Julio Santoyo Guerrero
El poder de los ciudadanos
Lunes 27 de Marzo de 2017
A- A A+

A finales de los 80 del silgo pasado y todavía durante toda la década final de ese siglo, quienes creían en la importancia del cambio político para México aseguraban a rajatabla que la participación electoral libre sería causa suficiente para que este país se transformara. Las elecciones que se vivieron entonces, apasionadas e intensas, estaban dominadas por ese anhelo de que la gente saliera a votar y ocurriera el cambio.

El gran problema es que los ciudadanos aún queremos creer en que basta la elección del representante para que los asuntos que nos preocupan queden resueltos.
El gran problema es que los ciudadanos aún queremos creer en que basta la elección del representante para que los asuntos que nos preocupan queden resueltos.
(Foto: TAVO)

El primer y real cambio que ocurrió fue el de la alternancia. Los partidos políticos comenzaron a alternar en algunas entidades y con ello se reforzó la idea de que el solo voto podría causar los cambios. La alternancia mayor ocurrió en la elección presidencial del 2000, y por primera vez en la historia del México posrevolucionario tuvimos un presidente de un partido opositor.

Sin embargo, ni las elecciones libres ni la alternancia en el poder ocasionaron una transformación tal que fuera reconocida y aplaudida por los mexicanos y que se reflejara en una mejora de la calidad de vida, o en que la corrupción declinara, la justicia fuera más eficaz, los dineros públicos fueran manejados con mayor transparencia, o se elevara la calidad ética de los políticos, o bien que el abismo entre riqueza y pobreza se angostara, o que los habitantes tuviéramos mejor seguridad; es decir, la esperanza de un buen gobierno no se ha podido materializar. Los modestos logros y equilibrios que han obtenidos los gobiernos han quedado sepultados pronto por los escándalos que regularmente protagonizan nuestros gobernantes y sólo queda la imagen de gobiernos mal presentados y de resultados mediocres, ineficaces o francamente desastrosos.

Y la irritación de los mexicanos ante esta falta de resultados ha seguido el camino natural del desapego a la credibilidad en el gobierno y en sus instituciones. Como en otras naciones se ha ido creando un rechazo al sistema. Rechazo a los partidos políticos, rechazo a los políticos profesionales, rechazo a los funcionarios públicos. Para algunos la vía es no votar por los políticos, dicen; quitar el dinero a los representantes populares y a sus partidos. La vía es no creer en todo lo que ellos representan porque esa es la causa de los problemas que hoy vivimos. Y desde hace algunos años, aprovechando este contexto, muchos han optado por los representantes ciudadanos, aquellos que dicen no estar metidos con los partidos que tanto son rechazados, y algunos han ganado elecciones. Sin embargo, tampoco los "ciudadanos" son prueba absoluta de que esta es la alternativa para encontrar la solución que el imaginario social quisiera ver realizada para aplaudirla como el punto de llegada exitoso de la evolución política mexicana.

No hemos querido ver la otra cara del problema. Acostumbrados como estamos a la cultura de la democracia electoral que reduce el poder de la participación de los ciudadanos a sólo un momento climático: la emisión del voto, que tiene sin lugar a dudas un gran valor legal y político, pero que inmediatamente después delega al representante electo el valor de su representación, anula y pospone de alguna manera la participación permanente, esa que es vital para que el representante acate la voluntad popular y para acotar los excesos del poder, además de impedir y sancionar las conductas indebidas.

El gran problema es que los ciudadanos aún queremos creer en que basta la elección del representante para que los asuntos que nos preocupan queden resueltos. A pesar de las amargas lecciones de las décadas recientes la ciudadanía quiere seguir empoderando sólo a sus representantes, cuando de lo que se trata es de empoderarse a sí misma. Mientras los ciudadanos no se dispongan a retener para ellos el poder de la participación de manera permanente, más allá y más acá del momento climático en que emiten su voto, este país difícilmente va a transformarse, pues no estaremos generando contrapesos sociales más que sólo buenas intenciones.

El cambio sustancial que este país necesita deberá provenir de la decisión ciudadana y de todo mexicano para participar permanentemente en los asuntos públicos ligados con su ámbito de vida. Podrán no escuchar una voz, pero cientos, miles y millones serán escuchadas, y podrán ser voces decisivas si los ciudadanos y todo habitante mexicano se organiza para velar por sus asuntos. En verdad que ocurrirán cambios cuando los asuntos de México los transformemos con nuestras manos, pero para ello falta la conciencia y el compromiso de cada cual.

Sobre el autor
Julio Santoyo Guerrero Estudió Filosofía en la UMSNH Docente desde 1983 Analista en medios impresos y electrónicos desde 1988 Articulista fundador de Cambio de Michoacán desde 1992.
Comentarios
Columnas recientes

De la abdicación a la imprudencia

No avivemos la hoguera

¡No puede ser de otra manera!

Simplismo y eficacia

El gobierno de Fuente Ovejuna.

El sindicato de Elba Esther.

