Rafael Mendoza Castillo
La lucha entre lo pesado y lo ligero
Lunes 17 de Abril de 2017
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Iniciamos estas reflexiones con algunas preguntas necesarias para incomodar nuestra propia existencia, sabedores que somos de que los únicos que podemos interrogar el mundo que hemos venido construyendo y que no siempre lo que hacemos favorece lo humano y a veces lo destruye, lo oculta, lo reprime, o se usa para servirle al poder o la economía. Veamos.

Gilles Lipovetsky, filósofo y sociólogo francés.
Gilles Lipovetsky, filósofo y sociólogo francés.
(Foto: Especial)

¿Por qué el ser humano en todas las culturas no soporta lo pesado de la realidad, es decir, de la vida en general, en cualquier tipo de relación social, orden, estructura?, ¿qué sentidos, significados, contenidos, tendencias, procesos se presentan como pesados y las personas, individuos, grupos o clases pretenden aligerarlos recurriendo a ritos, fiestas, símbolos, fantasías, sueños, placeres, mecanismos sociales, mitologías?
Para calmar lo pesado de lo real, de lo natural, hemos inventado un mundo, una cultura. En este mundo hemos creado elementos para enfrentar lo duro de la existencia. Por ejemplo, nadie soporta la pobreza extrema, el trabajo enajenado, vender su fuerza de trabajo por un salario miserable, la exclusión, el desempleo, la impunidad, la corrupción o evaluarse para mantener un empleo, etcétera. Ante eso, el sistema del capital o de poder le inventa a la gente, como diría el bueno de Sigmund Freud, ciertos “calmantes” como el yoga, la religión, las drogas, y esto aligera su existencia.

Es incuestionable que la vida humana, que ha venido creando la relación de capital, ha convertido a la primera en sufrimiento y dolor para millones de personas. Pero al mismo tiempo produce elementos imaginarios, simbólicos, estructuras discursivas, prácticas, concretizados en instituciones, y éstas tienen la misión de detener a los sujetos en lo establecido. De ahí la importancia de la crítica y la acción constituyente para ir más allá de lo dado.

Es cierto también que existe una lucha entre los que tienen satisfechas sus necesidades necesarias, además de las inventadas como no necesarias (los pocos) y los otros, la mayoría, que no satisfacen las más elementales necesidades como las biológicas, ya no digamos las intelectuales, incluidas las que el orden del capital o de poder les agrega para el control, es decir, falsas.

En el momento en que el ser humano considera que hacerse preguntas, conforme a la razón, acerca de las cosas que en la realidad, la conciencia y la práctica se esconden, se reprimen, resultan pesadas, no ligeras y es mejor no hacerlas y aceptar el mundo como está. En ese instante se pierde la necesidad de conciencia, de realidad, de práctica, y se queda en un presente eterno, sin futuro, sin utopía.

Para algunas personas pensar sobre la evolución del mundo humano, natural, del universo, es duro, pesado. Ante eso es mejor inventar ilusiones, mitos y religiones que aligeren eso pesado. Lo importante es no quedarnos en la ligereza, sino aprovecharla para transformar lo duro de la vida humana y entender que son tendencias que siempre han acompañado a la humanidad. Desde un principio quisimos volar y lo logramos. Solamente que el poder del capital empuja más la ligereza porque así le conviene para la acumulación desmedida, sin límite.

No estamos diciendo que aligerar la vida humana sea un hecho negativo, sino que evitemos convertir a la ligereza en el elemento exclusivo, permanente, y que olvidemos lo duro, lo pesado. Es cierto, el dolor es duro y el placer es ligero. El problema está en que el orden del capital utiliza el placer como medio de producción para el consumo. Aquí se hace en realidad el título de la novela de Milan Kundera, La insoportable levedad del ser. Lo ligero, la levedad, al extremo, mata.

Como bien dice Gilles Lipovetsky, “que en lo tecno-económico predominaron los equipos pesados. Lo pesado evocaba lo respetable, lo serio, la riqueza lo ligero. Hoy lo virtual resulta muy ligero, muy placentero, no pesado”. Es cierto en Facebook, usted, estimado lector, lo comprueba solamente respondiendo con “me gusta” o “no me gusta”. Nunca aparece por qué no o por qué sí; esto es pesado, lo primero es placentero, ligero.

Así, un cuerpo obeso es pesado, pierde movilidad. Por eso hoy la tendencia se orienta hacia los cuerpos esbeltos y el consumo de alimentos light crece exponencialmente (fast food, sopa Maruchan). Con este hecho asistimos a la fusión del principio de realidad con el principio de ligereza, de lo placentero, sobresaliendo los placeres inmediatos y rápidos. El hedonismo pierde terreno y se sustituye por el humor ligero (programa Almohadazo).

El pensamiento, con adjetivo o sin adjetivo, es duro, pesado. De ahí que lo virtual, la imagen, lo sustituye. Esto resulta más ligero, más placentero y menos trabajo para el sujeto, dado que en la reflexión intervienen los conceptos y nos complican la existencia. Es mejor orar y rezar que pensar, hablar y hacer. Es preferible inventar dioses y atribuirles poderes que tenerlos nosotros. Lo primero es ligero y lo segundo es duro, pesado.

Es duro interpretar el mundo a través de la lucha de clases, es mejor hacerlo por medio del individuo como el producto más acabado de la modernización capitalista o neoliberal. Este individualismo narcisista, yoico, mata la solidaridad, la idea de comunidad. De ahí que la relación social, formación u orden, se desinstitucionaliza, se desmorona. El Estado se flexibiliza, se achica, se hace líquido, fallido. Lo duro, que es el monopolio de la fuerza legítima, puede ser ocupado por otras fuerzas internas y externas sin contemplar el bien común, la justicia colectiva, la seguridad, sino lo privado.

Es duro cumplir con la ley, con el Estado de Derecho, como los límites al ejercicio del poder del capital y del Estado. Pero resulta más ligero y placentero practicar la impunidad, la corrupción. El discurso para justificar racionalmente la acción de la política resulta pesado. Por eso mismo los políticos de hoy recurren a Twitter por ser más ligero, más emocional. Otro mundo es posible.

Sobre el autor
1974-1993 Profesor de Lógica, Historia de las Doctrinas Filosóficas y Ética en la Escuela Preparatoria “José Ma. Morelos y Pavón” , de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1977 Profesor de Filosofía de la Educación en la Escuela de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1990-1993 Asesor de la Maestría en Psicología de la Educación en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José María Morelos”. 1993-2000 Coordinador de la Maestría en Sociología en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José Ma. Morelos”. 1980 Asesor del Departamento de Evaluación de la Delegación general de la S.E.P., Morelia, Mich.
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