Alma Gloria Chávez
Hablar de “indianidades”
Sábado 22 de Abril de 2017
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“Derrotados por la conquista, evangelizados y sometidos al vasallaje colonial, declarados inexistentes por el liberalismo decimonónico y despojados de sus propiedades comunales… ¿Qué son hoy, los pueblos indios de México?”

Carlos Montemayor.


Apelando a la historia reciente, fue un 19 de abril de 1940, durante la celebración del Primer Congreso Indigenista Interamericano realizado en la ciudad lacustre de Pátzcuaro, cuando se instituyó oficialmente el Día Panamericano del Indio, a pesar –según documentan crónicas de ese año- de que las reflexiones vertidas por los diversos integrantes de las etnias americanas ahí presentes, ni siquiera se registraron. Sin embargo, desde entonces como ahora, entrado el siglo XXI, el equivocado término “indio” ha venido siendo aceptado por las más de 40 millones de personas que se sienten identificadas con él, y como indios son reconocidos por el resto de las sociedades nacionales de las que forman parte.

Primer Congreso Indigenista Interamericano realizado en la ciudad lacustre de Pátzcuaro
Primer Congreso Indigenista Interamericano realizado en la ciudad lacustre de Pátzcuaro
(Foto: Especial)


Fue mediante mi trabajo de colaboración con la Unión de Comuneros Emiliano Zapata, de Michoacán, allá por los años 80, que tuve oportunidad de entender a cabalidad cómo las inserciones de normas relativas al Derecho Indígena en el orden constitucional latinoamericano expresan pocos avances en el terreno de las reivindicaciones de los pueblos originarios, y cómo su ejercicio se ve completamente limitado porque están inmersas en un orden jurídico que obedece a una lógica de homogeneidad cultural… totalmente colonialista.

Precisamente, del “descubrimiento de América” nace esta confusión de llamar indios a los pobladores de tierras desconocidas hasta entonces. América, no olvidemos, ha sido de los territorios en donde con mayor violencia quedó implantada la colonización. Cada espacio ocupado por los europeos aparejó un desalojo, un atropello, un giro brutal en la totalidad de la vida de los aborígenes que vieron sucumbir, primeramente, a la casi totalidad de sus élites ilustradas, exterminadas por los conquistadores. Luego sus templos, códices, palacios y en general, todo objeto representativo de su pensamiento.

Más de cinco siglos después, los descendientes de culturas tan extraordinarias como la maya, la tolteca o la purépecha siguen siendo desterrados o invadidos en su propia tierra: condenados al éxodo eterno, empujados hacia las zonas más pobres, despojados de sus bosques, ríos y lagos. Discriminados o “integrados” a una sociedad que los desprecia. Padeciendo la maldición de su propia riqueza.

Más de 500 años han atestiguado cómo los pueblos indios de América han ocupado una posición de subordinación y han estado sujetos a las más diversas formas de explotación. Las legislaciones protectoras, que se iniciaron desde los albores mismos de la Colonia, no han sido capaces por sí solas de eliminar las relaciones de dominación que predominan en el trato hacia la población indígena. Por esta razón tan contundente, las voces indias se han tornado voces de demanda y exigencia cada vez más firmes. Sobre todo en estas últimas décadas en que el gobierno federal está permitiendo que empresas extranjeras se apropien de territorios indios para la explotación de minas a cielo abierto; de manantiales para vendernos agua embotellada o para llenar presas que servirán para cultivos que empobrecen la tierra; o también de la flora, que será utilizada en la industria farmacéutica europea.

En los Documentos de Ab’ya Yala (como los pueblos originarios reconocen a territorio americano), podemos acercarnos al pensamiento que los “indios” tienen ante la vida y que dista mucho del pensamiento occidental colonialista: “Entendemos la vida más allá de los marcos exclusivamente biológicos; la concebimos como una serie de sucesos, una intimidad con nosotros mismos, un asistir a sí misma y un tomar posesión de sí misma. No es un sólo estar ahí, un ser en sí, sino es un ser para sí puesto que una vida para sí, difícilmente podrá manipularse.

En las enseñanzas de nuestros antepasados, hemos aprendido que en toda forma de vida encontramos a la máxima conciencia universal unificada, por ello los pájaros, los árboles, los volcanes, las montañas, los ríos, los mamíferos, las estrellas, las nubes, las plantas y los vegetales son nuestros hermanos y hermanas, y todos somos hijos de la Madre Tierra y del Padre Sol.
Quienes pretenden exterminarnos, no llegan a entender que la vida es una relación armoniosa entre la humanidad y la naturaleza; que nuestras culturas milenarias han entendido que sólo se puede mantener la vida del hombre manteniendo y respetando a la naturaleza. Y que con esta noción de respeto absoluto para todo lo que nos rodea, nos posibilita trascender el “no matar” en la dimensión de permitir la vida, en el sentido de equilibrio y armonía con todo cuanto existe, sin lo cual es imposible el desarrollo espiritual y moral del ser humano”.

Carlos Montemayor lo advirtió: “El alzamiento de las comunidades de Chiapas el primero de enero de 1994, no será el último de los levantamientos armados de los pueblos indios de México”. Para quienes privilegiamos el diálogo como el componente esencial que nos permita llegar a reconocer y respetar la presencia “india” en la historia que hoy nos corresponde escribir con la participación y la diversidad de todos los actores sociales de la nación, siempre apostaremos a la inteligencia y sabiduría de quienes, durante milenios, lograron comunicación con la naturaleza y el mismo universo en su totalidad.

Saludando con respeto y afecto al Colectivo Emancipaciones, por su trabajo honesto y comprometido en comunidades indígenas de Michoacán.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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