Rafael Calderón
Leer al poeta Rubén Darío
Lunes 28 de Marzo de 2016
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Rafael Calderón

La gesta heroica realizada por Ernesto Mejía Sánchez para editar y anotar, compilar y reunir en un solo tomo casi todos los poemas de Rubén Darío no conoció frontera con su trabajo de filólogo y editor. Al contrario, un poeta tiene pocas veces la fortuna que alguien termine su empresa: y la coronación llegó en 1977. La Poesía de Rubén Darío pasó a formar parte del catálogo de las ediciones de la Biblioteca Ayacucho de Caracas, Venezuela. Es un acierto que pocas veces se logra y en el caso de un poeta que póstumamente está vigente, los mismos estudiosos exigentes demandan su presencia. Para terminar por confirmar su lugar dentro de esa colección que por su aportación se vuelve entre aquellos estudiosos una fuente clásica o excepcional y, recordar que su editor logra que la poesía en un momento se salve del posible olvido y mostrar más bien la unidad que se requiere ante un caso como el poeta nicaragüense que por su nombre encierra toda una literatura. Esto no es únicamente para la poesía de Darío y el siglo XX, se extiende en términos reales a la lengua española, lugar donde confluye la tradición y las consabidas rupturas generacionales.

Ernesto Mejía Sánchez fija una nueva versión de muchos de los poemas
Ernesto Mejía Sánchez fija una nueva versión de muchos de los poemas
(Foto: Especial)

Por esto se puede oír: “Para poner en perspectiva contemporánea e histórica la obra de Rubén Darío, este volumen está precedido por el enriquecedor estudio introductorio preparado por Ángel Rama. Aparte de incorporar todos los poemarios que definieron la historia de las letras en Hispanoamérica y España, se ofrece aquí una selección de textos dispersos. Esta edición, adicionalmente, resulta definitiva en varios sentidos: Ernesto Mejía Sánchez fija una nueva versión de muchos de los poemas, ateniéndose a manuscritos y versiones originales. En palabras de Jorge Luis Borges, Darío todo lo renovó: la materia, el vocabulario, la métrica, la magia peculiar de ciertas palabras, la sensibilidad del poeta y de sus lectores”. Son palabras liminares de un camino que se vuelve todo menos olvido. Es, el poeta y sus poemas, parte de esa condición máxima del reconocimiento. Si pensamos, por ejemplo, en poemas como “Helios”, “Lo fatal” o llegamos finalmente hasta versos hermosísimos de “¡Torre de Dios! ¡Poetas!”, “Letanía de nuestro señor Don Quijote” o “Un soneto a Cervantes” o para quedar consternados con esas huellas imborrables con “Los motivos del lobo” y “La sinfonía en gris mayor”; o seguir la senda del idioma, con otros poemas: “Los cines” y “Caracol” que están dedicados a Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado, respectivamente. Aquí uno termina por reconocer que se impone esa huella perdurable que es de enorme musicalidad. Vemos este conjunto de poemas como un ceñido ritmo de lecturas y relecturas: por su individualidad, son parte de un espacio del tiempo lírico y de una sola unidad: brillan y generan su propia música. Pero si se habla por el eco de su ritmo y sus imágenes, evidentemente es su voz la unidad suprema. Aunque siempre se ocupa ir a la fuente de todo lo que hemos recorrido: las ediciones que de su poesía existen y constatar esto.

Ediciones distintas entre una y otra: desde la que edita Méndez Plancarte, o Mejía Sánchez, o Julio Ortega. Ahí está una verdad inconfundible: presentan los poemas con un estilo distinto; y cada una posee la originalidad en sus resultados y suma la lectura que se registra por variantes de distinta índole y a veces opuesta por una coma, punto final, o por la particularidad del intercambio de la separación de la estrofa, etcétera, aunque permiten reconocerlo con esa particularidad, como si fuera Darío un poeta inagotable en este terreno de su lírica. De la poesía de Darío escasean archivos de autógrafas; pocos son los documentos originales que se conservan. Éstos se encuentran custodiados en la Biblioteca del Congreso, de Washington, Estados Unidos de Norteamérica.

La mayoría de estos correspondieron a Juan Ramón Jiménez, quien los conservó como parte documental de la primera edición de Cantos de vida y esperanza que culmina la apuesta modernista del autor.

La edición de la poesía que realiza Ernesto Mejía Sánchez despeja dudas: presenta los poemas limpios y son un verdadero homenaje al poeta publicando íntegros los libros poéticos y, llevar acabo además, una selección cronológica de los poemas dispersos posteriores a Azul… Donde justamente el poeta es dueño de un florecimiento universal de su lírica y recordar que por esos poemas sobrevivió aún mejor al posible olvido.

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