo, compartir vivienda y conseguir financiamiento para proyectos independientes. También gracias a los avances exponenciales de las tecnologías digitales y de la información (la llamada Cuarta Revolución Industrial) hoy existe un mayor auge del freelance (servicios profesionales independientes), el trabajo virtual desde casa, el aprendizaje de lo que sea a través de tutoriales en YouTube, así como las ya famosas startups (empresas emergentes), especializadas sobre todo en aplicaciones digitales. Incluso se observa una mayor inclinación hacia autoconstrucción de viviendas, y hasta los huertos urbanos en las ventanas o terrazas de los pequeños departamentos.

Todas estas modalidades nos hablan de nuevas formas de interacción social, así como de la evolución del papel del Estado y los poderes hegemónicos tradicionales (como los medios de comunicación y la clase empresarial), colocándonos en distintos marcos y relieves: dado que el gobierno ha dejado de ser el proveedor absoluto de soluciones, toda vez que sus alcances y recursos están totalmente rebasados, la sociedad ha tenido que encontrar nuevas vías para resolver sus propias necesidades de empleo, ingresos, educación y vivienda, modificando además sus gustos en el consumo. Como consecuencia, por citar algunos ejemplos, ahora es más difícil generar contenidos para las masas como sucedía de los años 60 al año 2000, porque las posibilidades que nos dan los teléfonos inteligentes nos permiten diseñar nuestros contenidos informativos con base en nuestros intereses muy particulares, y también las redes sociales nos ayudan a pertenecer a grupos afines a nuestros propios gustos o movilizarnos en torno a campañas desde la comodidad de nuestra casa.

A nivel mundial, un poco más del 50 por ciento de la población ya interactúa con el Internet; por ello estamos en los albores de una nueva sociedad digital de la cual hasta este momento no podemos adivinar cuáles son sus nuevas reglas del juego. Lo que sí nos habla es de una revolución en cuanto al conocimiento, las habilidades para el trabajo y los contenidos para la currícula de las universidades. Ahora necesitamos más ingenieros en neurotecnologías, nanotecnologías, big data; habilidades para trabajar en equipos multiculturales, más que el trabajo tradicional individual y de escritorio, y de manera muy importante la innovación y la creatividad, dejando de lado materias y métodos de enseñanza tradicionales que están resultando ser ya obsoletas (siendo que en México apenas estamos inventando el hilo negro mediante una reforma educativa que ya quedó en franca desventaja frente a esta tendencia global). Todo esto implica un enorme reto, especialmente para la política pública, que tiene que adecuarse a estos nuevos tiempos, aunado al hecho de que la línea base de igualdad y equidad social ahora más que nunca tienen que ser resueltas.

A nivel mundial, un poco más del 50 por ciento de la población ya interactúa con el Internet
A nivel mundial, un poco más del 50 por ciento de la población ya interactúa con el Internet
(Foto: TAVO)


Hace poco platicaba con mis pequeños sobrinos (con un perfil muy ad hoc a lo que ahora se conoce como millenials, que son los nacidos a partir del año 2000), quienes entre sus sueños y planes a futuro me compartieron sus ideas: uno quiere ser filósofo e irse a vivir a Noruega, donde, asegura, integran grupos y les pagan por pensar, y el otro, un crítico gourmet para viajar por el mundo y escribir guías sibaritas. Su reflexión me dejó en shock, porque a los de mi generación (baby boomers, o la generación de los 70), cuando nos preguntaban acerca de nuestro proyecto de vida, teníamos muy claro que éste consistía en asegurar carreras rentables para cumplir los papeles tradicionales de tener casa, coche y familia como símbolos de estatus y éxito profesional. Ahora los nuevos chicos pertenecen a una generación más light que ya no quiere trabajos formales, ni horarios rígidos ni autoridad. Y lo mejor del caso es que lo están logrando: los videobloggers de ahora pueden llegar a embolsarse hasta medio millón de pesos al mes, por decir una sarta de tonterías quizás, pero que les hace sentido a muchos jóvenes internautas (así que creo que mis sobrinos no están tan errados).

Esta nueva cultura light sí está mostrando signos de individualismo y ligereza con una preocupante falta de profundidad en el conocimiento, pero también con atisbos de acciones colectivas cuando las causas son justas y necesarias: las denuncias en redes sociales, los movimientos como el de #yosoy132, la identificación de delincuentes aportando sus nombres y domicilios, ganándoles a la inteligencia de las corporaciones policiacas, así como una marcada preocupación hacia el cuidado del medio ambiente, una reducción al consumismo y disminución por el gusto hacia las marcas. También recientemente pudimos observar cómo mediante redes se sincronizaron en todo el mundo para hacer una gran marcha por la ciencia, algo totalmente novedoso e inusual, pero muy cercano a la agenda de un millenial.

Los organismos financieros internacionales como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) ya están viendo una ventana de oportunidad en estas nuevas tendencias, especialmente mostrando su interés hacia las startups juveniles, e incluso ya está ofertando recursos financieros para su desarrollo en nuevas esferas como la preservación de la cultura, el rescate de la gastronomía tradicional, aplicaciones de impacto social positivo, entre otras nuevas modalidades empresariales. También el BID señala que una importante alternativa para el crecimiento económico de la región de Latinoamérica y el Caribe podría estar en esta modalidad de las startups.

Así que mientras las élites económicas y políticas tradicionales siguen buscando la manera de perpetuarse en el poder, apoderándose de los recursos que no son de ellos, sino de todos, haciendo las cosas al viejo estilo tradicional y tratando de justificar una labor que en realidad ya no están haciendo (que es la de resolver las necesidades básicas de la sociedad), el ciudadano está buscando sus propias maneras de sobrevivir y lo está logrando de manera exitosa; ello a la larga generará nuevas relaciones contractuales entre el Estado y la sociedad por el auge de una nueva clase social cuyos valores estarán en una sintonía totalmente distinta: la transparencia, la colaboración, la innovación, la creatividad y el bienestar colectivo.

Como baby boomer estoy tratando de aprender a navegar en esta nueva lógica millenial, y espero sinceramente que las generaciones de mis sobrinos realmente logren lo que sueñan, así como alguna vez en su momento nosotros también lo soñamos.

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