Arturo Alejandro Bribiesca Gil
El discurso de la honestidad
Jueves 27 de Abril de 2017
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En nuestro país, todos los actores políticos, sin excepción, manejan en su discurso el tema de la honestidad y el combate a la corrupción; sin embargo, sin que nos erijamos en jueces anticorrupción, podemos afirmar que no todos ellos la practican (casos para sustentar nuestra afirmación sobran). Esta circunstancia pone al electorado en la difícil posición de poder distinguir a los honestos de los deshonestos.

 Si todos dicen ser honestos y el que unos sean más convincentes que otros, no es garantía de honestidad ni de eficacia
Si todos dicen ser honestos y el que unos sean más convincentes que otros, no es garantía de honestidad ni de eficacia
(Foto: TAVO)

Ahora bien, el que unos vendan mejor que otros su discurso de honestidad no los hace más honestos, sólo mejores comunicadores, en una época en que las emociones visuales y las fundadas en resentimientos sociales tienen mayor aceptación que la honestidad por sí misma. Ejemplo de lo anterior son aquellos líderes mesiánicos y demagogos que a pesar de verse involucrados directa o indirectamente una y otra vez en escándalos de corrupción, se les resbalan los ataques e infinidad de personas siguen comprándoles el discurso de honestidad, que es sólo discurso.

Sin duda hoy en día la podredumbre no es exclusiva de un partido político, gran parte de lo público huele a podrido, a pesar de que no todo lo está; esto es porque la percepción del problema supera la realidad del mismo, pero tan preocupante es lo uno como lo otro, porque realidad y percepción deben ser entendidas y atendidas de manera ligada.

No se puede negar que la ciudadanía está cansada de la corrupción y que cada día es más manifiesto su hartazgo. Desafortunadamente, si su hartazgo no es seguido por acciones cívicas, como votar más y votar mejor, éste seguirá creciendo sin que el problema sea atendido de raíz y por los cauces institucionales, lo que nos puede llevar a regresiones antidemocráticas, ante un aparente fracaso de la democracia.

Votar más es sencillo, con que todas aquellas personas tradicionalmente alejadas de la política, que hoy en día manifiestan su mal humor social en las charlas informales y en las redes entiendan lo importante que es su sufragio, lo ejerzan y además desarrollen una informal e involuntaria campaña de invitar al voto, podremos disminuir los niveles de abstencionismo del país.

El problema es cómo votar mejor. Si todos dicen ser honestos y el que unos sean más convincentes que otros, no es garantía de honestidad ni de eficacia, ¿Cómo saber por qué candidatos votar? Les comparto alguno consejos que pueden ser de utilidad: no fundemos en circunstancias de conveniencia personal nuestro voto, no votemos por candidatos que sistemáticamente se hayan visto envueltos en escándalos de corrupción, no votemos basados en emociones superficiales (carisma, belleza, etcétera), no votemos por candidatos que ya hayan incumplido sus compromisos públicos previos, no votemos por aquellos que tienen soluciones mágicas a problemas complejos y sí votemos por candidatos con trayectorias públicas y privadas tan impecables como sea posible (santos no vamos a encontrar).

En fin, creo sinceramente que nuestros problemas tienen solución y que la misma está gran parte en manos de la ciudadanía y no de la élite política imperante, ya que el mayor poder de cambio está en el voto, porque el voto inteligente gradualmente purgará y depurará a dicha élite para así avanzar hacia una democracia con adjetivos.

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