Protagonistas de piedra

Carta al gobernador Silvano Aureoles

La relatividad del cambio

¡Pero si ya son gobierno¡

La reforma educativa es con Gordillo

¿Derogación educativa o moderada reforma?

Matando la lluvia a cañonazos

Electricidad, el olvido de los pioneros.

El nuevo consenso

También son dueños del cielo

La familia y el árbol

El impulso

Que prevalezca la paz

La alianza que no fue.

Encuestas: falibles o simple manipulación

Alemán y los límites de la libertad

El olvido electoral del medio ambiente

Manual para vencer la credulidad y la falsedad electoral

El obsequio michoacano para AMLO

La prioridad

Democracia dinástica

El agua, ¿asunto de seguridad nacional?

A quien corresponda: SOS, prevaricación ambiental

Elecciones limpias o ganar a toda costa

El arte del engaño y el caso Anaya

Los trabajos de los justificadores

Desdén suicida

Ni ven ni escuchan

¿La peor elección?

El rito de la fantasía del cambio

Época de oportunismo, demagogia y espejismos

Votos y nada más

La mayoría imposible

¿Ya en serio... cómo le van a hacer?

Nos quedan los atajos de la política mágica

La tierra es plana, el cambio climático es una mentira

Una Presidencia desierta

Entonces, ¿otra vez se perdió la guerra?

¡El agua se teñirá de rojo!

No se pierde lo que no se tiene

Estas nuevas independencias

Sí, ¿pero cuál es la fórmula?

El boom de los independientes

Nieves y Umécuaro, donde vale más un aguacate que la vida de una familia

Desbordados de fraternidad

Desde Madero, construyendo un Área Natural Protegida

La política que tenemos... y que somos.

Inseguridad, esa letal costumbre

El precio político del proteccionismo de Trump

Juegos de fuerza

Cada loco con su guerra

Acuerdo para recuperar los bosques

Gratitud a los maderenses

Líderes "ejemplares"

Escépticos, desconfiados e indignados

Contrarreforma ambiental

Los ecocidas son genocidas

¿Ganaron los aguacateros talamontes?

Justicia en obra negra

Hoy comienza

Creer en la democracia

El aguacate del narco

Desafío al Estado

Piromanía y codicia

Los padrinos del ecocidio

¡Que se jodan los bosques y las aguas de los michoacanos!

La espléndida guerra de Trump

El consenso antisistémico

La carcajada del aguacate ilegal

El poder de los ciudadanos

Sin concesión al ecocidio

Delincuencia ambiental... ¡organizada!

La sucesión presidencial y de cultura cívica

No cualquier unidad nacional

La defensa de México

El futuro está en el pasado

Dios salve de Trump a Estados Unidos y al mundo

Y sin embargo cambiamos

Furia sin cabeza

2017, el año del enojo social

Candidez de los buenos

La sucesión de la incertidumbre

La política del neoproteccionismo

La caja de Pandora que abre Trump

Beneficios de la debilidad institucional

Cuestión de confianza

¿Y después del repudio a la política y los políticos, qué?

Lobos del planeta

La ordinaria inseguridad

Gobierno de consenso para lo que falta

El arrogante Trump y el pequeño Peña

Dos largos años aún

Decreto para la popularidad

¿Diálogo o garrote?

¡Siguen ahí!

El discreto gasolinazo del débil presidente

¿Es que nuestros bosques morirán?

¿Como caballeros o como lo que somos?

Pintaron su raya

No es el conflicto en turno, es la ruta del país

No es la flama, es que todo está seco

La sacrosanta corrupción

Actualidad de la oposición

Atraco a los bosques

La trampa

Bagatelas en lugar del oro

Que arda la corrupción, no los bosques

Ceguera antilaboral

No había entrado a un lugar parecido

La sorpresa

El que da y quita

El arte de inducir olvido y confusión

Crónica de 3 desacatos o el reto a las instituciones ambientales

Sierra de Madero: deforestó, robó, se burló de juez federal y está libre

¿Otra vez perdiendo, otra vez el infierno?

No es la envidia, es la fragilidad

¿Qué esperaban?

Julio Santoyo Guerrero

Mireles, la venganza de un sistema omiso

¿Quién quemó Roma?, ¿acaso Kate del Castillo?

Por una jodida placa

Reconsideración

Pagar y castigar

El tino de Arnaldo

Silvano y Nuño

El traje del gobernador

Voluntarismo y gobernabilidad

Los vulnerables municipios

El bono de confianza

Silvano y el recurso de la política

Días de mea máxima culpa

El paso decisivo

Libres y cortesanos

Informe oficial de la realidad

Silvano y el minotauro de papel

No debe pasar

Sembradores de lumbre

Los hombres del presidente

Ojalá sólo fuera el organigrama del gobierno

\"Inteligencia, honestidad y huevos, si no va a valer madres\"

De resultados y de oficio político debe ser

El respiro del 7 de junio

La era del nuevo comienzo

¡Votamos por la democracia!