Gilberto Vivanco González
Vivilladas
Niños de la calle
Viernes 28 de Abril de 2017
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En múltiples ocasiones hemos escuchado o repetido frases como: “los niños son los reyes del hogar”, “los niños son la alegría de las fiestas”, “debemos ser como niños para ser felices, y en ocasiones hasta simples como ellos”, tal y como lo enseñaba El Principito en aquel cuento clásico; es decir, muchos manifestaciones de paz, de regocijo y de atención especial para los pequeños se expresan por doquier. Pero, ¿son todo lo bello que decimos de ellos?, ¿son tratados tal como ellos sueñas o anhelan? Lo cuestionamos no porque no sean merecedores de ello, lo puntualizamos porque no es así como ocurre; en realidad existen muchos niños olvidados, desamparados, abandonados, abusados económica y sexualmente; en una sola palabra: vulnerables. La sociedad no protege a sus pequeños como ellos se merecen, no los cuida al nivel que los cuentos o las novelas soñadoras lo describen, cuando un pueblo no cuida de sus niños o de sus adultos mayores podemos asegurar que es una sociedad en avanzado estado de putrefacción y deterioro.

En cada uno de los medios sociales encontramos familias que aman, protegen y ofrecen atención en todos los órdenes a los pequeños, pero es correcto afirmar que también se encuentra el polo opuesto, el rostro negativo. En el medio urbano la problemática es muy distinta a la del medio rural, es aventurado señalar cual será más grave, no en promedio de la cantidad, sino de la frecuencia proporcional. Pero en función de impacto, el medio urbano se ostenta como el monstruo de diez cabezas que multiplica dicho problema, más aún cuando ha quedado evidenciado que una gran cantidad de chiquitines son explotados por bandas delincuenciales, por parientes y hasta por sus propios padres; son mandados a las calles donde un cúmulo de vicios, entre drogas, alcoholismo, prostitución y delincuencia, podrán marcar su vida, tal como ha ocurrido en millones de ellos, sobre todo a partir de la década de los 70 en nuestro país.

La Red por los Derechos de la Infancia en México, que se creó el 27 de marzo de 2001, ha analizado la problemática de los niños de la calle de una manera desinteresada, sin fines políticos; precisamente varias de sus puntualizaciones las hemos considerado en este artículo, pues bien la Red detalla que las crisis económicas determinan de manera alarmante el crecimiento en el número de niños que viven y trabajan en la calle, que provienen de grupos familiares y de comunidades populares que no logran proporcionarles los satisfactores básicos y que –como resultado de una pobreza histórica– no cuentan con herramientas fundamentales para la crianza y educación; por ello son comunes las historias de maltrato, desintegración y/o abandono. Las políticas públicas han puesto poca atención a las condiciones que colocan a esta población infantil en riesgo de vivir y trabajar en la calle; de hecho, programas como el Progresa (después Oportunidades, hoy Prospera) aún no operan en las principales ciudades donde se ha registrado la mayor presencia de este fenómeno social, ni han sido diseñados o adaptados para las características particulares que presenta.

 La sociedad no protege a sus pequeños como ellos se merecen, no los cuida al nivel que los cuentos o las novelas soñadoras lo describen
La sociedad no protege a sus pequeños como ellos se merecen, no los cuida al nivel que los cuentos o las novelas soñadoras lo describen
(Foto: Especial)


La infraestructura comunitaria (como son los centros de servicio o las propias escuelas) es inalcanzable para las familias de niños en riesgo de salir a la calle o en muchos casos se encuentra subutilizada, sobre todo porque no se orienta a prevenir las condiciones de riesgo y porque prevalecen la desarticulación entre los programas y los enfoques asistencialistas o de corto plazo. El uso político y publicitario que algunos actores públicos han hecho del tema de los niños de la calle no se corresponde con una inversión apropiada en infraestructura y financiamiento para apoyar y complementar las acciones que realizan los organismos no gubernamentales a quienes se les ha adjudicado la responsabilidad de atender a la población que ya vive y trabaja en la calles.

Los niños constituyen un “memorándum social” que nos recuerda en cada semáforo, en cada crucero, el fracaso de las políticas económicas implementadas en las últimas décadas. Sobra decir que la presencia de las poblaciones callejeras ocurre principalmente en los llamados “países emergentes”, en el caso concreto de América Latina, por lógica en nuestro país.

En algunas administraciones federales han buscado solucionar o al menos aminorar el impacto en dicho fenómeno pero los resultados no han sido nada aragüeños; es más, el fenómeno en lugar de ir a la baja tal parece que se acentúa más. Si resumimos los errores del poder con la población callejera, encontramos que: carecen de continuidad porque dependen de los tiempos electorales, no se retoman las experiencias que han demostrado eficacia, sean públicas o privadas, son programas que exaltan la figura del funcionario, buscando dejar una “huella personal” en la intervención, es decir, “hacer algo distinto” y/o “salir en la foto”, por lo general son acciones de asistencia social que mantienen sin cambio la situación de los niños, dejándolos en la dependencia institucional o en la caridad pública, el personal destinado para la atención de la población no está preparado ni cuenta con el perfil y disposición para enfrentar una problemática educativa tan compleja.

El cambio prometido en las campañas electorales está ausente. Nos enfrentamos nuevamente a la realidad, un voto no cambia el mundo, no evitó la salida de nuevos chicos y chicas a las calles. Se necesitan propuestas, disposición política y actores sociales para evitar que el tema de la infancia y juventud callejera continúe siendo usado como herramienta electoral y llegue algún día a traducirse en políticas públicas para la infancia en alto riesgo social.

A 48 horas del día del Niño, la verdad es que la sociedad, el sistema económico-político y desde luego la clase gobernante están en deuda con ellos. Los múltiples festejos que se hacen por doquier, los juguetes y las atracciones que se preparan representan sólo una mínima parte de lo que ellos merecen y que estamos obligados a proporcionales en algo tan especial como lo representa la diversión y el esparcimiento, pero el valor fundamental que significa una vida digna… están muy lejos de obtenerla. Los niños no son el futuro del mundo, son el presente, un presente que ha sido mutilado por la presencia de pequeños desafortunados viviendo en la calle.

Azorín, novelista español, escribió: “Entre todas las alegrías, la absurda es la más alegre; es la alegría de los niños, de los labriegos y de los salvajes; es decir, de todos aquellos seres que están más cerca de la naturaleza que nosotros”. Tal parece que la civilización está jugando un papel muy contradictorio para lo que en realidad debiera representar.

Sobre el autor
Nació en Zinapécuaro Michoacán (1961) Profesor de Educación primaria (E.N.V.F.); Licenciado en Ciencias Naturales (E.N.S.M.); Maestría en Investigación Educativa y Docencia Superior (IMCED). Excatedrático y exdirector de la Normal Rural de Tiripetío; Ex director y excatedrático de la Escuela Normal Urbana Federal, catedrático del IMCED. Diplomado en Administración de Escuelas Superiores (IPN)
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