Hugo Rangel Vargas
Todo está en la mente
Viernes 7 de Abril de 2017
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Con los Precriterios Generales de Política Económica recientemente entregados por la Secretaría de Hacienda y Crédito Público al Congreso de la Unión se confirma que el sexenio del presidente Enrique Peña Nieto podría promediar el más bajo crecimiento de la economía en los últimos 30 años.

Peña Nieto ha mantenido a la economía con un crecimiento promedio anual de 2.1 por ciento, cifra que sería la más baja desde la administración de Miguel de la Madrid, en la que la actividad promedió una expansión del orden del 0.3 por ciento anualizado.
Peña Nieto ha mantenido a la economía con un crecimiento promedio anual de 2.1 por ciento, cifra que sería la más baja desde la administración de Miguel de la Madrid, en la que la actividad promedió una expansión del orden del 0.3 por ciento anualizado.
(Foto: Cuartoscuro)



Y es que el incremento en el Producto Interno Bruto esperado para el presente año se coloca entre 1.3 y 1.8 por ciento, mientras que para 2018 esta cifra se estima en 2.5 por ciento. Aun cuando puedan cumplirse estas expectativas en su umbral más elevado (situación que se antoja complicada dada la recurrente revisión a la baja en los pronósticos que se ha convertido en costumbre en el presente sexenio), Peña Nieto ha mantenido a la economía con un crecimiento promedio anual de 2.1 por ciento, cifra que sería la más baja desde la administración de Miguel de la Madrid, en la que la actividad promedió una expansión del orden del 0.3 por ciento anualizado.

La tendencia a la baja en el comportamiento de la actividad productiva nacional, cada vez más contraída sexenio tras sexenio, es un síntoma inequívoco del fracaso del modelo neoliberal que ha mermado el mercado interno al punto de la inanición, dejando al país altamente expuesto y vulnerable al comportamiento de la economía internacional.

La idea de que el Estado mexicano debiese asumir la rectoría de la economía ha sido abandonada sistemáticamente desde el ascenso de la ortodoxia neoliberal al frente de las decisiones del país. Esto, por ejemplo, tiene como factor significativo la disminución porcentual que ha tenido la inversión pública en el presente sexenio, la cual, a decir del Semáforo Económico, tuvo en 2015 su nivel más bajo desde hace 20 años.

Esta reducción sistemática de la inversión pública no tiene que ver necesariamente con la idea de un Estado más eficiente ni menos obeso; por el contrario, la contrapartida de este fenómeno se encuentra en un mayor gasto público en su conjunto, mismo que se ha incrementado a un ritmo superior al del crecimiento de la economía durante el presente sexenio; fenómeno similar que ha ocurrido con la deuda pública que ha alcanzado niveles históricos equivalentes al 50.5 por ciento del Producto Interno Bruto al cierre de 2016.

Otra de las obsesiones del libro de cabecera que utilizan los economistas que dictan las políticas públicas en el país es el control de la inflación. Para el presente año este indicador superará en términos reales a la estimación del tres por ciento, esto como producto del incremento en el precio de los combustibles, talón de Aquiles de nuestra economía, contradictoriamente abundante en hidrocarburos pero dependiente de gasolina y diésel.

Desmenuzada la realidad, desvestida de la retórica triunfalista de la clase política gobernante, llevada al terreno de las evidencias que arrojan las tendencias en los indicadores, la “crisis que se aloja en la mente de los mexicanos” parece el diabólico destino de un país que se ha puesto en manos de unos obcecados policy makers, los cuales no encuentran la asociación entre el descontento social que se agolpa en las calles y su realidad palaciega construida con corridas econométricas.

Si los demonios del llamado “populismo” que los neoliberales anatemizan amenazan con echar por la borda los falsos “logros” de los regímenes de derecha que han gobernado al país en los últimos años y adquirir fortaleza, esto se debe a que las bondades dogmáticas que traería consigo la reducción del aparato estatal no han llegado, ni tampoco se han cristalizado los mecanismos generadores de equilibrio que el mercado por sí solo impondría.

La crisis que está en la mente de los mexicanos es la que tiene en la transposición de la realidad para la casta gobernante. Esta crisis no sólo se hace objetiva en condiciones de vida que se pauperizan tendencialmente para grandes núcleos de la población, sino también se manifiesta en un conflicto claro entre la crisis social materializada y la crisis mental de quienes mandan en el país.

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